Entrevista: Nº 8, verano de 2017


Entrevista a Jordi Savall y Montserrat Figueras

“Como decía Panikkar, no se puede mentir con la música”

Jordi Savall y Montserrat Figueras son internacionalmente reconocidos (premio de artistas por la Paz de la UNESCO, premio UNESCOCAT, etc.) por el hecho de ligar un trabajo artístico profundo –la recuperación de la música antigua- con una causa concreta y plenamente actual: el diálogo entre personas de culturas y religiones diferentes. Nos abrieron su casa para explicarnos cómo este vínculo entre vocación personal, misión artística y compromiso social y político se les ha ido haciendo cada vez más evidente. Para hacer esto muy a menudo recurrieron a anécdotas y palabras de su viejo amigo Raimon Panikkar, en cuyo funeral tocaron al día siguiente.

por Ignacio Peyra

¿Qué les lleva hacia la música antigua?

Jordi Savall: Siempre nos ha fascinado recuperar la memoria de músicas injustamente olvidadas, consideradas arcaicas, sepultadas por otras modas… No hacemos música antigua contra la moderna y, de hecho, hemos llevado a cabo algunos proyectos con música contemporánea. Pero sí que creo que en el mundo antiguo la gente iba más al fondo de las cosas. Un músico, cuando hacía música, se pasaba toda la vida trabajando en ella, conocía en profundidad su instrumento y no hacía nada más que eso. La concentración musical de estas piezas antiguas es mucho más densa de lo que te encuentras muchas veces hoy en día, donde está todo muy improvisado, hecho rápidamente. Hoy en día la moda es la vanguardia, romper moldes, ir contra todo lo que se ha hecho. Y esto tiene riesgos importantes.

Montserrat Figueras: Añadiría la capacidad que tiene esta música de armonía y de apertura al mundo espiritual, de confrontarse a unos textos que explicaban la historia y decían verdades. La idea según la cual los fundamentos de la música provienen del alma y del diálogo de la armonía universal ya se encuentra en la Grecia antigua. La humanidad ha querido explicar con música y poesía los sentimientos, la belleza del mundo, los valores propios, la apertura de nuevos caminos… Todas las épocas lo reflejan. Si escuchamos los trovadores, Monteverdi, Mozart, Debussy, Arvo Pärt… podríamos decir con Joscelyn Godwin que «siempre ha habido músicas catalizadoras de experiencias que van más allá de la simple escucha». Cantarlas requiere un estudio de especialización donde el conocimiento de la flexibilidad vocal y el respeto al texto son esenciales y también el de la ornamentación de diferentes épocas, siempre al servicio del sentido de la palabra y no del lucimiento ni de una cantidad excesiva de decibelios.

¿Implica la dedicación a esta música un determinado planteamiento de vida?

M.F.: Sí, la música te afecta humanamente. Es una disciplina que te puede llevar a conocerte a ti mismo, que transforma tantas otras cosas… Tener una disciplina diaria que, además de ser arte, es artesanía, y darla, compartirla con otros músicos, con el público… ya te lleva a una forma de vida. También hay, como decían los griegos, la idea de que el cuerpo es un templo para acoger el alma, el espíritu y el conocimiento. Es importante, pues, tener un cuerpo saludable y cada uno debe encontrar las maneras que más le convienen. Uno de los dramas más evidentes de hoy en día es que no valoramos lo suficiente la capacidad de transformación de nuestro espíritu y la música aquí tiene un papel remarcable. La música lleva a un desarrollo de la conciencia del ser humano.

J.S.: Sí, todo esto te obliga a toda una serie de cosas. La vida hoy en día es esencialmente diferente. Para interpretar estas músicas las debes conocer y entender, saber qué función tienen… En el mundo occidental tenemos un sistema musical muy diferente y relativamente nuevo, apenas de quinientos años. Muchas veces los compañeros del conservatorio se limitaban, cuando tocaban una pieza, a seguir la referencia del maestro que tocó una cosa… Lo tocaban lo más parecido posible y aquí se acababa. Y, claro, llega el momento que tú piensas, lo pones en duda y dices: «¿Por qué aquí se toca con una cuerda metálica si se puede tocar con una cuerda de tripa, que tiene un sonido más cálido, aunque la debas afinar más a menudo…?». Tocar con cuerdas de tripa es como comer biológico, o sin carne, por ejemplo; hay toda una relación con unos orígenes. Todo va ligado y poco a poco descubres cosas sobre la manera de vivir, la salud, la función del tiempo…

¿Por qué la música es tan importante?

