Umbrales: Nº 6, enero 2016


por Manuel Pérez.

umbrales1

Aunque de origen austríaco y judío, el escritor Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942) fue un espíritu profundamente europeísta y humanista, libre de adscripciones nacionalistas y confesionales. Esto no lo libró de vivir en el epicentro geográfico (y sociopolítico y económico y moral) de los fatídicos acontecimientos del siglo XX, ni tampoco de evitar su trágico destino de judío: las dos guerras mundiales -para él un único conflicto no resuelto- le obligaron a exiliarse cada vez más lejos de todo, también de sí mismo. Su autobiografía (El mundo de ayer. Memorias de un europeo) funciona a la perfección como libro de texto de la historia contemporánea, él mismo lo quiso así.

Zweig encontró en la escritura su único consuelo a la guerra y al mismo tiempo el refugio desde el cual atacarla. Esta escritura fue novelística o ensayística, más o menos militante, pero nunca del todo explícita y nunca renunció a cultivar la dimensión artística. Memorias aparte, las dos obras que más directamente responden a su sentimiento sobre aquellos años son la obra de teatro Jeremías (1916) y la biografía de Erasmo de Rotterdam (1934), una declaración de principios encubierta. La primera fue el fruto de su experiencia como reportero de guerra en la región de Galitzia, que le sirvió para purificar de idealismo e ingenuidad su humanismo. Denuncia de la euforia belicista y de la ceguera colectiva de aquellos años, tardó dos años en ser estrenada, cuando los vientos ya le eran favorables, una vez perdido su carácter profético original.

La actitud de Zweig ante la guerra se caracterizó por su voluntad de preservar la independencia de su pensamiento y, por encima de eso, permanecer fiel a su propio talante prudente, ecuánime y dialogante. No le fue fácil en unos tiempos que invitaban al fanatismo o, cuando menos, obligaban a alinearse con unos aliados y contra unos enemigos. Conforme los nazis se consolidaban y él se negaba a manifestarse abiertamente y de forma general en contra de los alemanes, esta postura se convirtió cada vez más incomprendida y dolorosa, todo ello agravado por su celebridad, que lo convertía en un blanco fácil de las críticas de unos y otros. Así, al tiempo que se convertía en una de las primeras víctimas de la llamada "arianización" de las editoriales alemanas, su negativa a colaborar con una revista de intelectuales exiliados fue considerada una traición. "Ahora hay que aprender a vivir solo y odiado, pero no pienso responder con odio", escribió a su amigo Joseph Roth, que también le reprochaba la actitud "vacilante".

En muchos aspectos, la lucha pacifista de Zweig se inspiraba en la figura de Erasmo de Rotterdam, a quien retrató como el fundador de una cultura europea común, como el verdadero gran "reformador" eclesial (por oposición a Lutero, el "revolucionario"), y también como el referente de la lucha contra el fanatismo y el padre de la tolerancia y la libertad de pensamiento; finalmente, por todo ello, también como la víctima primordial de la violencia entre católicos y protestantes, ante la cual decidió no decantarse. En su Erasmo, es particularmente significativa la honestidad con la que Zweig distingue aquellas situaciones en que la proverbial neutralidad erasmiana se afirmó como una autoexigencia llena de sacrificio y aquellas otras en que resultó una falta de compromiso y, en definitiva, una cobardía.

El proyecto vital de Zweig y que las sucesivas guerras reforzaron fue de tipo erasmiano, renacentista: la divulgación, como forma de preservación, de lo más esencial y al mismo tiempo compartido del legado espiritual de los europeos, principalmente a través de la difusión de la vida, el pensamiento y sobre todo la psicología de sus grandes figuras, ya fueran líderes políticos (Fouché) o religiosos (Castellio), pensadores (Montaigne) y científicos (Freud) o artistas (Dostoievski). Zweig rastreó y reconstruyó incansablemente -en unas condiciones anímicas cada vez más adversas- esta historia de Europa, con la intención de lustrar sus fundamentos y de reivindicar su validez universal y a-temporal, su carácter unificador y pacificador.

En la misma línea, también forma parte del legado pacifista de Zweig su estudio de la historia antigua y contemporánea, más concretamente, en clave freudiana, de aquellos episodios psicológicamente decisivos en la formación de una conciencia colectiva europea. Más allá de los datos, Zweig desarrolló un sentido especial para rescatar aquellas experiencias individuales o colectivas que provocaron giros decisivos y desequilibrantes en el destino de la humanidad, aquellas gotas, a veces dulces, a veces amargas, que hicieron derramar el vaso del malestar. Es característico de Zweig, psicólogo de la historia, el hecho de situar en el mismo nivel de importancia espiritual, cósmica, episodios históricos como la abortada fuga de casa del anciano Tolstoi y, por ejemplo, el conjunto del período leninista. También lo es su facilidad para extraer la anécdota capaz de resumir todo un movimiento o toda una época, como cuando, de un viaje que realizó a la recién fundada URSS, rescató las visitas organizadas en el Museo del Hermitage para unos obreros y campesinos, que escuchaban impertérritos las explicaciones del guía, o la forma como los jóvenes soldados del ejército comunista enseguida, impúdicamente, se ponían a tratar de tú a tú a sus descolocados superiores y mayores. La mirada precisa, profunda y a la vez compasiva de Zweig denunciaba para curar y construir, no para atacar. Quería neutralizar los discursos del odio, no alimentarlos.

Zweig resistió a la violencia de sus compatriotas europeos hablándoles de su propia historia, explicándoles su propio patrimonio; hay que insistir en que lo hizo sabiendo casar la ética y la estética, la erudición, la profundidad, el elegancia e incluso la amenidad. Desgraciadamente, el antídoto de una cultura o espiritualidad europeas, en realidad universales, no tuvo un efecto inmediato. Llegó a un punto en que incluso esta tarea vocacional y llena de sentido de alquimista de la cultura y su fe profunda en la humanidad le resultaron insuficientes para hacer frente a una barbarie que entonces parecía ciertamente imparable y que le acabó asfixiando, llevándole a suicidarse y a añadirse a los millones de víctimas de la shoah, como otra de tantas almas sensibles y torturadas que el cruel siglo XX se llevó.

Algunas obras clave de la labor literaria pacifista de Zweig:

  • El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2001).

  • Jeremías (Aldus, 2006).

  • Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista (Paidós, 2005).

  • Hermann Hesse - Stefan Zweig. Correspondencia (Acantilado, 2009).

  • Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas (Acantilado, 2004).

  • Joseph Roth & Stefan Zweig. Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938) (Acantilado, 2014).


Publicado en Dialogal número 53 (primavera de 2015).