Diálogo: Nº 6, enero 2016


Diálogo entre una bahá'í iraní, un budista tibetano y un cristiano egipcio

Mientras Europa debate cómo conciliar libertad de religión y libertad de expresión, muchas personas, en todo el mundo, sufren graves injusticias por tener unas creencias diferentes o por pertenecer a una comunidad minoritaria. «Dialogal» reunió a tres personas, hoy residentes en Cataluña, con una experiencia dolorosa en este sentido, que se prestaron a compartirla muy generosamente. Las tres encuentran en su propia espiritualidad perseguida la forma de transformar el odio recibido en fuerza pacificadora.

por Manuel Pérez.

Thubten Wangchen
Es de origen tibetano, y es monje y lama budista. Dirige la Fundación Casa del Tíbet de Barcelona, ​​misión que le encomendó el mismo Dalai Lama.

Ragai Guirguis
Nació en Egipto y es cristiano copto, de padre ortodoxo y de madre católica. Es miembro de la iglesia copta ortodoxa de Santa María y San Mina, en Barcelona

Fariba
Viene de Irán y es bahá'í. Vive en Ripollet (Barcelona). No se llama así, pero prefiere no dar su nombre ni aparecer en ninguna foto para proteger a sus familiares que viven en Irán.

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Los coptos de Egipto.

¿Qué sufrimientos os ha supuesto y os supone el hecho de nacer donde nacisteis y de creer en lo que creéis?

Thubten Wangchen.- Yo nací en el Tíbet y tuve que exiliarme a Nepal y a la India, cuando sólo tenía cinco años como consecuencia de la invasión china, que provocó la muerte de un millón doscientos mil tibetanos, entre los cuales estaba mi madre. Tuvimos que escapar, con mi padre y otra gente. En la India crecí como un niño de la calle, mendigando. Gracias al gobierno indio, sin embargo, pude ir a la escuela y aprender la historia, el arte, la cultura y la filosofía de mi pueblo. Cincuenta años después, con todo, las persecuciones continúan en el Tíbet. Está prohibido rezar en la calle, exhibir fotos del Dalai Lama, los monjes son arrestados o bien desaparecen. Los monasterios están llenos de militares. El gobierno chino quiere vender que los derechos humanos progresan en el Tíbet, pero no es verdad. Tampoco en China progresan, pero los intereses mercantiles se imponen, y a los gobiernos no les interesa denunciarlo.

Fariba.- En Irán, que es donde nació nuestra fe, los bahá'ís tenemos problemas desde siempre. A Bahá'ulláh, nuestro fundador, y sus primeros seguidores ya se les quiso reprimir exiliándolos. Pero no lo consiguieron, y hoy los bahá'ís siguen existiendo y siendo perseguidos. El gobierno islámico no acepta que creamos que, tras Muhammad, pueda haber otros profetas. Yo he estado en prisión durante seis meses, y un centenar de bahá'ís allí siguen condenados a veinte años, entre ellos siete responsables de la antigua administración bahá'í, permitida en tiempos de la revolución, pero poco a poco erradicada con muertes, desapariciones, etc. Somos la minoría más grande de Irán, pero tenemos vetados ciertos trabajos, no podemos tener ciertos negocios como supermercados, porque se consideran impuros los alimentos que manipulamos. Se amenaza a los que comercian con nosotros, nuestros jóvenes no pueden ir a la universidad...

Somos la minoría más grande en Irán, pero tenemos vetados ciertos trabajos, no podemos tener ciertos negocios como supermercados porque se consideran impuros los alimentos que manipulamos. Se amenaza a los que comercian con nosotros, nuestros jóvenes no pueden ir a la universidad...

Ragai Guirguis.- Egipto es un país islámico donde se habla árabe, pero no siempre ha sido así: ha habido otras civilizaciones. Nosotros somos cristianos y hablamos copto. Pero no podemos practicar nuestra religión ni hablar nuestra lengua tranquilamente: nos amenazan, nos obligan a pagar unos impuestos muy elevados, nos matan... Algunos han tenido que pagar mucho dinero o se han convertido al islam, mientras que otros hemos escapado. No podemos reunirnos en nuestras casas para rezar sin un permiso, anteriormente presidencial y ahora del alcalde. Nos ponen muchas dificultades para abrir iglesias, mientras que para abrir una mezquita está todo subvencionado. Nuestro país es el único del mundo donde, en el carné de identidad, pone la religión de la persona. Porque en función de ello se tiene o no acceso a ciertos empleos, cargos, etc. Nuestra constitución se contradice: proclama la ley islámica y a la vez la libertad religiosa. Y la realidad es que a la gente que quiere hacerse cristiana se le mata o se le encarcela, nuestras iglesias sufren atentados como el de las últimas Navidades, detrás de los cuales está el propio gobierno. Ahora, después de la revolución de la primavera árabe, todo el mundo se ha puesto a participar en política: los hermanos musulmanes, los salafistas... y piden que todas las mujeres vayan tapadas, que se deje de enseñar inglés porque es la lengua los impuros, incluso que se prohíban los coches Chevrolet porque su escudo tiene forma de cruz. ¡No podemos más!

