Umbrales: Nº 5, mayo 2015


por Joan-Andreu Rocha Scarpetta, historiador y teólogo.

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Admirado por Goethe y por Hegel, y conocido mundialmente por sus poemas místicos y narraciones, Muhammad Jalal al-Din Balkh, más conocido en Occidente como Rumi (1207-1273), constituye hoy una de las figuras más reconocidas de la historia del islam y de la mística. A menudo, sin embargo, se desconoce la aportación de este místico a la promoción de la tolerancia religiosa, principio básico que precede cualquier forma de diálogo entre las religiones.

Nacido en 1207 en Balk, en la región de Khorasan (actualmente, Afganistán), Rumi era el hijo de un reconocido teólogo llamado Baha ad-Din Walad. Pronto el padre-teólogo reconoció la sutileza espiritual y la profundidad de pensamiento de su hijo, por lo que le dio el apodo de Mawlana, «nuestro maestro». El 1219, debido a la amenaza de invasión de los mongoles, la familia de Rumi inició un largo peregrinaje, que permitió a nuestro personaje conocer diversos lugares del Islam persa y turco de su tiempo y entrar en contacto con notables figuras del pensamiento y la literatura musulmanes.

En Nishapur, por ejemplo, pudo conocer al poeta Attar (1142-1221) y en Damasco se encontró con el teólogo y místico Ibn Arabi (1165-1240). Rumi se casó con una joven de Samarcanda, con la que tuvo dos hijos que siguieron sus pasos de poeta y de místico. Se estableció finalmente en la ciudad de Konia (Turquía), donde su padre retomó la docencia hasta su muerte, en el año 1230. Rumi tomó por un tiempo el lugar de su padre, pero poco después fue a profundizar sus conocimientos teológicos en Alepo y Damasco, donde estudió con Ibn Arabi.

Pero Rumi reconocerá a su verdadero maestro cuando, en 1244, buscando la vía para llegar a la verdadera unión con Dios (principio que siguen los místicos del Islam o sufíes) llegó a Konia un místico errante llamado Shams ad-Din Muhammad ibn Ali (1185-1248). Shams inició a nuestro personaje en la vida de soledad y de contemplación, utilizando a menudo el lenguaje poético para transmitir sus enseñanzas. También lo inició en la danza espiritual como camino de profundización de la experiencia espiritual. Fue así como, una vez muerto su maestro, Rumi fundó la orden de los derviches danzantes que lo han hecho tan famoso hasta hoy. Para Rumi, la música evocaba las esferas celestes, la vibración creadora inicial del universo, por lo que centró en ella las prácticas de su cofradía. Llevó a cabo una amplia producción poética y narrativa, entre la que destaca su libro de poesía Masnavi-ye mandaba (coplas espirituales), considerado por sus discípulos como el segundo libro más importante después del Corán.

Las obras de Rumi gozan hoy de una enorme popularidad. Lo que a menudo olvidamos al hablar de la obra de nuestro autor es la profundidad de su pensamiento en cuanto a la tolerancia. Rumi predicaba con la palabra y con las obras el amor hacia todos los seres humanos y todos los seres creados; sin embargo, si consideramos la época movida en la que vivió (donde la intolerancia religiosa era a menudo promovida por las autoridades de las diversas religiones), sus enseñanzas sobre la tolerancia religiosa resultan particularmente relevantes. Sabemos por su biografía que Rumi desarrolló este espíritu influido por su maestro, que frecuentaba círculos judíos. Nuestro personaje mantenía amistad con varios grupos cristianos, zoroastrianos y judíos.

"Influido por su maestro, mantenía amistad con varios grupos cristianos, zoroastrianos y judíos"

Rumi fundamenta su noción de tolerancia entre las religiones a partir de tres principios. El primero tiene que ver con la unidad de las verdades religiosas. Como buen musulmán, Rumi considera que Muhammad, el profeta del islam, es el último profeta enviado por Dios después de muchos otros. Al interpretar el pasaje del Corán sobre las «religiones del libro» (judíos, cristianos y zoroastrianos), nuestro autor va aún más allá, afirmando que lo que contempla el verdadero seguidor de cada religión es la esencia (el alma) donde «Moisés y Muhammad se ven como iguales». En esta misma línea, afirmará que, «dado que el Amado sólo es uno, las religiones son lo mismo», ya que, «si hay un centenar de libros sagrados, al fin no son más que capítulos del mismo libro».

El segundo principio de la tolerancia radica en las limitaciones de la razón humana. Como buscador de la verdad, el místico persa no menoscaba el valor de la razón humana a lo largo del camino de la búsqueda interior. Pero sí afirma que, al llegar al conocimiento genuino de Dios, que se basa en el amor, el intelecto humano se manifiesta incompetente. Esto porque para nuestro autor, el verdadero conocimiento de Dios no se fundamenta en las disquisiciones del intelecto que defiende la superioridad de una u otra religión; el verdadero conocimiento de Dios se fundamenta sólo en la experiencia personal de Dios, experiencia que sobrepasa todos los límites de la razón.

El tercer argumento del sabio persa en defensa de la tolerancia religiosa gira en torno a la diversidad como designio divino. Según Rumi, las diferencias entre las diversas sociedades y culturas, así como dentro de una sociedad específica, no son simplemente una consecuencia de la historia, sino que responden a la voluntad divina: la capacidad humana de entender las verdades sagradas es limitada y, por ello, Dios se vale de una pluralidad de caminos para guiar las almas de los humanos hacia una comprensión del Único absoluto. Así nuestro autor desprecia el relativismo, ya que afirma de forma vehemente que la verdad final es única. Subraya, sin embargo, que Dios manifiesta chispas de esta verdad en las diversas tradiciones religiosas para atraer a todas hacia la única verdad absoluta.

"Según él, las diferencias entre las diversas sociedades y culturas responden a la voluntad divina"

La noción de tolerancia religiosa de Rumi influyó tanto a sus discípulos (incluidos los miembros actuales de la cofradía sufí que creó) como a toda la literatura, especialmente poética, del mundo árabe y persa de su tiempo, hasta hoy. Su obra y su espíritu han animado y animan hoy múltiples iniciativas de diálogo con el mundo musulmán por parte de diversas tradiciones religiosas.

Pero lo más importante es que sus escritos, formados por narraciones y poesías, no disminuyen la fuerza de su pensamiento tolerante y conciliador, sino que lo hacen aún más contundente; la enmarcan dentro de una esfera que no pretende definir dogmas y conceptos, sino que brilla más allá de la razón humana, dejándonos en el umbral del lugar del alma en que la intuición humana y la grandeza divina dejan de lado toda diferencia y se unen en el lenguaje común del amor.


Publicado en Dialogal número 50 (verano 2014).