Editorial: Nº 4, diciembre 2014


Se ha comenzado a especular sobre una Tercera Guerra Mundial. Es síntoma del importante aumento de la tensión internacional que se ha producido este verano. El foco principal -no el único- está ubicado en los países donde el grupo Estado Islámico (EI) está llevando a cabo una actividad terrorífica. Desde aquí, a través de nuestros medios de comunicación y con unos líderes de opinión absorbidos por cuestiones internas, tenemos pocos elementos para juzgar esta nueva, o quizás no tan nueva, manifestación de la violencia «religiosa» y para valorar su magnitud.

En un número reciente, Le Courrier International recogía diferentes visiones críticas sobre cómo los líderes de opinión del mundo islámico (musulmanes o no) están interpretando esta crisis abierta por el EI. Eran reflexiones publicadas por la prensa del inmenso y, por tanto, diverso ámbito islámico. Todas ellas abordaban la pregunta sobre la responsabilidad del islam en el surgimiento de esta fuerza maligna y destructiva.

Uno de los artículos empezaba recordando que así como los nazis no inventaron el antisemitismo, el EI no es el primer movimiento que practica la cristianofobia o la intolerancia religiosa en general. Los prejuicios, la desconfianza, el rechazo, la agresividad, etcétera, ya existían desde antes, y están bien arraigados e incluso presentes en los respectivos textos sagrados. Porque tanto el Nuevo Testamento como el Corán incluyen fragmentos que pueden alimentar estos sentimientos corrosivos. De la misma forma que ciertos pasajes de la Tanak reproducen una mentalidad violenta, la correspondiente a la época en que fueron escritos. Lo que distingue al EI es, como en el caso del nazismo, el hecho de llevar el odio a sus últimas consecuencias.

El islam, por tanto, no sería tan inocente como se apresuran a defender los que dicen que «el EI no es islámico». La inmensa mayoría de los musulmanes sí que son inocentes. En cambio, no lo es tanto una parte influyente de su sociedad, cultura o élite política, intelectual y religiosa, que todavía tiene pendiente elaborar y difundir una necesaria relectura y reeducación sobre el Corán y la tradición. Parece que no les interesa una revisión que –sin invalidar el mensaje inspirado, divino, atemporal que contienen los textos sagrados– reconozca su carácter en buena parte contextual, determinado históricamente, y a la vez su lenguaje simbólico, metafórico y, por todo ello, su dimensión abierta y sujeta a nuevas aproximaciones.

Parecería, sin embargo, que en el imaginario mayoritario cultivado por sus líderes un porcentaje significativo de musulmanes no renuncia a la idea de un califato terrenal, de una sociedad entera, y finalmente de todo un mundo, regidos, en todos los niveles, por el islam. Es decir, la misma utopía que persigue el EI. La diferencia, fundamental pero no decisiva, residiría en el método para lograrlo y aplicarlo: la paciencia o la violencia. Insisto: son reflexiones elaboradas desde el interior del mismo mundo islámico.

Estas voces coinciden en rechazar la existencia y la expresión de «verdadero islam», tanto si se utiliza para proteger el nombre de esta religión de la perversión violenta como si, por el contrario, se emplea para reprochar al EI su «islamidad» y a la «islamidad» su EI. En el primer caso, la crítica es que se trata de un discurso demasiado inconcreto, ambiguo y tibio para hacer frente a la contundencia con la que se afirma el EI. Los portavoces del «verdadero islam» no terminan de pronunciarse sobre las cuestiones más espinosas, por ejemplo, la ya mencionada, y tan crucial, de si la religión del islam es o no también un modelo de Estado, y cuál.

Asimismo, para otros, en este caso para los laicistas del mundo islámico, el «verdadero islam» sí que es el que justifica la violencia y busca la islamización del mundo, y además una islamización muy concreta. Esta versión del «verdadero islam» tampoco sería aceptable. Como tampoco lo es ninguna supuesta versión verdadera de ninguna religión. Entre otras razones, porque plenamente verdadero, en el pensamiento monoteísta, sólo puede serlo Dios.

Los musulmanes son mucho más diversos y permeables a los signos de los tiempos de lo que se dice. El principio central de la ummah (unión, comunidad), aunque a menudo manipulado para imponer ideas, no debe llevar a engaño: el islam también es una realidad grandiosa y plural. De hecho, hay un porcentaje importante que no se identifica con el proyecto del califato. El rechazo hacia el EI que hacen muchos de ellos es sincero. Su rechazo de cualquier violencia es completamente sincero. El recurso a la violencia a lo largo de la historia ha sido más circunstancial que estructural. También los cristianos han empleado y emplean la violencia, y además en nombre del Cristianismo. ¿O es que Bush, Blair, Aznar, el propio Obama, no se han reconocido públicamente como cristianos? La diferencia más importante es que nadie atribuye al cristianismo sus decisiones y las consecuencias de las mismas.

Es una cuestión compleja y urgente, que, sin duda, merece que le prestemos más atención.

Publicado en Dialogal número 51 (otoño 2014).