Umbrales: Nº 3, julio 2014


por Joan-Andreu Rocha Scarpetta, historiador y teólogo.

La idea de la «tolerancia religiosa » parece una expresión de moda. Muchos políticos la utilizan indiscriminadamente, muchos movimientos laicales la presentan como parte de sus idearios, y a menudo los grupos religiosos se esfuerzan por mostrar cómo su tradición, a lo largo de la historia, ha estado marcada por ejemplos de tolerancia, a pesar de la existencia de actitudes beligerantes. Ser tolerante parece una característica del ideal del hombre moderno.

La filosofía señala a menudo el origen de este ideal en la época de la Ilustración, como consecuencia de los conflictos religiosos de la época de la Reforma. Pero una cuidadosa investigación histórica nos muestra que este concepto y su praxis se remontan más allá, en las raíces de las civilizaciones antiguas.

AshokaUno de los ejemplos de esta praxis, esencial para el posterior desarrollo del diálogo interreligioso, lo encontramos precisamente en el contexto asiático, ya en el siglo III antes de nuestra era, ligado a un personaje que deambula entre el mito y el hecho histórico. Se trata del emperador Ashoka el Grande (304 a.C. - 232 a.C.), un personaje que marcaría significativamente la expansión del budismo y ofrecería las bases para una comprensión política del pluralismo religioso y la gestión de las minorías religiosas.

Los datos históricos nos dicen que Ashoka reinó sobre la mayor parte del subcontinente indio, del actual Afganistán hasta Bengala y hacia el sur hasta la región de Mysore. El comienzo del reino de nuestro personaje, hacia el año 273 a.C., fue muy autoritario e intolerante, marcado por la violencia y la opresión de los pueblos conquistados. Parece que alcanzó el poder asesinando a sus hermanos, y que incluso hizo matar 500 de sus ministros llevado por la cólera.

Los textos budistas explican que continuó siendo un personaje muy cruel hasta el noveno año de su reinado, cuando hizo la guerra contra Kalinga (actualmente el estado de Orissa) donde hizo cometer terribles matanzas. Según él mismo explica en una inscripción, cuatro años más tarde, a partir de ese momento vio que la verdadera victoria no consistía en el éxito militar, sino en la práctica del dharma o ley moral del budismo. Después de la guerra se convirtió al budismo, y a partir de su decimotercer año de reinado comenzó a propagarlo, lo que le da un lugar destacado en la expansión histórica de esta religión: envió monjes misioneros a varios reinos circundantes, incluyendo Grecia, y convocó, el 247 a.C., el tercer concilio budista en Pataliputra, la capital del imperio. Se han encontrado muchas inscripciones de la época referidas al budismo, con edictos, consejos y normas sociales inspirados en la ética del dharma. En cambio, contrariando la costumbre política de su tiempo, no impuso a sus súbditos la obligación de esta praxis religiosa, propagando así una política de tolerancia a favor de la concordia social y política.

Gestionó los conflictos entre grupos religiosos no imponiendo una única fe, sino una ley común

 

Ashoka promovió también el desarrollo económico y social de su reino. Ordenó la construcción de infraestructuras, tales como vías que comunicaban todo el imperio (rutas que rodeaba de árboles para que ofrecieran sombra a los transeúntes y los animales), y el desarrollo de hospitales para personas y animales.

Parece ser, sin embargo, que su política tolerante y de liberalidad no fue entendida por todos. Generó un descontento que llevó a la disolución de su poder político durante la última parte de su reinado, causando el destronamiento del viejo Ashoka a manos de sus sucesores. Desgraciadamente, después de sus cuarenta años de reinado, el imperio que había construido se disgregó, disolviendo así la unidad india, que no se recuperó hasta la instauración del dominio británico. Volvieron a aflorar las confrontaciones entre grupos religiosos. Sin embargo, Ashoka ocupa hoy un lugar muy significativo dentro de la memoria histórica de la India contemporánea.

La tolerancia religiosa del emperador Ashoka se encuentra expresada en su edicto núm. 12, donde afirma: "La fe de los demás merece ser honrada por un motivo u otro. Honrándola, se exalta la propia fe y realiza un servicio a la fe de los otros”. Cuando llegó al poder y comenzó la expansión de su imperio, se encontró con una cruda realidad: muchos de los grupos religiosos estaban confrontados entre ellos, incluyendo los diversos grupos hinduistas que luchaban por imponer sus ideales. A partir de su conversión, Ashoka gestionó este conflictos decretando, no la imposición de una única fe, sino una ley común. Según esta ley, el conocimiento mutuo y la convivencia entre los diversos grupos resultan esenciales para la concordia política. Por ello, se prohibieron las disputas entre los grupos y se promovieron los espacios y las ocasiones para el conocimiento de las escrituras de los demás y sus interpretaciones. Se prohibieron las discriminaciones por casta o religión como criterio de acceso a los servicios del estado, como hospitales y cargos públicos. El principio de la no-violencia (ahimsa) se encuentra en la base de esta tolerancia: estaba prohibido hacer daño a los demás y a los animales. Esta normativa no satisfizo a todos: algunos brahmanes se quejaron de la prohibición de realizar sacrificios animales, y otros rechazaron la presencia de minorías en territorios que históricamente pertenecían a sus tradiciones religiosas. Pero, a partir de ahí, se podía construir el conocimiento mutuo y la comprensión que llevaban, según Ashoka, a la convivencia pacífica de los integrantes del imperio.

No satisfizo a todos: algunos rechazaron la presencia de minorías en territorios que les pertenecían

Si bien la importancia de este personaje de la historia de la India, del budismo y del desarrollo histórico de la tolerancia religiosa no se hizo patente hasta el siglo XIX (gracias al arqueólogo James Prinsep que, en el año 1837, comenzó a identificar el personaje histórico con su obra reformadora y progresista), su lugar en la historia del diálogo interreligioso resulta indiscutible: fue uno de los precursores de la concordia política entre las religiones, sin renunciar a vivir coherentemente sus propias creencias.

Publicado en Dialogal número 44 (Invierno 2012).