Reflexión: Nº 4, diciembre 2014


Agustin Pánikerpor Agustín Pániker

Todo el mundo conoce la palabra karma. Incluso los diccionarios del Extremo Occidente la han adoptado. Para muchos, karma no pasa de ser un sinónimo de “destino”; lo cual –aunque lícito– parece una simplificación. Comprobémoslo.

En su sentido original, karma remitía a la acción ritual de la antigua religión védica (preponderante en el norte de la India entre el 1500 aC y el 500 aC). Los karmas generaban una potencia ritual invisible que redundaba en favor del sacrificante. Fueron las enseñanzas de las primeras Upanishads (hacia el 800 aC) las que ampliaron el espectro de su significado. Karma pasó a designar cualquier acción (e intención); y quedaba ligado a un concepto desde entonces inseparable: el samsara o “flujo” de las existencias. Por las acciones realizadas (y su cualidad moral inherente) los seres retornamos a la rueda de la vida, una y otra vez.

Teorías de transmigración de las almas son muy comunes a cantidad de religiones del mundo antiguo (me atrevería a decir que a la mayoría); pero quizá en pocos lugares hayan retenido el rango que en la India posee la “ley” del karma-samsara. Todas las tradiciones índicas (hinduismo, budismo, jainismo y sikhismo) la han naturalizado de forma casi apriorística. Y, aunque los mecanismos de su aritmética son “impensables” –tal y como admitía el Buddha–, hay consenso en que toda acción deja un sutil “lastre” que fructificará en una futura existencia.

Esta concepción tiene implicaciones no siempre reconocidas. En nuestro infinito devenir en el samsara, todos los seres hemos encarnado (hinduismo) o renacido (budismo) como antílope, divinidad, amapola o gota de agua; y todos hemos sido el padre, la madre, el hijo o la hermana del resto de seres vivos que pueblan el cosmos. El karma ilustra la absoluta fraternidad e interrelación de la bio-masa (reforzando la práctica de la no-violencia), ya que nuestra vida actual es sólo una en una infinita cadena de existencias.

Pero la teoría del karma es más que una ley cosmológica determinista (aunque lo sería sólo en parte, ya que si bien postula que los naipes vienen dados, admite que disponemos de libre albedrío para jugar la partida como gustemos). La teoría ofrece un marco para la actuación moral. Las acciones meritorias y auspiciosas portan a renacimientos excelsos y las demeritorias a existencias indignas y hasta infernales. Para millones de asiáticos del mundo hindú, budista o taoísta, la vida religiosa tiene que ver con realizar las buenas acciones susceptibles de germinar en renacimientos elevados.

De forma más sutil, karma es asimismo una metáfora de la insuficiencia de la condición humana. Es sinónimo de sufrimiento, insatisfacción, alienación, finitud, historicidad, ignorancia… eso que el budismo llamó duhkha. La idea de que cualquier acción –buena o mala– comporta una nueva existencia es un símil del círculo vicioso en el que nos encontramos. La ignorancia guiada por el deseo nos impele a actuar; y la acción o karma nos devuelve a una nueva existencia contingente. El karma es, así, el reverso de lo que las tradiciones índicas llamaron nirvana, moksha o kaivalya y que solemos verter por “liberación”. Nótese que en la primera formulación completa de la teoría del karma, en la Brihadaranyaka-upanishad, el maestro lleva a su pupilo en secreto a un lugar apartado y, acto seguido, tras exponerle la inevitabilidad del renacimiento condicionado por la acción, le presenta la buena nueva de la “liberación” del mismo. Hay una salida del círculo. Y esa es la acción con discernimiento puro, la acción purificadora, que es kármicamente neutra porque ya no está guiada por la pasión y la ignorancia; ergo, ya no existe un “agente” que la realice, sino únicamente un testigo de la existencia, ajeno a los frutos de la acción, un ser plenamente transpersonal. El karma es, entonces, el fundamento de la libertad.

Publicado en Dialogal número 46 (verano 2013).