Umbrales: Nº 8, verano de 2017


por Heiner Bielefeldt

Relator especial de Naciones Unidas sobre libertad religiosa o de creencia

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La libertad religiosa o de creencia tiene un ámbito de aplicación muy amplio. Protege las creencias teístas, no teístas y ateas, así como el derecho a no profesar ninguna religión o creencia. Del mismo modo incluye miembros de comunidades establecidas recientemente, grupos minoritarios y también minorías dentro de minorías. Asimismo, se debe proteger igualmente los que han ejercido o desean ejercer el derecho de cambiar de afiliación religiosa, lo cual constituye una parte inherente y esencial de la libertad religiosa o de creencia de todo el mundo.

Por desgracia hay muchos ejemplos de personas excluidas, a las cuales no se les garantiza la libertad religiosa o de creencia. En algunos países el reconocimiento de la práctica religiosa se limita por definición a una lista de religiones determinadas y, como consecuencia, los seguidores de otras religiones o creencias se encuentran con problemas, por ejemplo, a la hora de solicitar documentos oficiales.

Las comunidades pequeñas, como los testigos de Jehová, los bahá’ís, la comunidad ahmadía, el Falun Gong y otros, a veces, son estigmatizados como «sectas» y a menudo se encuentran con prejuicios presentes en la sociedad, que pueden intensificarse hasta convertirse en auténticas teorías conspirativas. Además, los que han ejercido su derecho de convertirse a otra religión o creencia no solo deben enfrentarse a las reacciones negativas del conjunto de la sociedad; en algunos países también corren el riesgo de ser perseguidos por la ley.

Y más aún, a raíz de la conversión, se ha declarado la nulidad de matrimonios en contra de la voluntad de la pareja implicada, y hay personas que han perdido el derecho de heredar.

La igualdad constituye la piedra angular de los derechos humanos en general, que deriva también de su naturaleza universal. De este modo, el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya que «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos». Como consecuencia de este espíritu igualitario subyacente en los derechos humanos, los estados tienen la obligación de combatir todas las formas de discriminación. En el contexto de la libertad religiosa o de creencia, me gustaría comentar brevemente dos formas de discriminación: la discriminación contra las minorías religiosas y la discriminación por motivos de género.

Los miembros de las minorías religiosas, incluyendo las minorías ateas y no teístas, típicamente viven en situaciones de una mayor vulnerabilidad. En muchos países las minorías religiosas deben enfrentarse a obstáculos discriminatorios en el sistema educativo, en el mercado de trabajo o en el acceso a las infraestructuras de salud pública. La exclusión formal de las minorías de ciertos lugares y cargos en la administración del estado es un fenómeno extendido a lo largo del mundo, a veces incluso consagrado en la legislación o la constitución del país. Según numerosos informes, los miembros de las minorías también corren el riesgo adicional de ser víctimas del acoso o vigilancia policial. Esto es especialmente probable si los estereotipos sociales etiquetan a los miembros de determinadas comunidades religiosas como «peligrosos», «hostiles» o incluso «terroristas» en potencia. En algunos países, por desgracia, las minorías religiosas afrontan obstáculos insuperables cuando intentan construir o restaurar lugares de culto visibles como iglesias, mezquitas, pagodas, sinagogas o templos.

«La exclusión formal de las minorías de determinados lugares y cargos en el seno de la administración del estado es un fenómeno extendido a lo largo del mundo, a veces incluso consagrado en la legislación o constitución del país»

Como Relator Especial sobre la libertad religiosa o de creencia también me ocupo de perspectivas de género. En el contexto de la religión, la discriminación por motivos de género tiene al menos dos dimensiones diferenciadas. Por una parte, las mujeres que pertenecen a comunidades discriminadas por motivos de género. Del mismo modo, las tradiciones religiosas o las interpretaciones de doctrinas religiosas a veces parece que justifiquen o incluso requieran la discriminación de las mujeres.

Un ejemplo del primer tipo de discriminación es la prohibición de cubrirse la cabeza con un pañuelo, cosa que perjudica a las mujeres musulmanas, las cuales por convicción religiosa deciden llevar hiyab. En algunos países esto puede comportar la expulsión de escuelas y universidades o la discriminación en el mercado laboral.

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A pesar de esto, la libertad de manifestar públicamente las propias convicciones religiosas con la exhibición de símbolos visibles constituye una parte inherente de la libertad religiosa o de creencia. Cualquier limitación de la libertad de manifestar públicamente la propia religión o creencia debe estar dictada por la ley y ser necesaria para proteger la seguridad, el orden público, la salud o la moral de la población, o bien los derechos y libertades fundamentales de otras personas. El objetivo fundamental debe ser proteger tanto la libertad positiva de manifestar las propias convicciones religiosas como la libertad negativa de no recibir ninguna presión que incite a mostrar símbolos religiosos o realizar actividades religiosas.

El segundo gran tipo de discriminación por motivos de género emana del hecho que, a veces, las tradiciones religiosas se invocan para negar o diluir la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Algunos miembros de estas comunidades religiosas afirman que las justificaciones tradicionales de la discriminación por motivos de género provienen de contextos culturales y no pertenecen a la esencia de las enseñanzas religiosas.

Independientemente de cómo se justifiquen todas las prácticas contrarias a los derechos de las mujeres, se deberían condenar y combatir. Hay abundantes pruebas de que las mujeres a menudo deben afrontar discriminaciones en la aplicación de los preceptos religiosos. Ya no puede ser un tabú exigir que los derechos de las mujeres tengan prioridad ante las creencias intolerantes que se utilizan para justificar la discriminación de género.

Los estados no solo están obligados a respetar la libertad religiosa o de creencia, sino que también deben proteger activamente esta libertad ante interferencias indebidas por parte de terceros. Igualmente, deberían promover una atmósfera de tolerancia y valoración de la diversidad religiosa, por ejemplo animando al diálogo interreligioso y también disipando los prejuicios que a menudo perjudican especialmente a los miembros de las minorías. Estas iniciativas podrían servir para la prevención de conflictos y tener una función de alerta precoz.

Por desgracia, los estereotipos perjudiciales, que a menudo degradan completamente las minorías religiosas, son todavía una realidad en muchos países. Además, la incitación al odio religioso a menudo aprovecha diferencias religiosas reales o percibidas. La legislación internacional exige a los estados que prohíban cualquier apología al odio nacional, racial y religioso que constituyan incitaciones a la discriminación, la hostilidad o la violencia, ante las cuales los estados tienen la obligación de tomar medidas adecuadas. Al mismo tiempo, es importante que cualquier limitación de la libertad de expresión que se considere necesaria para prohibir la incitación al odio religioso se defina con la máxima diligencia, precisión y precaución.

El umbral de cualquier limitación debe ser muy alto para no producir un efecto paralizador en el ejercicio de la libertad de expresión o de otros derechos humanos. Estas precauciones también benefician la libertad religiosa o de creencia porque una atmósfera de apertura social incrementa las posibilidades de disipar los estereotipos y prejudicios.

Por otra parte, la libertad religiosa o de creencia no comporta el derecho a que la propia religión o creencia esté libre de críticas o de comentarios negativos. La interrelación de todos los derechos humanos no solo representa una manera de entender la normativa; también tiene una dimensión empírica. Por esto, promover la libertad religiosa o de creencia es esencial para construir un sistema general de protección de los derechos humanos, basado en el respeto debido a la dignidad inherente de todos los miembros de la familia humana.


Publicado en Dialogal número 37