Umbrales: Nº 6, enero 2016


por Joan Estruch

Catedrático de Sociología. Fundador y ex director del grupo de investigación ISOR (Investigaciones en Sociología de la Religión), de la Universidad Autónoma de Barcelona.

umbrales1

Este artículo fue publicado en la revista «Serra d’Or» en 1996. Y a pesar de que hayan pasado dieciocho años desde entonces, el contenido del texto continúa plenamente vigente todavía. Es un privilegio para «Dialogal» contar en esta ocasión con la colaboración del Dr. Joan Estruch, un referente mundial en el campo de la Sociología de la Religión.

Las monjas y los monjes son hoy, en nuestro país, unos perfectos desconocidos. Y no porque la gente no sepa que están, y dónde están, sino porque mayoritariamente prefiere ignorarlos.

Los catalanes suben periódicamente a Montserrat, admiran la montaña, visitan a la Moreneta, se emocionan sintiendo cómo los monaguillos cantan el Virolai, y hacen ver que no se dan cuenta que allí vive una comunidad de hombres que, con su sola presencia, nos interrogan y nos interpelan sobre nuestras maneras de hacer, sobre nuestro estilo de vida, y sobre el sentido de todo.

Estos mismos visitantes de Montserrat a menudo ni se enteran de que subiendo y bajando pasan ante un monasterio que reúne a un grupo de mujeres donde hay más sabiduría concentrada que en una universidad entera, y donde cada noche las puertas se abren de par en par para que todo el que quiera pueda descubrir cómo cantan los ángeles.

¿Quién no se ha paseado en grupo por las calles de la judería de Girona, y quién no ha hecho cola para ver el tapiz de la Creación? Pero en cambio, un poco más allá de San Pedro de Galligans, en el valle de San Daniel, hay desde el siglo XI una familia sin secretos mucho más fascinante que la de la televisión, y nadie se acerca.

Haga un día la llamada ruta del Císter, y lo podrá comprobar sin dificultad: en general, la gente se siente mucho más cómoda dentro del recinto de Santes Creus que en el de Vallbona o el de Poblet. Y es que en Santes Creus solo están las piedras, ciertamente admirables, pero sin la presencia incómoda de las monjas de Vallbona o de los monjes de Poblet. Santes Creus confirma el prejuicio de que la inmensa mayoría tiene ganas de ver efectivamente confirmado: esto de la vida monástica es un vestigio de otros tiempos, un residuo -quizás venerable- del pasado, pero no de hoy y menos aún del mañana. En cambio, el hecho de que en los otros dos monasterios «todavía» queden monjes hace tambalear el prejuicio y, en esa misma medida, resulta incómodo e incluso un poco molesto.

Los monjes y las monjas «molestan» porque nos obligan a pensar o repensar muchas cosas

¿Y por qué «molestan» los monjes? ¿Por qué nos molestan las monjas? Básicamente, porque nos obligan a pensar -o, en el mejor de los casos, a repensar- un montón de cosas.

Fijémonos en las críticas, en los reproches que más abundan en una conversación cualquiera alrededor de la vida monástica, y podremos descubrir algunos de los motivos más profundos de nuestra incomodidad.

La vida monástica -se dice- conlleva una evasión, una fuga del mundo, de su realidad y de sus problemas.

Cuando vivimos pendientes de la llegada del fin de semana para hacer «una escapada», pendientes de las vacaciones para poder viajar y «desconectar», pendientes del serial televisivo de los lunes y los goles del Barça de los domingos, ¿de verdad que son los monjes quienes huyen? ¿La publicidad, los espectáculos, no tienen nada que ver con la propuesta de formas de evasión?

Es significativo que en el transcurso de las sesiones del reciente Concilio Provincial (1995) fuera una monja –la abadesa de San Pere de las Puelles– la que planteó en el aula la exigencia de una palabra dura y contundente contra la persistencia del flagelo de la tortura y contra la pena de muerte. De este mismo monasterio de San Pere se dice que no vale la pena ir un domingo si no se ha leído previamente la prensa del día, porque no acabarás de saber de qué se habla...

Si se pudiera hacer un estudio comparativo de la clase de libros que se leen en uno de estos monasterios que supuestamente son «fuera del mundo» y los que leemos nosotros, de la clase de programas de televisión que miran ellos y los que más miramos nosotros, de la clase de noticias periodísticas en las que se fijan ellos y aquellas en las que nos fijamos nosotros, quizá descubriríamos con sorpresa dónde hay mayores probabilidades de fuga y de evasión.

Y es que, en el fondo, toda la organización de la vida monástica invita al centramiento, mientras que la nuestra induce al descentramiento. La de los monjes y las monjas favorece las formas de vida comunitaria, y la nuestra lleva al individualismo y a la dispersión. La estructura del espacio del monasterio actúa como una gran fuerza centrípeta, mientras que la estructura de nuestros espacios urbanos funciona como una potente fuerza centrífuga.

La vida monástica invita al centramiento, mientras que nuestra vida induce al descentramiento

En una palabra, la vida monástica, centrada en la combinación de la oración y el trabajo, de acción y de contemplación, es decir de actividad y de reflexión, en torno al claustro, nos hace darnos cuenta de nuestra «claustrofobia». Y como, poco o muy conscientemente, nos angustia, nos suele molestar que nos la recuerden.

La vida monástica -se dice también- supone la clausura. Y la clausura no solo limita la libertad, sino que es casi un atentado contra la libertad.

