Entrevista: Nº 3, julio 2014


Hay que vivir esto como algo muy bello, muy grande, hay que ser dignos

Entrevista al hermano Jean Pierre Schümacher, único superviviente del martirio de Tibhirine

por Koldo Aldai, promotor de redes espirituales (www.portaldorado.com).

Siempre creyó que Tibhirine era su lugar para toda la vida. No en vano pasó en el monasterio treinta y dos años de su vida. La violencia le ha apartado de aquel lugar querido y se ha llevado la vida física de sus compañeros, sin embargo ni asomo de rencor en su mirada. A pesar de todo, el gozo del anciano monje nunca se ha apagado. ¿Será por eso que vienen de todas partes a Notre-Dame de l’Atlas en Midelt a visitarle? ¿Será por esos ojos de felicidad que han vencido al tiempo, al mundo, por supuesto a la aparente tragedia, será por esa fe ya medida en la más extrema frontera…?

La alegría que le desbordaba cuando llegó en el año 1964 en un “dos caballos” al monasterio trapense de las montañas del Sur de Argel, le sigue acompañando. Un niño salió entonces a su encuentro sentado en un burro para darle la bienvenida. Desde entonces el Magreb ha sido su casa. Junto a la ventana de su celda recién estrenada podía contemplar el muro, la huerta y el pueblo a lo lejos. No le apenaba en absoluto pensar en un mismo paisaje para el resto de sus días.

Hubo de cambiar de muro, de huerta, de “pueblo a lo lejos” y sin embargo los mismos desiertos cercándoles, el mismo nutrirse del Islam cercano, el mismo eco de los almuédanos llamando a la oración. Hubo de cambiar de compañeros y sin embargo la misma fe inquebrantable, el mismo gozo a prueba de atrocidades y decapitaciones en serie.

Nos acercamos no sin enorme pudor a este anciano de sonrisa imperturbable en su monasterio de Midelt donde se encuentra desde 1999. Tanta gente ha viajado al pie del Atlas marroquí y sentado a su vera, pidiéndole relato de lo sucedido en Tibhirine, pero sobre todo consejo y esperanza, que no deseamos apenas privarle de su merecida paz. Nos sentamos juntos en la sala contigua a la pequeña capilla de los mártires, imaginando una entrevista corta de mera cortesía. La tarde se fue llenando sin embargo de sus palabras de fina, pero clara voz, de contundente mensaje cargado de amor genuino y compasión. No hay titubeo, ni memoria atascada a sus ochenta y siete años intensamente vividos. Lo que pensé sería un protocolo de escasos minutos se alarga en una entrevista de dos horas. Quizás intuya Jean Pierre que la mejor inversión de los días que le restan en la carne sea la propagación del ideal eterno del perdón.

“Amigos del últimoinstante” fueron quienes les dieron muerte, quienes les robaron la vida en la tierra a sus compañeros de tantos años. Por eso, porque murieron con el perdón en los labios, en Francia, por primera vez desde la muerte de Juan XXIII, tal como relataba Le Figaro, todos los templos católicos (alrededor de 40 mil) hicieron repicar las campanas al mismo tiempo. Por eso en la plaza de los Derechos Humanos en París se reunieron más de diez mil personas con una flor blanca en las manos. Por eso, porque sus propios verdugos, eran sus “amigos de la última hora”, han ocupado tantas páginas impresas, por eso han saltado a las pantallas de medio mundo.

Tal es la fuerza redentora de ese mensaje de compasión que nunca murieron, que su testimonio se multiplicó con su martirio. Son ejemplo vivo y son también popular celuloide, lo que implica en nuestros días que los monjes de Tibhirine y su reclamo de perdón, forman parte ya del consciente planetario colectivo. Necesitamos, también como humanidad, ver encarnar fuera los grandes valores en los que creemos, para por fin darles paso dentro. El cine de Xavier Beauvois y su eficaz promoción, han colocado a los siete hermanos trapenses en el corazón de muchos espectadores. ¿Quién dudará a estas alturas de su victoria sobre la muerte y sus vasallos de tan fácil gatillo?

Decía el hermano Luc, el más anciano, el cocinero y a la vez médico, con esa inocencia suya cargada de humor: “¿Qué nos puede pasar? Que caminemos hacia el Señor y nos sumerjamos en su ternura. Dios es el gran misericordioso, el gran perdonador…” Quiso la Providencia que no todos los hermanos se sumergieran aún en esa infinita ternura. Hacía falta alguien para que nos lo contara. Charlamos largo con el único superviviente de la matanza de Tibhirine, del asesinato de los siete monjes franceses en Argelia en 1996, el hermano Jean Pierre Schumacher.

