Diálogo: Nº 2, enero 2014


Conversación con Marià Corbí, director del CETR

por Manuel Pérez, director de Dialogal

Marià Corbí

Marià Corbí es director del Centro de Estudios de las Tradiciones de Sabiduría (CETR), en Barcelona. Es licenciado en teología y doctor en filosofía. Ha sido profesor en la escuela de negocios ESADE (Barcelona). Trabaja para difundir y adaptar la sabiduría de las tradiciones religiosas a una sociedad que ya no puede ser “religiosa”, pero que necesita urgentemente cultivar una “calidad humana profunda”. También investiga la forma de proponer un saber sobre los valores que ayude a la sociedad actual a definir y a sostener sus proyectos colectivos. Esta entrevista quiere ser una puerta de acceso a su obra, tan rigurosa y compleja como innovadora y atrevida a la hora de abordar el problema de la religión y la espiritualidad en nuestra sociedad.

¿Cuál es la misión de este Centro? Nuestro equipo se dedica a investigar y a proponer formas de transmisión de las tradiciones religiosas a nuestra sociedad actual, caracterizada por el cambio constante. Esta sociedad no puede basarse en dioses, religiones, ni creencias, para orientarse. Estas construcciones eran propias de sociedades que –como todas las sociedades preindustriales– procuraban mantenerse estables y evitar los cambios. Las creencias fijaban, ayudaban a no cambiar. Esto ya no puede ser así. Vivimos precisamente de cambiar; y en consecuencia las formas de pensar, sentir, organizarse… han de poder cambiar. La nueva sociedad no necesita creencias fijas; pide que las personas cultiven lo que hemos llamado una calidad humana profunda. Y esta no la hemos de inventar, hemos de poder heredarla de la sabiduría de todas las tradiciones. Pero sin tener que adoptar las categorías mentales propias de otros momentos culturales. Un cultivo libre de la calidad que las tradiciones nos transmiten, sin necesidad de someterse a unos sistemas de creencias o conceptos, ya sean religiosos o laicos.

¿En qué punto se encuentra su investigación? Estamos intentando crear un saber sobre los valores (lo que técnicamente se denomina “epistemología axiológica”) para ponerlo al servicio de los proyectos colectivos de esta sociedad de la innovación. Hoy sabemos que nuestros proyectos para organizarnos y actuar no nos vienen revelados por los dioses, ni dictados por las ideologías, sino que son tal y como nosotros los construimos. Los derechos humanos o las constituciones son ejemplos de este tipo de proyectos humanos. A pesar de que falta construir un saber adecuado para tratar los fenómenos axiológicos humanos, ha de ser un saber científico que tenga en cuenta la formalidad propia de lo cualitativo. Nuestros antepasados crearon proyectos colectivos a lo largo de milenios, tan lentamente que no se dieron cuenta de que los construían. Pero hoy cuando somos conscientes de ello, es cuando comprendemos que nos hace falta desarrollar el saber sobre la construcción de proyectos. Este es el campo de trabajo propio de la epistemología axiológica.

¿Por qué no hacerlo simplemente desde la ética? Cuando se comprende que todo cambia, ya no podemos comenzar fijando unos principios éticos, tal como hacían las sociedades que pensaban que las normas y las formas de vivir eran inalterables, transmitidas desde el más allá o dictadas por la naturaleza. Hoy hay que comenzar definiendo qué proyecto de sociedad queremos, teniendo en cuenta cómo es el mundo en el que vivimos y cómo son las tecnologías de las cuales disponemos. Primero definir el proyecto y esto a todos los niveles. Para poner un ejemplo, entre los muchos posibles: nos hace falta definir un proyecto colectivo para las relaciones sexuales y familiares. Un proyecto que no sea el de las sociedades patriarcales, sino que tenga en cuenta que hoy la unión entre personas ya no se entiende como sagrada, sino como una manera de pacto regido por la complementación mutua; y que las mujeres trabajan y que esto modifica la estructura familiar y la situación de los niños; que tenga en cuenta que la mortalidad infantil se ha reducido muchísimo, etc. Para definir estos proyectos no podemos partir de unas normas (éticas); lo que necesitamos es tener espíritu ético. Y el espíritu ético requiere de un grado notable de calidad humana, que es el que nos enseñan los grandes maestros de sabiduría de la humanidad: si tenemos esta comprensión profunda de la realidad, esta calidad, tendremos moralidad.

