Umbrales: Nº 8, verano de 2017


por Eulàlia Tort

Periodista

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Situémonos en el siglo I. Jesús ha muerto y los apóstoles se dispersan por diferentes lugares del mundo conocido de aquel tiempo. Como representantes de la Iglesia de Jesús son perseguidos y tanto las enseñanzas originales como la autoridad de Dios para dirigir su iglesia desaparecen de la Tierra. Ahora saltamos al 1830 y conocemos a un joven, Joseph Smith; tiene 14 años y muchas inquietudes espirituales. Este joven no entiende cómo es que hay tantas iglesias en el mundo cristiano y decide preguntar a Dios –siguiendo el consejo que encuentra en la Biblia (Santiago 1,5)- cuál es la verdadera, la que realmente sigue la línea sucesoria de Jesús. No saca nada claro hasta que, pasados siete años, se le aparece un ángel que le da una especie de mapa del tesoro. En el lugar marcado con una x debe desenterrar unas planchas de oro donde están escritas unas palabras, que traducirá con la ayuda del ángel. Hoy en día estas palabras forman el Libro del Mormón y Josep Smith es el padre de esta iglesia que restaura la línea sucesoria de Jesús. Esto ocurrió el 6 de abril de 1830 en Nueva York. Aquella primera iglesia que se fundó con seis miembros hoy se ha extendido por todo el mundo y la componen más de 13 millones de personas.

Ésta es la introducción que me hace Mercè en cuanto nos conocemos, en la comunidad de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (popularmente conocidos como mormones) de Badalona (Barcelona) un domingo por la mañana. Ella era católica, pero un día conoció a unos ángeles, me dice. ¿Ángeles? Son los misioneros, jóvenes de 19 años que dedican dos años de su vida a la evangelización. Rápidamente me aclara que las mujeres también lo hacen y que sus tres hijos también lo hicieron. Aunque durante el periodo de misión no pueden telefonearse, a excepción del día de la madre y por Navidad, me confiesa que tener los hijos haciendo de ángeles (misioneros) fue la mejor época de su vida. Dice que descubres aspectos de los hijos que el día a día esconde, una profundidad que con la logística cotidiana es más difícil que salga a la luz. Pues bien, Mercè era católica, pero, una vez superados los prejuicios que despierta alguien que toca a la puerta para hablarte de una creencia nueva en España (entonces era el año 1970), los escuchó hasta que ella y toda la familia se bautizaron.

«Mercè era católica, pero un día conoció a unos ángeles: los misioneros jóvenes que dedican dos años a la evangelización”

Ahora asistiremos a la reunión sacramental. Hoy como cada primer domingo de mes se celebrará la reunión de ayuno y testimonio. Vamos a una sala con capacidad para unas 300 personas, toda de madera, sin imágenes ni cruces; solo dos plantas decoran el espacio donde hablará el obispo. Nos preparamos para la santa cena cantando, mientras unos jóvenes cortan trozos de pan que recuerdan el cuerpo de Cristo. Nos los reparten en unas pequeñas bandejas de plata: cada uno coge un trozo y pasa la bandeja al que tiene sentado al lado. Después nos reparten unas bandejas con una capacidad para unos treinta vasos de plástico, tipo chupito, con la sangre de Cristo, que en realidad es agua bien transparente. El motivo es que los mormones aconsejan evitar el alcohol, el tabaco y el café.

Una vez que hemos acabado, suben al púlpito diferentes personas que quieren compartir con el auditorio su testimonio o alguna experiencia de importancia espiritual para ellos. Sube una mujer ecuatoriana que explica que fue a sellar su matrimonio al templo. Esto de “sellar” no lo entiendo y le pregunto a Mercè. Ella me pone un referente cinematográfico y me dice que en las películas escuchamos las siguientes palabras en el momento de celebrar una boda: “Hasta que la muerte os separe”. Pero para Mercè, para los santos de los últimos días, el matrimonio y las relaciones familiares no quedan anuladas con la separación de la muerte y es necesario que se mantengan vigentes tanto en esta vida como en la otra. Es por eso que las relaciones interpersonales, también con hijos, tíos, hermanos… se deben sellar. De hecho, para los mormones la genealogía es un elemento clave y creen en el bautizo de los difuntos, como bien me explica otra vez Mercè, quien me dice que ha estado investigando la genealogía de su familia política y que ya va por el año 1520. El objetivo es ofrecer la oportunidad del Evangelio a estos antepasados, para asegurarse de que las relaciones familiares también continúen en la eternidad. Un poco más flojito me confiesa que tiene un poco olvidada a su familia; ¡debería ocuparse de ella y dejar un tiempo la del marido!

Las relaciones familiares se sellan en el templo. En España solo hay uno y se encuentra en Madrid. El templo es, según las palabras de Mercè, como el reino celestial: cuando entras, estás en armonía total. Interesada por esta genealogía, les pregunto por la familia del joven Joseph Smith. Después de su muerte Dios llamó a otro profeta a seguir dirigiendo su iglesia y así hasta a la actualidad. Ahora la iglesia continúa siendo dirigida por Dios a través de su profeta Thomas S. Monson, que es un hombre digno, puro, bondadoso y obediente a su tarea y que todavía vive en Estados Unidos. Mientras me daban estas explicaciones, otras personas han compartido también su testimonio. Ha pasado una hora y media desde que llegué y acabamos la celebración con un himno. Después comenzarán las clases de aprendizaje del Evangelio. Me voy con una invitación de Mercè para que busque a mis antepasados para que, tal y como me dice, puedan tener su oportunidad y ser bautizados. ¡Qué responsabilidad!


Publicado en Dialogal número 34