Es cierto que en otras épocas la Iglesia había impuesto a los monasterios, y particularmente a los monasterios de mujeres, un régimen de clausura que hoy encontramos injustificable. Y es cierto que en algunos monasterios femeninos subsisten todavía hoy algunos vestigios de esta situación; probablemente ésta es, por otra parte, una de las razones por las que desde hace años hay menos vocaciones monásticas femeninas que no masculinas.

Pero, más allá de estos extremos abusivos y absurdos, el problema de la clausura es otro. La clausura atenta en todo caso contra una noción de libertad concebida como ausencia de límites, como posibilidad de hacer lo que me dé la gana. Pero esta es una concepción ilusoria e infantil de la libertad, con la que tendemos a menudo a querernos engañar nosotros mismos.

En el fondo, toda forma de vida social implica un proceso de gradual «clausura» en el mundo. La criatura recién nacida es la única que tiene delante un horizonte prácticamente ilimitado de posibilidades. Pero no porque sea más libre, sino justamente lo contrario: porque aún es incapaz de ejercer la libertad. Crecer, y aprender a vivir en sociedad, es ir cerrando este horizonte ilimitado, es irse envolvente de límites.

En este sentido, la clausura monástica simboliza este establecimiento de los límites. El monje se convierte en el símbolo de una libertad entendida como plena conciencia y aceptación de la realidad de los límites que es inherente a toda forma de vida social. Y con frecuencia nos molesta que nos recuerde que también nuestra vida, y nuestra libertad, pasan por esta aceptación de los límites.

Este hecho está estrechamente relacionado con el tercer gran reproche que se suele dirigir a la vida monástica. La vida de las monjas y los monjes es una vida hecha de renuncias. Y nuevamente nos molesta recordarlo, en la medida que nos puede obligar a tener que preguntar si la nuestra no lo es igualmente.

Porque, al fin y al cabo, si ser libre y ejercer la libertad significa tener la capacidad de elegir, debemos reconocer que toda elección hecha con libertad implica simultáneamente una renuncia. Al elegir dedicarme a la sociología tuve que renunciar a ser ingeniero, y el día que decidí casarme con mi mujer renuncié a casarme con todas las demás. La voluntad, tan generalizada hoy, de no tener que renunciar a nada, de no cortarse ninguna posibilidad, es la que paradójicamente explica la parálisis de tanta gente, la incapacidad de decidirse y elegir, el pánico de comprometerse. Tan solo cuando se está dispuesto a las renuncias se es capaz de elegir, y de elegir libremente.

Contra lo que podría parecer a primera vista, pues, la vida monástica no es una vida «fuera del tiempo». Es una vida regular y regulada, presidida por la organización del tiempo. El monje vive «con» el tiempo, y hace suya aquella máxima del Eclesiastés: «hay un tiempo para cada cosa». A diferencia de lo que nos suele suceder a nosotros, que nunca «tenemos tiempo» para nada. Y precisamente por eso, como escribía Salvador Cardús (Saber el tiempo, Altafulla, 1985), como tenemos un poco de tiempo, nos dedicamos a perderlo.

Porque más que vivir «con» el tiempo tendemos a vivir «contra» el tiempo. En último término, vivir en una lucha permanente contra el tiempo equivale a plantear una batalla perdida de antemano, ya que luchar contra el tiempo es nuestra manera de luchar contra la muerte. Somos devorados por el tiempo en la medida en que, cuando tan solo hacemos caso de la dimensión temporal del mundo, olvidamos y despreciamos la dimensión de la eternidad: de aquí brotan, según Mircea Eliade, buena parte de las angustias y los sufrimientos del hombre occidental contemporáneo. Y en este sentido el monje nos recuerda, con la organización de su vida, la existencia y la importancia de esta otra dimensión.

Pero, a pesar de la incomodidad que nos suscita este recordatorio de la pregunta por la otra dimensión del tiempo, no me parece que sea eso lo que más molesta hoy de la presencia de los monjes. Lo que generalmente más molesto nos resulta es que, aparte de recordarnos la existencia de otra vida más allá de ésta, nos recuerdan también, discretamente pero con insistencia, que hay otra manera posible de vivir esta vida.

En Europa, durante siglos, los monjes preservaron los valores de la cultura y del trabajo. Quizás hoy están preservando, sin hacer mucho ruido como tienen por costumbre, otros valores como, por ejemplo, el silencio, la estabilidad, la fidelidad, el perdón y la disponibilidad.

Si fuera así, en lugar de ver en los monasterios un residuo venerable del pasado, tal vez deberíamos acostumbrarnos a ver todos juntos una interpelación de la más rabiosa actualidad. En muchos aspectos los monasterios no son, ciertamente, un espejo de nuestra sociedad. Quizás deberíamos acostumbrarnos a verlos más bien como una instancia crítica de esta misma sociedad. Una crítica, poco llamativa pero persistente, de nuestro desazón por los éxitos, por el triunfo, por la competitividad y la rentabilidad. Y una crítica también de las múltiples formas de autoengaño en las que se fundamenta buena parte de nuestra vida en sociedad. Y quien dice que los monasterios son una instancia crítica de la sociedad dice también que por las mismas razones son igualmente -aunque éste es ya otro tema- una instancia crítica de la Iglesia.


Publicado en Dialogal número 52 (invierno de 2014).