Pero ¿todo el mundo puede cultivar esta calidad humana profunda? ¿Realmente cree que seremos capaces de saber vivir esta libertad y de hacer buen uso de unas ciencias y tecnologías tan sofisticadas? No es que sea optimista. Soy muy consciente de nuestra falta de sensibilidad y de moralidad. Lo que pasa es que no tenemos más remedio. Porque no volveremos atrás, como algunos pretenden. Somos animales y cuando un medio nos resulta eficaz para nuestra supervivencia lo adoptamos. Por tanto, o bien aceptamos que el desarrollo de las ciencias y las tecnologías no se detendrá y nos ponemos a dirigir bien esta sociedad, o bien iremos al desastre. Las ciencias van a donde nosotros queramos llevarlas, no tienen dirección propia. Si solamente pensamos sacar beneficios de ellas lo más rápidamente posible, echaremos a perder todo, como ya lo estamos haciendo. Pero si tenemos calidad humana, podemos construir un proyecto para hacer un buen uso de estos medios. Puede ser que no todas las personas tengan una calidad profunda, pero si un núcleo de ellas la tienen, irradian al conjunto de la sociedad. Esto es lo que hicieron las religiones en el pasado: un grupo de personas con un cultivo de la espiritualidad con calidad hicieron que las sociedades fueran menos brutales.

La calidad humana está relacionada con la capacidad de hacer silencio, no en el sentido de estar callados, sino de saber poner entre paréntesis los propios intereses. Ustedes enseñan a los empresarios a hacer silencio… ¿Se puede hacer un uso perverso del silencio? El silencio, igual que la palabra, forma parte de nuestra estructura como animales. El hecho de ser capaces de cambiar radicalmente nuestra forma de vida quiere decir que somos capaces de hacer silencio de la forma de vida anterior. En la sociedad actual siempre hemos de estar dispuestos a cambiar y por tanto ser capaces de hacer silencio para entender qué es exactamente lo que hemos de cambiar. Las empresas han sido las primeras en entender esto. Han entendido que necesitamos formar gestores capaces de tomar decisiones adecuadas rápidamente, con capacidad de distanciarse de la forma habitual de funcionar y de hacer callar sus propios criterios. Naturalmente esto se puede poner al servicio del bien o del mal, por ejemplo para manipular más eficazmente a los otros. Todo saber y toda calidad se pueden utilizar mal. Las religiones se han utilizado pésimamente. Pero no es motivo para renunciar a cultivarlo.

Todo esto parece difícil de comunicar a quienes todavía se consideran “creyentes” y funcionan con categorías religiosas. Después de tantos años de trabajo ¿qué balance hace sobre la recepción de su propuesta en ámbitos confesionales? El ámbito religioso nos ha ignorado completamente, al igual que los políticos. La excepción han sido cristianos muy progresistas o “rebotados”. De todas maneras, pese a que las iglesias conservan todavía un poco de influencia política, culturalmente son cada vez menos significativas. Se trata de un proceso rápido e irremediable; mucha gente no quiere saber nada ni de religión, ni de la Iglesia. La edad de los curas habla por sí misma. Hay algunos jóvenes, pero ¿son especialmente significativos?

La sociología de la religión contradice ese pronóstico y observa un “retorno de la religión”. Ciertamente hay movimientos (pentecostales, islamistas, etc.) que se expanden… Sí. Por ejemplo en América, tanto del sur como del norte, se abren muchas iglesias. Y también existe el fenómeno de los predicadores estrella, que parece contagiar a todas las iglesias. En Brasil, con tal de contrarrestar su efecto y detener la deserción, la Iglesia católica acaba de construir un templo ¡para 100.000 personas! Pero esto ¿qué es? ¿En qué sentido es “religioso”? Hay que analizar seriamente este fenómeno. En unos modelos sociales que se derrumban, la gente busca dónde agarrarse. Por eso yo no hablaría de fenómeno religioso, sino cultural, relacionado con una crisis de valores. Por otra parte, los países musulmanes también están padeciendo una crisis: quisieron asimilar la industrialización y las ideologías occidentales pero no pudieron competir con europeos y americanos. Ahora bien, en algunos países, algunos sectores sociales formados rechazan el modelo occidental y defienden uno propio, que tenga un componente islámico. Pero de nuevo ¿es esto un fenómeno religioso o bien político, social y económico? A mí me parece que hablar de un resurgimiento religioso es no interpretar las cosas con seriedad. Como tampoco lo es calificar de religiosos a toda clase de fenómenos (como el fútbol o los cantantes de hoy).