Argelia y el Islam eran para el padre Christian, el prior de Tibhirine, cuerpo y alma por los que dio su vida. Jean Pierre conoció bien “su pasión interior por descubrir el alma musulmana y por vivir esta comunión con ellos y con Dios, permaneciendo un verdadero monje cristiano”. De esa pasión por el encuentro, de esa tan profunda vivencia del perdón por parte de toda la comunidad de monjes, de su propio itinerario particular…, hablamos con el hermano Jean Pierre.

¿Cuándo desembarcó Vd. en este continente?

Llegué a África el 19 de Septiembre de 1964, dos años después de la guerra de la independencia de Argelia. El Monasterio de Tibhirine existía desde 1937. Al término de la guerra la inmensa mayoría de los franceses dejaron el país. Aquello era peligroso. Las autoridades de Roma pensaban que no merecía la pena quedarse allí. Estuvieron a punto de cerrar.

¿Qué encontró al llegar?

Cuando fui nombrado para ir a África en misión me puse muy feliz. Nos advirtieron que íbamos a un Estado socialista, por lo que era preciso mantenerse discretos. Tras la revolución el monasterio se quedó únicamente con 12 hectáreas y era necesario vivir con ello. Nos encontrábamos en una zona absolutamente islamizada, por lo que se trataba de establecer vínculos con el Islam.

El Concilio Vaticano recién había finalizado también en 1965. Nos llegaron documentos nuevos regulando las relaciones con el resto de las religiones. Ya no se trataba tanto de convertir a los otros, sino de vivir con ellos.

¿Qué le ha dado el África?

Una calidad de acogida. Esa acogida es sobre todo evidente aquí con los bereberes de Marruecos. En Argelia esa acogida era más austera. El beréber es por naturaleza más abierto que el árabe.

He visto también una relación con Dios que llena plenamente sus vidas. Ellos repiten: ¡Bismillah!, que quiere decir “en el nombre de Dios”. Es una forma de tener bien presente a Dios en todo momento. Le recuerdan especialmente antes de toda acción. Él está presente por doquier y todo se hace en su honor. Esa vida tan cerca de Dios es lo que me impactó desde el principio. Observo por ejemplo como el albañil que trabaja en el monasterio vive muy cerca de Dios. Ha prolongado su último Ramadán. Diariamente nos invita a té con menta y un pequeño bocadillo con sardinas.

¿Algo diferente a lo que ocurre en Europa?

En Europa no es corriente hablar de Dios. Pocos jóvenes acuden a la Iglesia, han perdido la fe. Parece que hubiera una suerte de temor a mostrar la fe y a referirse a Dios de forma habitual. Aquí es sin embargo normal. No obstante el impacto de la televisión y de los medios de comunicación también está afectando aquí, constatándose una pérdida de fe entre los jóvenes. Su evolución va en el mismo sentido en uno y otro continente.

¿Cuándo vuelve Vd. a Francia qué se encuentra?

No estoy muy al tanto de lo que ocurre en Francia. La última vez que estuve allí fue en el año 1998, para la ordenación episcopal de un amigo. Aquí no tenemos televisión. Tenemos una sola radio. El prior, por nombre también Jean Pierre, escucha las noticias y si oye algo importante, nos lo comunica. Recibimos también el periódico católico “La Croix” con tres días de retraso.

¿En algún momento tuvo ganas de dejar el monasterio…?

No, nuestro voto es de quedarnos siempre en el monasterio. Aquí el voto es más relajado, pues no podemos vivir de una forma cerrada. Nosotros somos extranjeros y si viviéramos enclaustrados la gente no comprendería eso. No tenemos actividades sociales, pero sí es preciso que, cuanto menos, exista una relación.

¿Cuáles son sus vínculos con la comunidad islámica?

Vamos a sus fiestas religiosas, a sus entierros. Participamos habitualmente de la sadaqa que es una “comida religiosa” que se realiza en honor de quien muere. Van con el cuerpo a la mezquita y después lo llevan a su casa a hombros. Nosotros les esperamos en la casa. Es una forma de expresar que estamos con ellos, también en esos momentos dolorosos.

Recientemente hemos acudido a una sadaqa. En algunos momentos de la comida, ésta se interrumpía para hablar del fallecido, para leer un sura del Corán… Por cortesía para con nosotros, eligieron a propósito un texto que hablaba de la Madre María. Después nos preguntaron cómo veíamos nosotros a María. En otras sadaqas he llegado a leer yo mismo textos del Corán. Lo nuestro no es un encuentro teológico, sino un encuentro en la convivencia, en la cordialidad. Hace unos meses murió también un joven militar en los disturbios del campamento de protesta a las afueras de El Aioun. Estuvimos igualmente en ese entierro. También hemos estado en ceremonias de circuncisión. Nosotros lo respetamos pues es una costumbre muy arraigada aquí. Después de esa ceremonia danzan juntos.

