Tradición: Nº 2, enero 2014


Por Jordi Moreras. Antropólogo y profesor de la Universidad Rovira i Virgili.

  • corán

Se habla deuna supuesta radicalización del Islam español. Una realidad que, si bien existe, es minoritaria, aunque los discursos predominantes la presentan como mayoritaria. Es un fenómeno que, en todo caso, no se circunscribe sólo al Islam (o a la religión). Pero afecta sobre todo a los musulmanes, que son los primeros que lo combaten. La Salafiya es uno de los movimientos islámicos con presencia en España a los que más se atribuye esta etiqueta de radicales.

Como forma de entender la galaxia que conforman las diferentes interpretaciones doctrinales del islam contemporáneo, en las sociedades occidentales tendemos a encajarlas dentro de tipologías construidas como categorías opuestas (tradicional-modernista, política-apolítica, moderada-radical ), que sirven para identificar y nominalizar movimientos o tendencias mediante el añadido del sufijo "-ismo" (hanbalismo, misticismo, wahabismo, muridismo...). En los últimos años, el abuso indiscriminado del término salafismo, considerado como sinónimo directo de otras nociones tales como yihadismo o radicalismo, es un ejemplo muy concreto de la manera en que se conceptualiza de forma problemática la emergencia y difusión de una de las corrientes doctrinales más activas en el Islam contemporáneo.

Al referirse a la Salafiya, muchos autores destacan sus estrechos vínculos con la doctrina elaborada por Muhammad Ibn 'Abd al-Wahhab, el teólogo del siglo XVIII que intentó revivificar el islam de los orígenes y que luego configuraría la doctrina oficial de Arabia Saudí. Y esto se explica porque comparten la misma inspiración en la escuela jurídica hanbalita (creada por Ahmad Ibn Hanbal, 780-855) y en las obras de uno de sus teólogos más conocidos, Ahmad Ibn Taymiyya (1263-1328). Pero la verdadera genealogía que todo salafi puede reivindicar (y que, sin embargo, es la referencia común para todos los musulmanes) es la que se deriva de los llamados píos ancestros (as-salaf as-Salih) que acompañaron al profeta Muhammad a lo largo de su vida, y en las generaciones inmediatamente siguientes. Su voluntad de mantenerse fiel a la transmisión original del mensaje revelado despierta tanto las suspicacias de aquellos que ven un intento de apropiación exclusiva de este patrimonio común, como la admiración de algunos ante su firme compromiso.

Su voluntad de fidelidad al mensaje original despierta tanto suspicacias entre aquellos que ven un intento de apropiación exclusiva, como admiración ante su firme compromiso.

La Salafiya doctrinal se fundamenta sobre una “promesa epistemológica”, según la cual el retorno a las fuentes textuales originales del Corán y la Sunna debe permitir reinterpretar las necesidades modernas y demandas de los musulmanes de hoy en día. Por ello, propone un marco referencial simple, pero claramente definido, alrededor de una serie de principios centrales: recurso permanente a los Hadit (o hechos y dichos del Profeta), insistencia en la idea de la unicidad de Dios (tawhid), el rechazo de toda innovación (bid'a) respecto a la doctrina original, y desvinculación de toda escuela jurídica (madhahib).

La literalidad extrema, la centralidad de las observancias religiosas, y la depuración genealógica de cualquier innovación en la doctrina no sólo son criterios formales de distinción respecto a otras interpretaciones, sino también elementos que se conforman como indicadores identitarios con los que se reconocen aquellos que declaran formar parte de la Salafiya. El compromiso se establece, pues, con este marco referencial, y no con un movimiento formalmente estructurado, insistiendo más en las convicciones que en las filiaciones.

Querer ser fiel al mensaje original de la Revelación implica un primer ejercicio doctrinal de depuración de todas aquellas innovaciones, influencias culturales e interpretaciones políticas de la misma; es a esta depuración a la que se dedican los ulemas que se convierten en jeques referenciales para la Salafiya doctrinal (y que no sólo tienen predicamento entre sus miembros, sino también en otros grupos musulmanes). Pero también supone un segundo compromiso que tiene una doble dimensión, individual y comunitaria. El recordatorio permanente hacia el comportamiento individual del musulmán, que debe regirse por su fidelidad a la doctrina y al respeto de las prescripciones y prohibiciones que ésta recoge, tiene una doble proyección con respecto a los individuos musulmanes: como creyentes en relación a su propia fe y su identidad religiosa, y como miembros de una comunidad de creyentes con los que comparten prácticas, espacios y pertenencias. De ahí el intenso trabajo de distinción que lleva a cabo la Salafiya, frente a aquellos musulmanes que son considerados como “confundidos”, o que muestran su desviación o desinterés respecto la doctrina verdadera. La disidencia de estos miembros de la comunidad puede sugerir dudas que hacen frágil el edificio comunitario. Este segundo aspecto es especialmente significativo en el contexto de las comunidades musulmanas que viven en Europa.

