Umbrales: Nº 4, diciembre 2014


por Jaume Flaquer,  jesuita. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn Arabi. Colabora con Migra Studium.

Ibn ArabiJesús, a pesar de ser la figura de referencia del cristianismo, no es patrimonio exclusivo de los cristianos. Si cualquier maestro espiritual es un don para toda la humanidad como revelador de una perspectiva única de Dios, Jesús mantiene unos estrechos lazos con el judaísmo y con el islam; como judío, por un lado, y como profeta del islam, por otro.

El místico andaluz Ibn Arabi (1165-1240 d. C.) se sintió toda la vida bajo la protección amorosa de Jesús sin considerar a este profeta como ajeno a su propia religión. Por el contrario, Jesús es para él un enviado que recibe de Dios la misión de confirmar en la fe en el Dios Único del pueblo de Israel, aportando una nueva legislación para la nueva comunidad. Esta revelación lo constituye «exteriormente» (o exotéricamente) como cristiano. Sin embargo, teniendo en cuenta que el Muhammad Primordial (la haqiqa muhammadiyya) es la fuente de todas las revelaciones según el pensamiento sufí, Jesús es «interiormente» (o esotéricamente) un seguidor de Muhammad. Es por ello que Ibn Arabi rechaza cualquier interpretación que le “cristianice” cuando afirma haber recibido la herencia espiritual de Jesús. Por eso dice: «Hay algunos a los que, en el momento de la muerte, se les aparece el Enviado del que son herederos [...] y dicen "Jesús" o "Mesías", tal como Dios lo ha llamado [en el Corán], que es el caso más frecuente. Los que están presentes oyen a este santo pronunciar este nombre y se equivocan pensando que se ha convertido en cristiano en el momento de la muerte, abandonando el islam» (Fut. II, 296)1.

El sufí crístico ('Isawa, literalmente 'jesuánico') hereda de Jesús lo que de este profeta está recogido en la revelación de Muhammad y, por tanto, sigue siendo plenamente musulmán. Algunos sufíes mueren habiendo heredado de Jesús, otros de Moisés o de algún otro profeta. Una minoría alcanza la plenitud sintética de Muhammad y hereda la sabiduría de todos los profetas, Muhammad incluido. Se sitúan en la posición del Absoluto divino desde la que pueden disfrutar de todas las revelaciones de Dios. Ibn Arabi se considera la plenitud de este último tipo de santos.

La relación de Ibn Arabi con Jesús es comparable a la huella que deja en toda persona el recuerdo del primer gran amor de juventud. El descubrimiento de nuevos caminos hace de esa persona alguien irrepetible, aunque luego pueda haber otros amores. Ibn Arabi parece expresar estos sentimientos cuando afirma que Jesús fue su primer maestro, a pesar de haber recibido después la sabiduría de los otros profetas:

Cuando (los profetas) están presentes
y mis hermanos (sufíes) están de pie para servirlos,
yo siento nostalgia por el Mesías
porque me convertí entre sus manos
y me ayudó a matar al (falso) mesías.
(Fut. III, 49)

La imagen que describe el poema es la de un encuentro de todos los profetas, donde cada uno es servido por el sufí heredero de su sabiduría. La relación profeta-discípulo no es sólo la de maestro-servidor. El primero «vive» también en constante preocupación por el discípulo. Las palabras de afecto de Ibn Arabi son cautivadoras: «Jesús fue mi primer maestro, aquel con quien retorné a Dios; Él tiene para mí un inmenso cuidado y no me olvida en ningún momento. Espero ver el tiempo de su (segundo) descenso, si Dios quiere» (Fut. III, 341).

"Según el sufí, Jesús es «exteriormente» cristiano e «interiormente» un seguidor de Muhammad"

Ibn Arabi vivió la mitad de su vida en al Ándalus pero, tras recibir unas profundas «Revelaciones en la Meca», acabó instalándose en Damasco, donde pasó sus últimos años de vida. No es una mera hipótesis pensar que Ibn Arabi escoge Damasco como lugar de residencia definitivo porque quiere esperar el descenso de Jesús precisamente allí donde la tradición musulmana le ha situado: el minarete blanco de la Gran Mezquita Omeya.

La relación personal entre Ibn Arabi y Jesús es tan cercana que en una visión mística oye que Muhammad dice a Jesús señalando a Ibn Arabi: «Este es tu semejante, tu hijo y tu amigo» (Fut. I, 3). Es semejante porque los dos comparten, según la propia confesión del maestro sufí, la función de cerrar el ciclo de la santidad: Ibn Arabi es el último de los santos sintetizadores de toda la sabiduría de Muhammad y Jesús, el último de los santos antes el fin del mundo. Es hijo en el sentido de engendramiento espiritual, y es amigo por la relación personal entre los dos.

Ibn Arabi va aún más lejos en su confesión: «Él ha orado por mí para que yo persista en la Religión, en este mundo y en el otro, y me ha llamado "estimado" [Habib]. Me ha ordenado practicar la ascesis y el desprendimiento» (Fut. II, 49). La relación no es, pues, simplemente definida como amistad sino como una verdadera relación amorosa de identificación. Una parte de la maestría de Jesús sobre Ibn Arabi consiste en vivir una vida de desprendimiento y desapego respecto a las cosas de este mundo. Este místico no fue propiamente un asceta ni vivió en la pobreza material, pero sí vivió una desposesión tal, que se sintió siempre un instrumento en las manos de Dios, como el cuerpo muerto en manos de quien lo lava y lo prepara para la sepultura. El ser humano necesita esencialmente a Dios, necesita que el Creador esté constantemente sosteniéndolo en la existencia para que no se disuelva en la nada. Esto, que Ibn Arabi desarrolla filosóficamente a través de la teoría de la recreación y aniquilamiento de toda la creación en cada instante, lo vive como la experiencia vital de necesidad radical de Dios.

Después de tener a Jesús como maestro espiritual viviente y no sólo como figura modélica del pasado, Ibn Arabi establece relaciones personales como discípulo de cada uno de los otros profetas, según su confesión. Finalmente recibió el don de la totalidad muhammadiana, pero sin atribuirse nunca el grado de la profecía. Muchos juristas lo han situado fuera de la comunión de la umma debido a estas afirmaciones. No pocos, sin embargo, han defendido su ortodoxia. Lo que está fuera de duda es que él se sintió en el corazón de la comunidad islámica, que no sintió demasiada estima por los cristianos históricos de su tiempo, que todas las referencias de su inmensa obra las toma de la tradición islámica, y que el Corán es su Libro de inspiración fundamental.


1 Traducción propia de la edición árabe del Futuh al-Makiyya (ed. Bulaq, 1329 h. / 1911 d. C.). Es la obra más importante del autor andaluz.


Publicado en Dialogal número 38 (verano 2011).