En el carnet de identidad egipcio pone la religión. En función de ello se tiene o no acceso a ciertos trabajos

 

¿Qué pasa cuando alguien no puede practicar su religión libremente? ¿Las creencias se debilitan o más bien se fortalecen?

TW.- Cuando los padres prohíben a un niño hacer algo, siempre tiene más ganas de hacerlo. Lo mismo sucede cuando un gobierno dificulta que la gente haga lo que le sale de dentro: que las ganas se multiplican. En el Tíbet, las represiones hacen que los monjes sean más activos y practiquen más. La religión, y también la cultura, deben salir del propio corazón y de la propia mente. No se pueden imponer ni prohibir. Aunque nacido en una familia budista, si aquello que a uno le llama es seguir a Jesús, debe sentirse libre para hacerlo. Buda nos dijo que escucháramos sus enseñanzas y que después reflexionáramos si nos eran útiles para nuestras vidas y para el mundo en que vivimos, y que, si encontrábamos que no lo eran, que nos sintiéramos libres de buscarnos otras.

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Thubten Wangchen, budista tibetano.

F.- En Irán pasa lo mismo: cuando el gobierno prohibió que los jóvenes bahá'ís fueran a la universidad, éstos terminaron organizándose, con la ayuda de algunos profesores, para fundar una universidad propia que funciona a través de Internet y con encuentros en casas. Hoy, a pesar de los profesores detenidos, los ordenadores requisados, etc. estos estudios son reconocidos por países de todo el mundo. Las prohibiciones fomentan la creatividad, dan fuerza para buscar recursos... Yo pienso que a lo largo de la vida no cambiamos, sino que sumamos, nos elevamos sobre una base. Creemos que el sol de ayer, el de hoy y el de mañana son diferentes, pero en realidad son lo mismo. Solo si entendemos que en el fondo somos todos iguales, podremos acercarnos y disfrutar unos de otros. Dios no ha enviado ningún profeta para separar a los seres humanos entre ellos, al contrario.

RG.- A pesar de la amargura, una fe auténtica, cuanto más grandes sean las dificultades, más aguanta. Aguanta porque sabe que no está haciendo nada malo, y porque cree que un día llegarán tiempos mejores. Es como quien tiene hambre, pero sabe que tarde o temprano comerá.

 

¿Cómo enseñan sus religiones a transformar el odio que reciben?

RG.- Los cristianos creemos que Dios es amor, y que no solo tenemos que aceptar a los enemigos, sino también debemos amarlos. Esto es muy fuerte... y también muy difícil, porque llevamos aguantando muchos años y muchas muertes. Bajo los griegos, bajo los romanos y ahora bajo los musulmanes. Pero la fe que hemos recibido de nuestra iglesia y de nuestra familia nos hace confiar en que amar al otro es obligarle a amarnos, tarde o temprano. Para creer de verdad, el entorno en que uno vive tiene mucha influencia. Porque es muy diferente crecer respirando amor u odio. Gracias a Dios, sin embargo, todavía hay gente muy buena entre nosotros, auténticos profetas.

TW.- El budismo nos enseña que quien odia y quien se enfada es quien más lo sufre. También nos enseña a meditar para entender por qué alguien nos molesta. Por ejemplo, el chino que mató a mi madre hizo muy mal, eso es un hecho. Soy humano y no voy a decir lo contrario. Pero también sé que, odiándolo, no solucionaré nada, no conseguiré recuperar a mi madre. Debemos entender que si los chinos hacen cosas malas, es por ignorancia, por los engaños mentales que sufren. La ignorancia es la raíz de todos los males, problemas, errores, apegos... El Dalai Lama siempre nos pide que nos esforcemos en no odiar a los chinos, e incluso que los consideramos buenos porque nos ayudan a perfeccionar nuestra paciencia. O sea, ¡que los consideramos nuestros maestros!

F.- Los bahá'ís creemos que Dios creó el mundo por amor y que, por ello, siempre existe la posibilidad de llegar a entendernos y a amarnos. La única forma de transformar el mal es haciendo el bien. Así es como quien ha hecho el mal acaba siendo consciente de sus malos actos.

