Umbrales: Nº 8, verano de 2017


por Abdelmunin Aya

Doctor en filosofía y experto en Haiku

umbrales

El lugar donde se encuentra Kôfukuji es realmente excepcional: rodeado de centenares de miles de tumbas bajo la montaña Kazagashira, en la calle de los templos, imposible determinar en qué punto de la frontera entre la vida y la muerte. Dentro de los terrenos de Kôfukuji, y ya entremezclada entre las tumbas, hay unas cuantas casas; casas de gente silenciosa hasta lo inimaginable, seres humanos que ya son budas. El tiempo pasa eterno: Alá se muestra. Un gato sin cola se desliza bajo la ventana, sin darse cuenta de que lo observo; el mundo al revés: el mundo como siempre debería haber sido. Imperceptible. Casi cualquier acción humana, casi cualquier pensamiento, rompe la armonía. Los seres humanos dejan de ser rentables para la sociedad de consumo, como Hôsai:

Mame o nitsumeru jibun no ichinichi datta

Los jinns, los genios y los xaitanes se han quedado abajo, en la ciudad, al otro lado del río. Excepcionalmente llega alguna persona hasta los templos pidiendo compasión y el abad Matsuo la cura. El otro día un extranjero de cara rosada apareció por mi ventana mientras yo rezaba delante del bambú. Me asusté; no dije nada. Busqué una palabra en japonés para decirme a mí mismo. Finalmente, balbuceé «almeja». Encogí los hombros y cerré los ojos. No tenemos la obligación de escuchar todo lo que pasa. Pero sé que solo los jinns odian la intimidad y miran dentro de las casas de los demás. Se fue con su ruido y continué adorando a Alá ante el bambú.

Satán es el ruido. Por eso no nos podemos quejar del silencio de Dios. Aquí su silencio huele a musgo. Tiene mezclados algunos sonidos que también son silencio: un anciano a lo lejos que clava unas estacas en la tierra, el roce del bambú con el viento, el ruido lejano de los niños que juegan al lado del río, las gotas desiguales de la lluvia, el milano que reclama comida, una escoba que aparta hojas secas… Nada, nada, escuchar el lento crecimiento de las cosas, vivas y muertas. A cada kilómetro un árbol centenario hunde sus raíces entre las tumbas, como si se alimentase del silencio de todos nosotros, una pobre comunidad de vivos y muertos en que los vivos estamos en clara minoría.

Una vez una mujer me dijo mientras miraba las tumbas: «Ellas nos protegen». Es verdad que aquí te sientes protegido, sin hacer nada. En agradecimiento, subo cuando se hace oscuro a pedir por los muertos. Cuando un amigo japonés me preguntó por qué subía le dije: «Hotoke no tamé tanomimasu». En seguida me di cuenta que esta frase es ambigua porque no solo significa «Pido por los muertos», sino también «Pido por el Buda». Y me corregí a mí mismo: « ¡Qué tontería he dicho! Pedir por el Buda…» (esta vez utilicé una palabra para decir Buda que no era equívoca: Shakka). «El Buda», me contestó mi amigo, «necesita que pidamos por Él». Hotoke no tamé tanomimasu, en japonés antiguo también significa: «Gracias al Buda puedo pedir». Las palabras, cuando se suman conforman un silencio, nos sitúan más allá de donde creemos que nos llevarían. Este silencio no es un no-decir, sino una manera diferente de llamar a las cosas. Es cierto que nuestras revelaciones, en Occidente, son palabras. El Dios que se comunica con nosotros necesita la palabra para mostrar que la conciencia no se debe llenar de palabras. En Oriente, la Revelación lo es sin palabras porque aquí la gente tampoco las necesita. A este decir sin decir los japoneses lo llaman «el arte del hara» (haragei), el arte de hablar con las tripas. Aquí nuestras categorías occidentales no sirven; las categorías de aquí no sirven allí. Todavía recuerdo al padre Masiá en Comillas diciendo con una sonrisa: «Cuando encuentres el Buda, mátalo», y también recuerdo la cara que hizo el rector de Comillas cuando lo escuchó. Oriente nos obliga a replantearnos todo. Los jesuitas de Japón lo saben bien. Decía el padre Pitau, hablando sobre el padre Enomilla-Lasalle, jesuita como él: «No es que no crea en los dogmas… ¡Es que no cree en el principio de no-contradicción!». Sin la lógica de la Verdad, el creyente occidental se siente perdido. Oriente es una reeducación para todos nosotros. Una reeducación que no necesita palabras, verdades ni dogmas. En tres meses el abad del monasterio zen de Kôfukuji no ha pronunciado delante de mí ni una sola vez la palabra zen ni me ha explicado absolutamente nada de aquello en lo que cree.

«En Oriente la Revelación lo es sin palabras porque la gente tampoco las necesita»

Hay innumerables razones por las cuales un creyente puede necesitar pasar una larga temporada en un templo japonés. El tedio de los dogmas y de las verdades a las que a veces reducimos nuestras tradiciones espirituales puede ser una. Pero, para mí, el verdadero motivo es haber encontrado un lugar donde se me hace próxima y cotidiana la intimidad con los muertos. Antiguamente los sufís seguían la vía de los muertos e iban a vivir a los cementerios. Nos hace falta conocer todas las formas de cortesía con los vivos porque el mundo nos permita entrar en su seno. La cortesía con los vivos es diferente de la cortesía con los muertos. Ellos te enseñan otra manera de estar. A los muertos es imposible engañarlos. Del mismo modo que ellos no son lo que creían ser cuando vivían, sino que son aquello, ante ellos tú eres lo que haces. Y si no aceptan lo que tú eres te expulsan. Intentar vivir en un templo budista no tiene sentido. En los templos budistas no se viene a vivir. Se viene a morir o se viene porque de algún modo ya estás muerto. Buscas la muerte para encontrar la resurrección.


Publicado en Dialogal número 35