Reflexión: Nº 4, diciembre 2014


Laia de Ahumadapor Laia de Ahumada

Durante 2014, en Cataluña hemos estado celebrando los hechos de 17141, memoria y recuerdo de un tiempo que nunca se debería repetir, como tantos otros que se han vivido a lo largo de la historia. Recordamos continuamente para no olvidar, para celebrar, para no tropezar dos veces con la misma piedra y, aun así, tropezamos, no dos sino muchas veces. Tenemos poca memoria histórica o quizás es que somos incapaces de estudiar la historia de forma objetiva, y cada uno lo hace según cómo le afecta, según lo que le interesa, según de qué lado está; y así, según el ojo con que se mira, se resaltan hechos irrelevantes o se obvian otros fundamentales.

Recordar de dónde venimos nos hace entender hacia dónde vamos, darnos cuenta de que no somos islas solitarias y que la humanidad se va tejiendo con la unicidad de todas las personas que estamos invitadas a participar en la historia. Es por ello que, pensando en la actual celebración del quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús (1515-1582), se me han ocurrido una serie de reflexiones sobre algunos paralelismos entre el siglo XVI y el siglo XXI que me hacen darme cuenta de que todo es nuevo y al mismo tiempo nada lo es; y que me hacen pensar en la necesidad de mantener –y en el reto de enriquecer– el bagaje de la humanidad.

En el s. XVI nos encontramos con una Iglesia en crisis, que no quiere admitir que el niño fiel que llevaba dormido entre los brazos se ha hecho mayor y camina por su propio pie. Contribuyen a este despertar los descubrimientos científicos y geográficos (como el descubrimiento del Nuevo Mundo) que comportan una nueva mentalidad empírica frente a la mentalidad basada en la autoridad establecida. El hombre y la mujer no se ven como un cuerpo extraño que ha llegado a la tierra, sino que encuentran su lugar en el mundo y este lugar no es la periferia, sino el centro, y desde este centro, piensan, se preguntan, y son muy críticos con los poderes, tanto religiosos como políticos.

Actualmente también estamos hablando de crisis de la Iglesia –y de crisis de las religiones– y se cuestiona fuertemente el monopolio de lo sagrado que tienen las instituciones y la autoridad que ejercen, porque el hombre y la mujer del s. XXI se sienten suficientemente maduros para caminar según su propia conciencia. Los avances científicos y técnicos los han hecho sentirse, no ya en el centro de la tierra, sino más arriba: capaces de dominarla, con todos los riesgos que ello conlleva.

En ambos siglos, existe el sentimiento de que la Iglesia es una nave a la deriva en medio de una tormenta. Desde el s. XVI se alzan voces de reforma por la corrupción estructural de la Iglesia. Actualmente, también se reclama urgentemente una renovación interna y se habla de secularización, de desencanto, de cisma entre las bases y la institución.

Así nos encontramos, en el s. XVI, con el nacimiento de una serie de grupos heterogéneos, llamados heterodoxos, que serán reprimidos de forma violenta a través de la Inquisición, una de las instituciones más vergonzosas en la historia de la Iglesia. En nuestro siglo, la proliferación de nuevas espiritualidades es evidente, pero, por suerte, la Inquisición ya es historia y la Iglesia, aunque desde el miedo y la desconfianza que da lo nuevo, está invitada a dialogar con la espiritualidad laica, al igual que lo hace con las otras religiones.

Y es que en las corrientes espirituales del s. XVI nos encontramos con ciertas características que no están tan lejos de las espiritualidades actuales, tales como: la defensa de la interioridad por encima de la autoridad institucional, de la experiencia frente a la creencia, de la oración profunda y la meditación como camino espiritual. Son similitudes que nos ayudan a entender, a construir puentes de diálogo necesarios para iluminar la historia, a no cometer los mismos errores, porque después de tantos siglos descabezando espiritualidades, encerrándolas en rediles, quizá debemos pensar que lo que actualmente emerge como nuevo no es más que lo que ya es, madurado después de una larga crianza.


1 La articulista se refiere al sitio de Barcelona por parte de Felipe V y sus aliados franceses, que acabó con la caída de los barceloneses el 11 de septiembre de 1714, hace justo 300 años. Este día se celebra la fiesta nacional de Catalunya.


Publicado en Dialogal número 50 (verano 2014).