J.S.: La música es nuestro primer lenguaje: lo que nos hace entendernos entre nosotros, lo que hace que cuando somos bebés entendamos la emoción de las palabras de nuestros padres… porque es la manera de cantar lo que nos transmite la emoción. Cuando acabamos de nacer no entendemos el significado de las palabras, pero sí que entendemos la música del lenguaje. Esta nos hace ser humanos y desarrollarnos como tales. Lo que sentimos cuando nacemos nos marca nuestra evolución y la música es fundamental. Como decía Raimon Panikkar, no se puede mentir con la música. Si mientes con la música, cualquiera se da cuenta. Incluso un analfabeto sabe cuándo una persona canta sin emoción.

M.F.: Cada uno recibe el don y viene con un regalo o con algo a hacer en la vida. A menudo con elementos que son en un comienzo todavía rústicos y que vamos puliendo con el tiempo. Nos inspiran los padres, la familia, los maestros… Los dos sentimos esto desde pequeños. Conmigo fue más fácil y evidente, pero también más lento, y en él más difícil, pero rápido como una llama una vez que lo descubrió. La conciencia en la que naces con este don es un reto, porque a menudo nos faltan herramientas a la realización personal. Este es el sentido de una vida y, tal como decía Raimon Panikkar, «cuando la inspiración venga, que nos encuentre con la pluma en la mano».

El diálogo intercultural ocupa un lugar importante en su trabajo…

J.S.: Hemos llegado a valorar su importancia a través de la música y de la historia de nuestro país, que en épocas antiguas acogía las culturas cristiana, judía y musulmana: era un país multicultural y muy rico en diálogo y posibilidades. Esto nos fascinó y nos hizo concienciarnos de la necesidad de investigar un poco qué había pasado, cómo se produjo la relación con la música, qué ha quedado con todo esto… Con el tiempo hemos considerado que este diálogo es una de las cosas más esenciales porque el mundo cultural europeo siempre ha visto la cultura del mundo desde una posición superior. Diálogo intercultural quiere decir ir mucho más allá de la tolerancia. Ser tolerantes, esto lo decía Panikkar, implica ver las cosas desde una posición más elevada: tú toleras que aquellos no hagan lo mismo que tú… Te molestan, pero los toleras. Diálogo intercultural quiere decir ponerse al mismo nivel, considerar al otro un igual, dejar de tener esta seguridad de que tú eres superior. Y esto es muy difícil, pero en la música es indispensable.

M.F.: No podemos hacer música con otros músicos si no nos respetamos, nos escuchamos o amamos lo que hacen. La música parte en cada instante de la aplicación de este concepto de diálogo. Y cuando la hacemos con músicos de otras culturas todavía más, porque lo que has aprendido no tiene el mismo sentido ni te sirve igual. Esto está por encima de todo: conectar, respetar, divertirse juntos, crear algo entre todos. Lo hemos vivido de manera muy evidente con el programa Jerusalén, donde nos encontrábamos los unos al lado de los otros: palestinos, israelís, armenios, marroquíes y europeos. Al comienzo había respeto, pero también miedo. Después de haberlo interpretado muchas veces el miedo desaparecía y descubríamos que compartíamos las mismas raíces y unos ideales comunes.

J.S.: Poder mostrar hoy públicamente que entre estos músicos nos podemos entender es un testimonio muy importante. En Jerusalén pusimos sobre la balanza las tres religiones: judía, islámica y cristiana, con toda su carga conflictual. Y esto como un programa musical e histórico; fue un impacto muy fuerte. Hemos podido constatar que, aunque son muy diferentes las maneras de expresar la fe o el lenguaje religioso, con la música hay una coherencia impresionante, como un hilo conductor, entre las tres religiones. Al acabar el espectáculo, ¡sientes que hay tantas cosas en común! Son cosas que sabemos que aportan un poco de esperanza y vemos que existe realmente una necesidad, una expectativa, al respeto.


Publicado en Dialogal número 35