¿Cómo era Christian?

Muy sensible a todo lo relativo al Islam. Tenía una vocación especial. Podíamos definirlo como “islamocristiano”. Todo comenzó muy joven cuando tenía cinco años y su padre era militar antes de la independencia de Argelia. Vivían a las afueras de Argel. Veía a los hombres postrados rezando y le preguntaba a su madre por lo que hacían. Ella le respondía: “Ellos rezan al igual que nosotros. Tienen el mismo Dios vivo que nosotros”. Esto le marcó de por vida. Cuando sus amigos se mofaban del Islam, él jamás.

Posteriormente fue como seminarista a París, pero volvió a Argelia para hacer el servicio militar. Durante el servicio estaba en una zona muy peligrosa del sudoeste llamada Tiabet. Él tenía un cometido social en esa región montañosa. Sufrieron un ataque guerrillero y uno de los asaltantes salió en su defensa, alegando que había hecho mucho por los necesitados. Efectivamente le libraron, pero después encontró que a su defensor le habían colgado. Ese amigo musulmán fue asesinado en represalia por su solidaridad con Christian.

¿Aquello le marcó?

Efectivamente. Un musulmán había llegado a la cumbre del evangelio: “No hay amor más grande que el del que da su vida por sus semejantes.” Eso le marcó a Christian para toda la vida: “Un musulmán que libremente se había expuesto por él, que había dado su vida por él”.

Christian se propuso que, una vez nombrado sacerdote, volvería a Argelia para servir al país. Decidió devolver al pueblo argelino el gran favor que le había hecho aquel hombre. Y cumplió. Al principio sirvió en “Sacré Coeur” de París. Él se podía haber quedado allí, pues tenía buenos estudios que le permitían mantenerse en un puesto cómodo. Sin embargo decidió entrar la orden de la “Trapa”, hacerse monje trapense.

Se instaló primero en el monasterio casa-madre de los trapenses de N.D. de l’Atlas de Tibhirine en Francia, “Aiguebelle”. Posteriormente vino a nuestro monasterio en Thibirine pero entendimos que convenía culminara sus estudios sobre el Islam. Su conocimiento nos iba a resultar muy útil. Así permaneció en Roma dos años estudiando con los Padres Blancos en su centro de estudios pontificios sobre el Islam.

¿Estaba por lo tanto formado en todo lo referente a la cultura y la religión musulmana?

Sí, muy instruido. Tenía dentro de sí una necesidad de conocer el fondo del alma musulmana. Estaba muy interesado por la corriente sufí. Meditaba sobre el Corán, leía la Biblia en árabe y meditaba también sobre ella.

Volvió a nuestro Monasterio. Nos invitó a hacer el Ramadán, pero nosotros nos resistíamos, entonces. Nos resultaba excesivo. En el tiempo del Ramadán, durante las comidas, Christian tomaba el lugar de quien hacía la lectura y no comía. Era muy fuerte. Deseaba comunicarnos lo que él vivía interiormente. Deseaba darnos cursos, conferencias…, de modo que surgió una cierta tensión en el seno de la comunidad. Había quien estaba allí desde el año 1946, como Luc. Este hermano había estudiado y escrito libros sobre el tema de la nutrición y la medicina popular.

¿Había por lo tanto visiones diferentes con respecto a lo que debía ser la relación con el Islam?

Nos resistíamos a adherirnos a sus tesis. Incluso el general de la orden nos visitó y nos invitó a superar aquella crisis, por lo demás normal en el seno de una comunidad. Subrayó que la vida en comunidad no exigía la uniformidad, sino que había de contemplar la unidad en diversidad. “Diversos pero uno”, nos vino a decir nuestro responsable.

No sé si hago bien en decirlo, pero Christian nos llegó a proponer hacer oficios en árabe en “l’hôtellerie”, pues él se encargaba de ella. Él aspiraba a algo con una gran fuerza interna, que nosotros no podíamos comprender.

¿Siempre mantuvieron una relación fraternal a pesar de todo?

Siempre. La tensión jamás llegó a la división. Pudimos comprender que nuestro reto era armonizar las diferencias. La tensión es al fin y al cabo una expresión de la vida. Es precisa la presencia abierta y dialogante en medio de esas tensiones. El diálogo exige un respeto del otro tal como él es.

