Umbrales: Nº 3, julio 2014


por Sàgar Malè, realizador de documentales y técnico de cooperación al desarrollo.

En 2007, en Nablus, en medio de Cisjordania, viví una de las situaciones más surrealistas con que me he encontrado en Palestina. La fiesta y la tensión latente se mezclaban en un mismo rito, en una situación que nos puede ilustrar la condición y las tensiones en que vive la comunidad samaritana (el único grupo “palestino israelí" que existe) en el contexto de la ocupación israelí.

Subí con mi coche hasta el Monte Gerizim, una de las montañas que rodean la ciudad. Bordeé uno de los check points israelíes más duros y violentos que había en aquellos momentos, llamado “Huwwara”, y subiendo por una carretera de curvas cerradas llegué hasta una colonia israelí con las típicas vallas electrificadas y torres militares de protección del “peligro palestino”. También crucé otro check point no fijo, donde pedían la documentación e inspeccionaban el coche.

Finalmente, llegué a un núcleo de casas que estaban en la cima rodeadas por cuatro enormes antenas de telefonía que emitían sus radiaciones en el aire. Y más allá había unas ruinas arqueológicas milenarias. El hecho de llegar a aquel rincón del mundo no era la experiencia más agradable que se podía vivir y, sin embargo, los márgenes de la carretera estaban llenos de coches, había incluso un autobús con japoneses que, a saber por qué, se habían atrevido a venir.

Se celebraba la fiesta del sacrificio. Es la más importante para los samaritanos, “una de las comunidades religiosas más antiguas del mundo, y también una de las más pequeñas, ya que hace 1.400 años éramos 1.200.000, en los años 70 éramos 1.046 personas, y ahora somos 609!”, me contaba el director del museo de los samaritanos Yefet Kohen, que me invitó a la fiesta y a quien entrevisté. Estaban asando varios corderos ​​en un horno natural que consistía en grandes agujeros en el suelo llenos de brasas y rodeados de barro, mientras los religiosos cantaban versos milenarios de la Tora, esperando comer la carne rápidamente,imitando exactamente escenas bíblicas. "Esto no nos lo hemos inventado, sino que está en las Escrituras. Los judíos no lo siguen así, pero nosotros observamos la Torá exactamente como está escrita”.

Esta absoluta ortodoxia con sus fuentes bíblicas originales era defendida por Kohen con absoluto orgullo, y era su caballo de batalla para criticar a los judíos. “Nosotros no podemos casarnos con nuestros vecinos cristianos o musulmanes, ni podemos convertir a nadie. Es imposible, va contra nuestras escrituras sagradas. Ni nos convertimos, ni convertimos. Los judíos lo están haciendo, pero nosotros no. Somos una comunidad pequeña, pero si empezamos a mezclarnos hacemos perder nuestros orígenes y nuestra cultura, y preferimos tener la dimensión que tenemos”.

No pueden casarse con sus vecinos cristianos o musulmanes, ni pueden convertir a nadie

También justificaba que, por tradición, “las mujeres, durante la menstruación o el parto, estén aisladas, sin el marido ni los parientes ni otras mujeres, sólo con el hijo o la hija. Durante la menstruación, 7 días; cuando paren niños, 40; y si tienen niñas, 80. No pueden hacer nada, y otra persona de la comunidad ha de cocinar, limpiar etc. Lo que hace esto es reforzar los lazos y fortalecer la comunidad”.

Lo más sorprendente de la fiesta del sacrificio a la que asistí era que, entre los asistentes de esta fiesta, coexistían grupos humanos que habitualmente tienen una relación tensa, e incluso violenta.

Por un lado, estaba la gente de la propia comunidad samaritana, que venían tanto de Palestina como de Israel. “Nosotros vivimos en el Monte Gerizim, en Nablus. Pero también hay samaritanos que viven en Holon, cerca de Tel Aviv, y esto se debe a que, en 1905, se vivieron momentos de mucha hambre, y una parte de la comunidad bajó para trabajar, y la comunidad se partió en dos. Pero en realidad los samaritanos tenemos que vivir en la montaña sagrada del Monte Gerizim. Actualmente, los israelíes quieren llevarnos a Israel, pero lo rechazamos, ya que nuestro lugar sagrado está aquí”.

En la fiesta, además, había judíos venidos de todos los rincones de Israel por curiosidad, para asistir a un ritual muy antiguo en sus tradiciones. Eran los “ocupantes”, además de sus opositores religiosos. "Los samaritanos no somos judíos, aunque seguimos los mismos libros sagrados y venimos históricamente de Israel, que luego se dividió en dos reinos. Pero nosotros somos los israelitas originales, los auténticos, no los judíos. Nosotros tenemos el libro más antiguo del mundo, y los judíos, en cambio, han cambiado cosas muy importantes de la Torá. Para ellos, el lugar sagrado de la Biblia es Jerusalén; pero no es cierto, ya que es aquí, el Monte Gerizim, donde vivimos los samaritanos.”

En la fiesta también estaban los colonos que ocupaban las tierras cercanas. "Tenemos colonias en el entorno, donde los samaritanos no podemos entrar, lo tenemos prohibido. Pero son ultra-religiosos, muy fanáticos, y no nos interesan, no tenemos nada que ver con ellos. Nosotros tenemos problemas sobre todo con los judíos ultra-ortodoxos, ya que odian a los samaritanos y piensan que nosotros no tenemos religión”.

También había un montón de soldados israelíes (algunos vigilaban y otros participaban de la fiesta), que quizás eran los mismos que reprimían a los palestinos en los check points o en incursiones en los pueblos. "Tenemos un check point que nos corta la comunicación con nuestros amigos palestinos de Nablus. Nosotros sí podemos bajar a Nablus, pero los palestinos de Nablus no pueden subir a vernos, y la comunicación queda muy limitada. Cuando se produjo la intifada cortaron las carreteras de la montaña que bajan a Nablus, y para bajar a la ciudad teníamos que dar toda la vuelta a la montaña...”.

Originalmente, por religión, son israelitas. Pero internacionalmente son palestinos

Por último, también había vecinos palestinos, la mayoría musulmanes (aparte de cooperantes, periodistas internacionales o turistas japoneses). "Nuestras relaciones con los palestinos son excelentes, ya que de hecho no hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros. Hay palestinos cristianos, musulmanes y nosotros, los samaritanos, así de sencillo. No hay diferencia. Originalmente, por religión, somos israelitas. Pero internacionalmente somos palestinos, nuestra nacionalidad es palestina, nuestros documentos de identidad son de la Autoridad Nacional Palestina. Ahora bien, también tenemos documentos de identidad israelíes, ya que los otros samaritanos viven en Holon, y es la mejor manera de visitarlos”.

En medio de toda esta mezcla de comunidades opuestas, Yefet Kohen tenía las ideas muy claras: los samaritanos son, en esta región, un puente para la paz. "Espero que la gente de Israel y de Palestina aprendan de los samaritanos. Nosotros somos un ejemplo de puente de paz, y lo podemos ser entre israelíes y palestinos, ya que siempre buscamos el lado positivo. Matar tantos palestinos es muy malo; pero cualquier asesinato es malo, venga de los israelíes o de los palestinos. Nosotros apoyamos un estado palestino independiente, pero queremos paz en esta tierra. En el tiempo de la Torá, todos respetaban su religión y al otro. Hay que mirar al futuro desde esta coexistencia pacífica”.

Publicado en Dialogal número 45 (Primavera 2013).