 

¿Cómo habéis orientado vuestras vidas para responder desde aquí a las injusticias que se perpetúan en vuestros países de origen?

RG.- Ahora mismo siento que todo lo que podemos hacer es orar por la gente que sufre y que es perseguida. Lo hacemos siempre que nos encontramos. No creemos en la violencia, a diferencia de aquellos que envían armas o dinero para comprarlas. Las recientes elecciones presidenciales estuvieron a punto de acabar en un baño de sangre. Por suerte, los miembros de Hamás que querían introducir armas para utilizarlas en caso de que ganaran los Hermanos Musulmanes -como efectivamente sucedió- fueron detenidos a tiempo.

TW.- Yo no tenía ninguna intención de hacer lo que hago. Fue el Dalai Lama quien me hizo entender que, como la gente de aquí no es budista, en vez de abrir un templo tenía más sentido y era más respetuoso abrir un centro cultural abierto a todos, y a través del cual se podía transmitir la historia, el arte, la filosofía y también la espiritualidad del Tíbet. Yo, ante todo, soy tibetano y en segundo lugar budista. Porque podría cambiar de religión, pero no de país de origen.

F.- Bahá'ulláh enseñó que el mundo está cansado de palabras y que necesita actos puros y bellos. Por eso, siento que no puedo cambiar y ayudar al mundo si primero no cambio el pequeño mundo que es mi vida, y me ayudo a mí misma practicando mi religión. Confío en que esto es lo que puedo hacer para iluminar un poco la vida de los demás.

 

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Los bahá'í de Irán.

¿Tenéis esperanzas de que la situación de vuestras comunidades mejore? ¿Qué se debe hacer para que cambie?

RG.- Gracias a las revoluciones recientes, muchos cristianos egipcios han podido comenzar a expresarse y a manifestarse (antes nunca lo hacían). Hay un poco menos de miedo y un poco más de libertad. Esto es un cambio muy pequeño, pero también muy importante. El cambio necesario, con todo, será muy difícil lograrlo mientras Egipto continúe gobernado en nombre de una religión que, en la práctica, se impone a todos. Cristianos, musulmanes, salafistas... Todo el mundo debe ser aceptado y nadie debe querer imponer su ley religiosa a los demás. Todos los males vienen de no separar el ejercicio de la política y el de la religión. No se puede gobernar basándose en un interés personal, ya sea económico, religioso o del tipo que sea.

TW.- Un poco de esperanza siempre es necesario, de lo contrario no se consigue nada. La verdad es que el estado del mundo es entristecedor: ha progresado mucho -demasiado- material y tecnológicamente, pero también ha perdido valores y espiritualidad. Ya sabemos que no solo vivimos una crisis económica. Por ejemplo, a los niños ya no se les enseña a respetar a sus profesores, ni siquiera a sus padres. Creencias, hay muchas; fe, mucha gente la tiene; pero practicantes, hay muy pocos. Si entramos en la Catedral de Barcelona, encontraremos turistas y abuelas, y poca gente más; en cambio, el Corte Inglés siempre está lleno. Y es que siempre tenemos otros planes, y el compromiso con la práctica religiosa lo dejamos para más adelante. Pero, tarde o temprano -en cinco, diez, cien años o en otra vida-, las cosas cambiarán, eso es seguro. Los mismos chinos, especialmente los jóvenes, no están contentos. A través de Internet, descubren las represiones que sufren. Los tibetanos nunca usaremos la violencia; y esto quiere decir que las cosas han de ir lentas. Por suerte, tenemos un líder como el Dalai Lama que nos inspira. Gracias a su carisma, su humildad y su voluntad de dialogar con todos, en todo el mundo se nos tiene simpatía. Y eso, aunque no sea suficiente para movilizar a los gobiernos, ya es mucho.

F.- En Irán las cosas han mejorado mucho, gracias a Dios. Las mismas persecuciones han provocado que nuestra fe fuera más y mejor conocida, que la gente sepa que no somos lo que el gobierno iraní dice que somos, y que nos acepte. El problema es este gobierno fanático que tenemos y que mata a los que son diferentes, y alimenta unas relaciones basadas en el miedo. Yo tengo una muy buena amiga musulmana. Cuando nos conocimos, no supo que yo era bahá'í. Lo supo más tarde, cuando ya nos habíamos hecho amigas. Entonces, me confesó que si lo hubiera sabido, debido a todo lo que los mulás le habían dicho sobre los bahá'ís, nunca me habría dirigido la palabra. Las dos estuvimos de acuerdo en que, afortunadamente, no fue así, y hemos podido aprender mucho la una de la otra.

 

 


Publicado en Dialogal número 43 (otoño de 2012).