Exactamente ¿cómo nos perjudica el hecho de seguir interpretando la realidad a través de moldes religiosos “programados” como lo hacían nuestros antepasados, por decirlo con su terminología? ¿Qué tiene de perjudicial, por ejemplo, la idea de un Dios Padre? La función de los sistemas simbólicos de las tradiciones religiosas es apuntar a una dimensión de la realidad sobre la cual no se puede hablar con el lenguaje cotidiano. La idea de Dios o de un padre son símbolos que, si se utilizan bien, no solamente pueden ser válidos, sino que se han de conservar y cultivar. El problema de los símbolos es considerar que son entidades con realidad propia, porque chocan con todo. Es como el arte antiguo: a pesar de valorarlo no se nos ocurre practicarlo tal como lo hacían nuestros antepasados. Porque es imposible pensar, sentir y vivir como los artistas de entonces. Y no solamente es imposible, sino que es perjudicial. Porque si en esta sociedad de cambio continuo intentamos congelar el pensamiento, el sentimiento o la organización, nos estaríamos poniendo a nosotros mismos palos en las ruedas. Si nos educamos con moldes del pasado llegaremos a ser unos ineptos. Por eso la juventud, que intuye naturalmente las cosas, se niega a cargar con este muerto en la espalda.

¿La palabra “religión” es irrecuperable? ¿Su uso no facilitaría el diálogo con aquellos que aún se consideran “creyentes”? Hoy en día esta palabra enreda, porque tiene muy mala prensa. Cuando en la universidad, en los medios o entre los jóvenes se habla de religión, la gente huye. Porque está ligada a un sistema de creencias, moralidad y sumisión. El sentido original de la palabra (religare) quiere decir ligar y, de alguna manera, “someter”. Creo que durante un tiempo será mejor no utilizarla.

¿El diálogo interreligioso sería, por tanto, un obstáculo en esta necesaria evolución de la forma de interpretar la realidad? El diálogo interreligioso tiene un aspecto positivo, que es fomentar el conocimiento y la amistad ente las personas para que reconozcan que los otros no son monstruos. Pero el diálogo entre personas con diferentes religiones es propiamente imposible: porque son sistemas de creencias y éstas implican que quien las tiene está convencido de poseer la verdad y que los otros solamente la poseen, como mucho, en parte. Lo que habría que hacer es que el diálogo afrontara directamente el fin de las religiones, que es el problema que todas están viviendo. Este diálogo, no obstante, es muy difícil porque todos estamos demasiado preocupados sosteniendo la barraca que se nos desbarata.


GLOSARIO

La obra de Marià Corbí está construida sobre una serie de conceptos clave, algunos de los cuales aparecen, de pasada, en esta entrevista. Por ejemplo:

Epistemología mítica: Es la concepción del conocimiento propia de las sociedades preindustriales: el mundo se interpretaba a través de mitos y símbolos, y se consideraba que describían la realidad tal como era, confundiéndose con ella. Después, con la industrialización este mismo papel lo cumplirían las ciencias, herederas de esta pretensión totalizadora de agotar la realidad. En las sociedades de innovación por el conocimiento, nos damos cuenta de que todo es construcción nuestra y que lo que hacen tanto los mitos como las ciencias solamente es hablar de ello, señalar y modelar dimensiones no inmediatas. Estas representaciones nos son útiles siempre y cuando seamos conscientes de sus limitaciones.

Programación cultural y religiosa: Los relatos de las culturas humanas se construyen a partir de la actividad principal en la cual se basa su subsistencia: la caza, la agricultura, etc. Esta forma concreta de sobrevivir inspira los mitos, los símbolos –las metáforas- con las que aquella cultura se comprende a sí misma y también los rituales con los que se organiza. Todo ello “programa” la forma de pensar y actuar de sus miembros. A partir del momento en que ya no existe una forma preindustrial y estática de supervivencia, tampoco se dan unas creencias y unos comportamientos necesariamente asociados, y estos sistemas de programación tambalean. Hoy podemos usar símbolos y rituales, pero solamente para profundizar nuestra comprensión de la realidad, no para hacer de ellos el fundamento del orden colectivo.

Calidad humana: Los seres humanos nos distinguimos por nuestra capacidad de captar una doble dimensión de la realidad: la (relativa) que tiene que ver con nuestros propios intereses y necesidades y la (absoluta) que los trasciende. Captar la dimensión absoluta requiere silenciar las preguntas del yo y acrecentar el interés gratuito, des-egocentrado. Profundizamos nuestra calidad humana conforme vamos afinando nuestras facultades para entender la vida de forma no egocéntrica o, dicho de otra manera, conforme desarrollamos nuestra capacidad innata de silenciarnos. Jesús, Buda, Muhammad, etc. eran maestros en calidad humana.

Publicado en Dialogal número 44 (invierno 2012). Traducción del catalán: José Naranjo E.