Umbrales: Nº 1, agosto-septiembre 2013


por Joan-Andreu Rocha Scarpetta, Historiador y teólogo

La tumultuosa tribu de los pastunes –conocida hoy por su implicación en los conflictos geopolíticos paquistaníes y afganos– vio brillar durante el siglo pasado una de las figuras musulmanas más significativas del diálogo interreligioso y del pacifismo: Abdul Ghaffar Khan (1890-1988), conocido también como Fakhr-e-Afghan, 'el Orgullo de los Afganos'.

A pesar de su compromiso con su etnia y el trabajo en favor de la paz y la concordia, la existencia de Ghaffar Khan ha pasado casi inadvertida, quizá porque los ideales por los que luchó se encuentran hoy desdibujados por conflictos persistentes, o bien porque no quiso tener la relevancia internacional que adquirieron, bajo la luz de los medios de comunicación británicos, muchos de sus contemporáneos implicados en la resolución de los conflictos generados por la partición de la India. Su testimonio sencillo y perseverante, sin embargo, hace de él una de las figuras más significativas de la tolerancia y del diálogo interreligioso del siglo XX.

De joven, la familia de nuestro personaje le alentó a formar parte del ejército británico en la India, pero su sentido de la justicia le hizo renunciar a esa idea debido al trato degradante que recibían los militares nativos por parte de los oficiales británicos. Se planteó ir a estudiar a Londres, como hizo su hermano, pero su madre se opuso aduciendo que no quería perder otro hijo en Inglaterra. Así pues, los intereses de Ghaffar Khan se centraron en la promoción social y política de su grupo étnico, los pastunes.

Con este objetivo, e inspirado por el principio de la Satyagraha («pacifismo») de Gandhi, creó el grupo llamado Khudair Khidmatgar (los 'Siervos de Dios', conocidos también como «camisas rojas» por la camisa que llevaban sus miembros) con el que inició una resistencia no-violenta a la ocupación británica junto con diversas iniciativas educativas y sociales. Pero el éxito del grupo engendró numerosas divisiones y recelos, por lo que Ghaffar Khan se tuvo que exiliar.

Interpretaba la yihad como una actitud de progreso espiritual más que como una actitud beligerante

Lejos de su tierra natal, conoció a Gandhi y se comprometió con el Congreso Nacional de la India en la lucha pacífica contra los británicos. A pesar de ser musulmán, se opuso a la partición de la India, convencido de que la convivencia entre hinduistas, cristianos, sikhs y musulmanes era posible. Esta simpatía por la unidad de la India y su irenismo hacia los creyentes de las otras religiones hicieron que, de vuelta a Pakistán, sufriera varios encarcelamientos y exilios a causa de su carácter conciliador. De hecho, su espíritu pacífico y tolerante fue a menudo la causa de acusaciones de traición por parte de los políticos del nuevo Estado, razón por la cual entre las décadas de 1960 y 1980 vivió entre exilios y arrestos.

  • Ghaffar Khan y Gandhi

    Ghaffar Khan y Gandhi

Pero su acción dialogante y pacífica no pasaba inadvertida. En 1985 fue nombrado candidato al premio Nobel de la Paz, y en 1987 recibió el Bharat Ratna, el honor civil más alto concedido por la India.

A pesar de ello, Ghaffar Khan murió bajo arresto domiciliario en 1988 y fue enterrado, de acuerdo con su voluntad, en Jalalabad (Afganistán), lo que sus adversarios utilizaron para acusarlo de antinacionalista, ya que no quiso ser enterrado en territorio paquistaní. Por fortuna, su personalidad y su coherencia prevalecieron, de forma que hoy su tumba es visitada a menudo por musulmanes y no musulmanes de todo el mundo. Su funeral vio desfilar a numerosos admiradores de diversas religiones, hasta el punto de que un periodista británico lo describió como una «caravana de paz». Pero se vio oscurecido por un atentado que mató a 15 personas, consecuencia de la guerra civil en la región.

La aportación de Abdul Ghaffar Khan al diálogo interreligioso se concreta en una doble vertiente: el pacifismo y la educación. Por un lado, insistió en la coherencia de la interpretación de la yihad coránica como una actitud de progreso espiritual más que como una actitud beligerante, afirmación profundamente profética si consideramos las posiciones extremistas de muchos de sus contemporáneos musulmanes. Por otro lado, a pesar de no haber recibido una educación superior, trabajó para ayudar a otros a adquirir una buena formación: estaba convencido de que la educación era el camino para erradicar la ignorancia, los extremismos y la percepción estereotipada de aquéllos que no piensan igual que nosotros. Llama la atención su intención de formar a las mujeres, iniciativa que quedó empantanada por la oposición política y religiosa.

Su actitud conciliadora y pacífica adquiere más relieve aún si consideramos el contexto en el que la proponía. Históricamente, las tribus pastunes han estado marcadas por profundas divisiones y por una tendencia a la desconfianza y la venganza, actitudes nutridas por siglos de conflicto y marginación. Ghaffar Khan intentó superar esta realidad con la oposición pacífica y con la escucha atenta de las posiciones de los grupos discordantes, incluidos los británicos. Aplicó esta actitud sobre todo a la resolución de conflictos fronterizos, razón por la cual algunos lo recuerdan como "el Gandhi de la frontera”.

Desafortunadamente, su pensamiento no se plasmó en escritos sistemáticos ni en recopilaciones divulgativas. Hoy nos queda el testimonio de sus colaboradores y familiares y la pervivencia de su coherencia y de su lucha a favor de la paz, la coexistencia y el respeto por la diferencia.

A pesar de la persistencia de los conflictos en los que luchó Ghaffar Khan en su tiempo, y la pertinaz demonización mediática por parte de sus coterráneos, nuestro personaje se alza como modelo de hombre de convicciones religiosas profundas que proclama con el ejemplo la armonía interreligiosa basada en la no-violencia y en el conocimiento mutuo. No en vano la historia lo recuerda como el "Gandhi musulmán».

Publicado en Dialogal 37 (primavera 2011)