¿Cómo superaron aquello?

En 1979 se genera una crisis. En medio de ella, Christian decidió hacer un retiro con los hermanos de Foucauld en una de sus comunidades de Argelia. Al cabo de los dos meses concluyó que deseaba quedarse con nosotros. Algo había evolucionado dentro de él.

Christian volvió a Thibirine y ocurrió que en aquel entonces entramos en contacto con unos estudiantes sufíes. Ellos estaban en la ciudad cercana. No buscamos ese encuentro, esa situación, nos vino sola. Celebramos diferentes oraciones juntos. No deseaban hablar de teología conscientes de que la teología divide. Se trataba de compartir el camino por el que unos y otros vamos hacia Dios. Formamos un grupo de diálogo por nombre Ribat es-Salám (“Vínculo de paz”).

¿Aquello colmaría las aspiraciones de Christian?

Así fue. Aquello le colmaba. Estaba muy contento por ese acercamiento al Islam. Rezamos juntos en silencio. Dios es luz y bastaba encender la vela para que arrancara y se desbordara ese silencio. Ello supuso una unión muy profunda entre nosotros. Nos ayudó a explorar la vivencia espiritual de ellos. Estábamos juntos delante del mismo Dios.

Nos preguntábamos maravillados: ¿Si esto va a seguir, a dónde nos va a llevar? Era difícil responder. Era un compartir muy grande que nos reveló una hermandad por encima de la religión. En aquellos momentos encontramos la esencia de nuestra presencia en medio de los musulmanes. Es decir, para nada con el objetivo de convertirles, sino para ir juntos, mano con mano hacia Dios, cada quien manteniendo sus señas de identidad. Aspirábamos a convertirnos en mejores seres, descubriendo unidos el camino de perfeccionamiento (tarika) hacia Dios.

¿Qué descubrieron en ellos?

Vivían mucho de lo que nosotros también vivíamos. Para ellos el dolor purifica el corazón. Tenían igualmente un alto ideal de pobreza. Bien es verdad que su relación con Dios es directa, sin mediar intermediación alguna. Cantaban muy bello a diferentes voces.

Para los sufís no era tanto estar sumisos, dóciles a la ley de Dios, sino al espíritu de Dios y convertirse en niños de Dios (Abba). Eso nos mostraron en nuestro particular diálogo interreligioso. Cuanto más nos acercamos a Dios, más nos acercamos los unos a los otros. Cuanto más nos acercamos los unos a los otros por la gentileza, la comprensión, el respeto…, más nos acercamos a Dios. Esa es nuestra razón de ser aquí.

Imaginamos un Christian pleno de felicidad…

Sí, había alcanzado su objetivo, había encontrado la razón última de nuestra vida allí. Todo el aprendizaje de la lengua y de la cultura musulmana había sido para poder conocer al otro y estar cerca de él. En 1984 fue nombrado prior.

¿Christian estaba en paz cuando llegaron los días duros?

Sí, sí lo estaba. Tiene una hermana muy cercana, Claire. Ella me decía tras ver la película “De Dioses y hombres”: “El rol que juega Christian no me acaba de convencer, él era más sonriente, mucho más alegre.” Yo sin embargo le digo que sí era él, que la situación que se vivía era muy grave, nada divertida y que actuó así. Él, en tanto que superior, se sabía responsable de esa situación. Se ve bien al pastor y su ansia de abrirse a Dios, para dejarse trabajar por Dios. Christian era así. En la ya famosa película se hace un fiel retrato suyo.

Había progresado mucho en su liderazgo, en su rol pastoral, en lo que respecta a su concepción de la relación con sus hermanos. No quería imponer, estaba a la escucha. Se sentía lleno de respeto por los hermanos. Era muy considerado con la opinión y la decisión de cada uno, en aquellos momentos tan graves. Tal como se refleja en la película, permitía que cada uno se expresara en medio de la disyuntiva de quedarse o marchar. En aquel contexto gravitaba también el compromiso que nosotros llamamos de “estabilidad”, de “matrimonio” con la población.

La película es muy buena. Las imágenes son muy expresivas. Cuando se evoca el árbol se expresa el ideal de arraigo y de protección que nosotros queríamos desarrollar. Hacía falta que fuéramos fuertes y sólidos.

¿La película ha hecho por lo tanto mucho bien?

Mucho, mucho bien. El Espíritu Santo ha trabajado en la preparación del film… Los responsables se han documentado de una forma muy seria. Han leído muchos artículos, libros…, han contactado a mucha gente que conoció a los hermanos. Han querido entrar en el interior de cada uno de los protagonistas, descubrir sus almas. Los actores no eran creyentes y sin embargo el testimonio de cada uno de los representados les ha revelado aspectos profundos. Han sabido además captar muy bien la vida monástica.

