Umbrales: Nº 4, diciembre 2014


por Sàgar Malè, realizador de documentales y técnico de cooperación al desarrollo.

pentecostales congoDos chicas están delante del altar, de pie, abrazadas, expresándose, con los ojos cerrados o en blanco. En éxtasis. Gritando  «Jesús, Jesús». Sienten que reciben el Espíritu Santo, lo sienten en su piel y en su cuerpo entero, temblando.

«Nosotros creemos en la experiencia práctica del Espíritu Santo –dice Ezechias Kambalu, pastor de la iglesia–. El Evangelio dice que la Palabra de Dios vino a través de la fuerza del Espíritu Santo. Sin su fuerza, la presencia de Dios es formal, pero no la sentimos físicamente. Todas las personas pueden captar el Espíritu Santo, ya sea por revelación, por sabiduría... a cada persona se le revela a su manera».

Estamos en una pequeña iglesia de Butembo, un curioso pueblo en el este de la República Democrática del Congo, profundamente rural, pero que, por su número de habitantes, es superior a muchas grandes ciudades (unos 500.000). El día que fui a misa, invitado por mi amigo Moisés Kambei, de lejos, entre las calles de barro y de casas tradicionales con techos de ramas, ya sentía un fuerte alboroto que llegaba del sencillo edificio de la iglesia. Un hangar cuadrado de techo metálico, sin otra decoración que telas de color rosa brillante en forma de lazo, y una vitrina con luces y un árbol de Navidad como púlpito.

Pensé que, al llegar, como era el único blanco, todas las miradas se dirigirían hacia mí (como suele suceder en este pueblo, ante la rara presencia de un muzungu, un blanco). Pues no. Era yo quien, alucinado, no podía parar de mirar a fieles que bailaban al ritmo frenético de maracas de lata, tambores tradicionales, guitarras eléctricas y trompetas de plástico, en una música circular y repetitiva, de puro trance. Las mujeres, con trajes tradicionales de telas coloridas de flores o figuras religiosas, y los hombres, con traje, respondían con tal desinhibición al éxtasis de la situación, que no bailar era un insulto. Y me uní a ellos.

No había visto nunca nada comparable. Nunca. He estado en todo tipo de ritos religiosos, en misas etíopes, armenias o sirias de Jerusalén. He vivido durante varios días la liturgia de las horas de Poblet, el rito de cocción de corderos bajo tierra de los samaritanos de Nablus o el éxtasis de los judíos ante el muro de las lamentaciones. He presenciado los rituales de incineración de los hindúes en el Ganges, o las oraciones musulmanas de Qairuán, Hebrón, Estambul o Damasco. He visto los sijs en Nueva Delhi, o los ritos de los budistas tibetanos de Deramsala... Pero nunca había vivido una situación de catarsis tan fuerte como la del rito de esta pequeña iglesia cristiana: la Asamblea Pentecostal Evangélica por la Revelación.

«Empecé en esta iglesia en 1997, cuando era bautista, y Dios me dio esta revelación –dice Ezechias–. Fue el pastor Amani, del poblado de Ouicha, quien me orientó y se convirtió en mi padre espiritual. Recé mucho y, poco a poco, Dios fue quien me dio nuevas orientaciones para ser pastor, y quien comenzó a hacer determinadas cosas a través de mí. Después vine aquí a Butembo para iniciar la nueva iglesia».

«Yo tengo el "don de hablar en lenguas", una lengua que habla el Espíritu Santo y que no se aprende en la escuela, sino que viene espontáneamente como don milagroso de Dios. Una vez, Dios me dio una visión: me dijo que se estaba produciendo un enfriamiento espiritual en determinadas iglesias y que, en lugar de que fuera Cristo el jefe que dirigiera la iglesia, era necesario que fueran las personas las que, con su inteligencia de captación de Dios, estuvieran a la cabeza de la iglesia».

"El ritual duraba más de cuatro horas. La consigna era participación emotiva en todo momento"

El ritual duraba más de 4 horas. Su consigna era la participación emotiva de todas las personas presentes en todos y cada uno de sus momentos. Su finalidad era la expiación. En cualquier momento se permitían gritos y expresiones de alegría. Una terapia para sacar al exterior los demonios interiores, con oraciones a gritos y de rodillas por los y las líderes, agarrando a la gente para comunicarles fuerza, o para curarla. Con el frenético acompañamiento musical, incitando a cada cambio de ritmo a bailar sin parar en sesiones de 10, 20 o 30 minutos, o con corazones de niños, adolescentes y adultos cantando y bailando... Con ritmos intencionadamente cercanos a la población, tales como la rumba, el baile predominante de las fiestas del Congo.

Es una iglesia absolutamente vivencial en la que, tomando la idea del Espíritu Santo entrando en la piel de Cristo en Pentecostés, el fiel no imagina, sino que vive y nota físicamente esta experiencia. Al final, se daba paso a la oración. El pastor invocaba a Jesús en los y las fieles que gritaban sin parar "Jesús, Jesús!». La tensión y los gritos subían sin parar y la gente iba entrando en trance total. Reconocí una chica que era contable de una ONG, que, junto con otros, cayó al suelo temblando, los ojos en blanco, gritando, expiando, sacando fantasmas. Posiblemente, eran las mujeres las más implicadas en la catarsis del rito; quizás ellas eran las que más necesitaban sacar sus fantasmas en un entorno donde la carga laboral y de presión familiar recae sobre todo en ellas.

«Un día conocí a un pentecostal, y viví la experiencia de Dios hablando directamente conmigo, como hizo con los profetas bíblicos. Para mí, este don del Santo Espíritu era nuevo». Lo comentaba mi amigo Moisés Kambei, activista por los derechos humanos en una región especialmente castigada como es el Kivu Norte: «Considero que los Derechos Humanos tienen una base en las escrituras santas de la tradición judeocristiana. Actualmente, el hombre se ha convertido en el centro de todo, y se ha olvidado de los principios básicos del amor y de los diez mandamientos de la Biblia, el verdadero fundamento de los derechos humanos. Pero también creo que, actualmente, hay nuevos derechos humanos que se reclaman y que están ligados a la búsqueda de la diversión fuera de la voluntad de Dios, como por ejemplo la homosexualidad. En este sentido, no sigo a los demás defensores de los derechos humanos, ya que se cuestionan los valores morales del cristianismo».

El pastor Ezechias añadía: «Un ejemplo es el SIDA y el uso de preservativos. La iglesia recomienda la fidelidad y la abstinencia, valores morales fuertes y bíblicos que la sociedad actual no acepta. Nosotros aceptamos el uso del preservativo, ya que entendemos que no todo el mundo es cristiano, y que hay mucha gente que todavía no tiene esta fe. Hay que respetarlos y protegerlos, ya que es la gente a la que debemos enseñar que deben apreciar el Evangelio, la gente que aún no ha hecho el cambio. Y el día que se conviertan, entonces será necesario que usen la fidelidad y la abstinencia».

Publicado en Dialogal número 51 (otoño 2014).