Umbrales: Nº 5, mayo 2015


por Fernando Beltrán Llavador, asesor de la Sociedad Internacional Thomas Merton y del Centro Internacional de Estudios Místicos de Ávila.

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“El último día de enero de 1915, en un año de una gran guerra, vine al mundo. Libre por naturaleza, a imagen de Dios, sin embargo fui prisionero de mi propia violencia y mi propio egoísmo, a imagen del mundo al que había venido". Estas líneas abren la autobiografía del joven converso Thomas Merton y resumen el clima de su tiempo. Muchos se pudieron sentir identificados con el diagnóstico y también con el remedio radical –la opción monástica– de un joven perplejo ante un mundo devastado por dos guerras mundiales sangrantes. Merton se dio cuenta de que las estructuras totalitarias de los países dominantes en los dos bloques enfrentados por la guerra fría, si bien con diferencias en las formas de opresión, eran el resultado de una conciencia humana escindida: un sujeto reducido a objeto, separado de sí mismo e ignorante de su origen y su destino sagrados.

Merton interpretó las noticias de un siglo lleno de heridas a la luz de la Noticia del Señor de la historia y puso la razón al servicio de una caridad capaz de denunciar y anunciar. Su discurso es el de un intelectual, pero repudia las abstracciones que sirven para eludir problemas con rostro y nombre propio: guerras concretas (Vietnam), discriminación racial (los negros y los nativos americanos) y uso de la bomba atómica (Hiroshima y Nagasaki).

Profundo conocedor de los caminos contemplativos de la humanidad, sus últimas palabras, después de una conferencia pronunciada en Bangkok antes de morir accidentalmente en diciembre de 1968, resumen su legado: "Lo que se nos pide en este tiempo no es tanto hablar de Cristo a los demás, como dejar que viva en nosotros para que las personas puedan darse cuenta de cómo vive en nuestro interior".

En su madurez, la gente preguntaba por las calles de la India: "¿quién es este santo?" Los budistas lo consideraban "un buda natural"; los taoístas, "un hombre sin estatus, un auténtico hombre del Tao" y los musulmanes, "un Simurgh", pájaro y símbolo espiritual de la mitología persa.

"Puso la razón al servicio de una capacidad de denunciar y anunciar"

Sus padres se conocieron en París, donde estudiaban bellas artes. La madre murió cuando Merton era un niño y cuando aún era adolescente se produjo el fallecimiento de su padre. En 1932 el joven Merton, intelectualmente brillante, obtuvo una beca para estudiar en Cambridge. Con dieciocho años emprendió un viaje a Roma, donde quedó fascinado por los mosaicos de las primitivas iglesias bizantinas. Cuando le denunciaron una paternidad involuntaria, su tutor le obligó a regresar a los Estados Unidos con los abuelos maternos. Allí inició unos nuevos estudios en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Allí, el filósofo Daniel Walsh le puso en contacto con Jacques Maritain. Ante su sorpresa, Bramachari, un joven monje hindú que llegó a los Estados Unidos con motivo del congreso mundial de las religiones de Chicago, al interrogarlo respecto a autores espirituales recomendables, le sugirió la lectura de San Agustín y de la Imitación de Cristo. Al cabo de los años, esta actitud suscitaría en Merton un interés real para conocer otras religiones en sus propios términos. Fue un período marcado por lecturas de gran profundidad: Aldous Huxley, William Blake, Etienne Gilson y Gerard Manley Hopkins. La biografía de este último le impulsó a tomar la decisión de bautizarse el 16 de noviembre de 1938.

En 1939 ya sopesaba seriamente la posibilidad del sacerdocio y se impuso un horario disciplinado de oración, liturgia y lecturas espirituales. La baronesa Catherine de Hueck y su trabajo en Harlem le mostraron de manera práctica que la contemplación y la acción van de la mano. El 9 de diciembre de 1941, Merton volvió a la abadía de Getsemaní en Kentucky, donde había hecho un receso, para entrar como monje cisterciense de la estricta observancia.

Al gran éxito de la publicación de su autobiografía (La montaña de los siete círculos) en 1949, le siguió la de varios diarios y meditaciones. Su abad canalizará el caudal creativo de Merton encargándole la redacción de biografías y ensayos. Además, se conserva la grabación de más de setecientas conferencias a su comunidad sobre temas muy diversos, entre los que destaca la introducción a otras espiritualidades no cristianas, algo que consideraba fundamental para la formación de los jóvenes novicios.

Su enorme correspondencia, recogida en una decena de volúmenes, demuestra la extraordinaria simpatía de Merton por la familia humana en toda su variedad e incluye los intercambios con Czeslaw Milosz, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Erich Fromm y Aldous Huxley, así como también con Marco Pallis, Daisetz T. Suzuki, Abdul Aziz, Louis Massignon, Jean Danielou, Abraham Heschel y Thich Nhat Hanh, entre otros.

Desde su atalaya monástica publicó artículos que se oponían a la carrera armamentística y a la discriminación racial, al tiempo que aplaudía la actitud de Gandhi y de Luther King. Esto provocó tanto rechazo como admiración, al igual que haría su apertura interreligiosa a favor de la paz mundial, reflejada en varias obras.

En definitiva, la aspiración última del monje, para Thomas Merton, era la de llegar a ser una persona "finalmente integrada", al igual que la imagen que adoptó de Reza Aratesh, autor de una obra sobre el sufí persa Rumi. Merton escribe: "El estado de la visión interior que constituye la integración final implica una apertura, un 'vacío', una 'pobreza' similar a la que describen con tanto detalle no sólo los místicos cristianos, San Juan de la Cruz y los primeros franciscanos, sino también los sufíes, los maestros taoístas y los budistas zen. El hombre que ha alcanzado la integración final ya no se encuentra limitado por la cultura en la que ha crecido. Es totalmente 'católico' (universal) en la mejor acepción de la palabra. Goza de una visión y una experiencia unificadas de la única verdad que luce en todas sus diferentes manifestaciones. El hombre finalmente integrado es un portador de paz".

Un acontecimiento fundamental para lograr esta integración tuvo lugar en 1968, cuando Merton recibió el permiso de su nuevo abad para participar en una reunión sobre la experiencia monástica y el encuentro de Oriente y Occidente. Con este motivo, viajó a Nueva Delhi, Calcuta, Darjeeling, Sri Lanka y Bangkok. Además de otros encuentros memorables, Merton fue recibido tres veces por el Dalai Lama, que vio en él la personalización del cristianismo y una puerta abierta al entendimiento y la amistad entre cristianos y budistas.

Después de beber de las fuentes monásticas europeas y después de unir contemplación solitaria y compromiso solidario en América, Merton cerró el círculo de su vida en Asia, donde experimentó una compasión inefable. En su fascinante Diario de Asia leemos: "El nivel más profundo de la comunicación es la comunión. No es que se descubra una nueva unidad, se descubre una antigua unidad. Queridos hermanos, nosotros ya somos uno; pero imaginamos que no lo somos. Y lo que tenemos que hacer es recuperar nuestra unidad original. Lo que tenemos que ser es lo que ya somos".


Publicado en Dialogal número 30 (verano 2009).