Henri Quinson, antiguo hermano de la Orden, les acompañó durante el rodaje. Les asesoró con respecto a los hechosreales. Él da a conocer en el libro que escribió sobre el rodaje, que hubo uno de los actores que entró tan dentro en la piel de quien representaba, que llegó a llorar en medio de la experiencia.

El realizador tenía una suerte de contacto especial con los hermanos fallecidos, como si fuera internamente también asesorado. Buen ejemplo tenemos en lo que ocurrió con el final. Tenían ya preparadas las cabezas decapitadas, pero él sintió que no podía terminar así. Desestimaron ese final. Durante el rodaje, como si Dios lo hubiera querido, nevó por azar. Entonces aprovecharon esa nieve para hacer ese final con una marcha por el paisaje nevado. Fue muy bello. No ocurrió así porque sí. Ese paisaje nevado expresa muy bien el misterio que rodeó su partida.

Muy oportuno ahí el testamento de Christian…

, para nosotros ese testamento cobra un profundo significado: “…Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este ‘Gracias’ y este ‘A-Dios’ en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones colmados de gozo en el paraíso, si así quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. ¡Amén! ¡In Sha ‘Allah”. La escena final es acompañada de este bellísimo texto. Ellos se van juntos sin ningún tipo de violencia. Es como si partieran juntos tras un misterio, tras Dios.

En ese testamento Christian refleja muy bien lo que vivía internamente. Él era considerado como un soñador, como un idealista. Nosotros mismos le señalábamos que había que observar a los musulmanes tal como son, no a través de gafas rosas. Pero en realidad lo que buscaba Christian, y así lo refleja en el escrito, es dar a entender cómo Dios labra también el alma de los hermanos musulmanes, cómo Cristo trabaja sobre ellos.

¿Vd. ha llegado a sentir odio en algún momento?

Yo nunca he llegado a sentir odio.

¿Nunca?

Nunca. Nosotros estábamos ya preparados. En realidad vivíamos una situación sumamente peligrosa desde 1993. Aquello podía llegar en cualquier momento. Cuando supimos de la muerte tras el rapto yo me encontraba en Fez. Habíamos decidido marchar por la peligrosidad de la situación. El obispo nos lo comunicó. Nos dimos cuenta enseguida que era preciso no dejarnos vencer ni por la tristeza, ni por el temor. Por la noche, mientras estaba con un hermano fregando los platos, le dije: “Hay que vivir esto como algo muy bello, muy grande, hay que ser dignos.”

Era necesario vivir aquello a la altura de la fe, no en vano representaba la culminación de lo que habíamos vivido. Lo que llegaba era la ofrenda total de la persona a Dios. Aquello no podía hundirnos. La misa no debía ser de luto. El martirio es una verdadera fiesta para los cristianos, tal como apuntaba San Cipriano en el primer siglo. El martirio es la cumbre del testimonio de la fe rendida a Dios.

¿Qué sensación tiene ahora cuando ve la película?

La he visto ya tres veces y no me pongo triste. He vivido un puro gozo a causa de la belleza que refleja. El hermano Jean Pierre la ha visto diez veces. Cada vez ve algo nuevo. Siento que la película se asemeja a un icono. Quien realiza un icono se prepara internamente con rezos e incluso ayuno, para poder captar el mensaje y poder reflejarlo en toda su belleza. La gracia es entonces comunicada y el Espíritu trabaja en el icono.

Me ha tocado estar en Bélgica en un acto en memoria de los hermanos con autoridades civiles y religiosas, así como en algún otro homenaje. El film nos ha dado la oportunidad de difundir el mensaje del perdón. Participé también en un acto multitudinario de jóvenes en el Vaticano con el Papa presente.

¿… y cómo acaba la historia…?

En 1999 celebramos en Fez una gran asamblea en la que participó el padre general. Decidimos instalarnos aquí, en Midelt. No se trataba de otra fundación. El mismo monasterio de Notre Dame de Atlas de Tibhirine continúa, en este otro lugar, en Marruecos. Un país diferente, pero un mismo espíritu.

¿Va a escribir sus memorias?

No, en absoluto. Ya hay otros que se encargan de hablar de mí.

¿Qué edad tiene Vd. ahora?

87 años.

Muy bien llevados por cierto…

Sí, gracias a Dios…

¡Muchas gracias de corazón, Jean Pierre!

Rezad por nosotros. A ver si Dios quiere que continuemos y nos envía a alguien… Ya no somos más que tres.