En tiempos de incertidumbre, las lecturas “literalistas” ayudan a aclarar las dudas. Este deseo de normalizar la referencia doctrinal en forma de código que regule la conducta cotidiana se convierte en indicación explícita para comportarse en una sociedad que ha perdido su tono religioso. El compromiso individual del musulmán, fiel a su propia fe y a su identidad religiosa, se combina con una endogamia comunitaria que es la respuesta a un contexto que tiende a favorecer exactamente lo contrario, es decir, la exogamia social. Cuando este distanciamiento se proyecta, no sólo en cuanto a la sociedad en la que se reside, sino también ante el propio colectivo al que se pertenece, es cuando se incorporan elementos emotivos, expresados ​​ante la posible ruptura (o enfriamiento)de los vínculos mantenidos con el colectivo y, en primer lugar, con el núcleo familiar. Este componente emotivo no debería ser obviado en el análisis, ya que es la constatación del tipo de relaciones que se tejen en el seno de estos grupos, y de cómo la incorporación de discursos que proclaman un compromiso más firme con la pertenencia islámica pueden generar situaciones y argumentos de diferenciación.

Este argumento podría ser útil para plantear uno de los principios fundamentales en la lectura salafista del desarrollo comunitario de los colectivos musulmanes; para ellos supone el establecimiento de límites y fronteras efectivas en relación con la sociedad no musulmana. Como hay un evidente factor de proximidad poblacional, estos límites no siempre pueden ser físicos, y en ocasiones deben ser simbolizados. Los espacios comunitarios que se reclaman por su exclusividad, e incluso los propios hábitos vestimentarios y corporales, establecen estos límites simbólicos en contextos de proximidad.

Si el impacto de esta ruptura sobre el colectivo musulmán es significativo, lo es porque incide sobre aspectos más complejos de la ordenación interna. Al establecer una profunda distinción entre aquellos musulmanes que siguen verdaderamente los principios de la doctrina y aquellos que mantienen una relación banal o superficial con ésta, se introducen una serie de criterios y de argumentos que refuerzan las prácticas de control social y de supervisión de los comportamientos sociales. Al generar nuevas moralidades sociales, intervienen en las relaciones entre iguales, entre generaciones, entre sexos, en relación a los no musulmanes, que alteran sustancialmente los parámetros existentes hasta entonces. La patrimonialización del principio de autoridad religiosa que se inscribe dentro de la doctrina salafista actúa de manera efectiva sobre la desconexión cultural de las prácticas religiosas. Esto contribuye a generar un primer conflicto de visiones entre la religiosidad expresada por parte de los adultos y padres de familia, en relación con los hijos, que pueden ser más proclives a reivindicar esta lectura no cultural de su pertenencia islámica. Asimismo, la introducción de estos principios tiene un efecto evidente en la modificación de los parámetros de relación con la sociedad europea, que aparece como consecuencia de la imposición de una nueva moralidad pública comunitaria, absolutamente impregnada de un componente endogámico. La ruptura en el seno de las comunidades musulmanas es mucho más profunda y significativa, pero también es mucho menos visible y observable desde fuera del colectivo. En cambio, aunque en las relaciones con la sociedad europea se pueden observar ciertas modificaciones, la verdad es que estos cambios son interpretados de manera banal y superficial (como por ejemplo los hábitos vestimentarios), como un argumento más a favor de la difícil integración de estos colectivos.

Desarrolla un discurso de oposición activa en relación al contexto social occidental, considerado como no favorable al mantenimiento de los valores y principios de la vida islámica

La Salafiya doctrinal desarrolla un discurso de oposición activa en relación al contexto social occidental, que es considerado como no favorable al mantenimiento de los valores y principios de la vida islámica. Por un lado, los salafistas elaboran una actitud desafiante respecto a las formas y los espacios sociales que forman parte de la sociedad occidental, con comportamientos pasivos respecto a las demandas de participación y de interacción que les son propuestas por ámbitos y actores de esta sociedad. Por el otro, se dirigen a la comunidad musulmana para corregir su “distracción” (es un concepto habitualmente utilizado en el argumentario salafista), a partir de una observancia religiosa más estricta, continua y fiel al espíritu original del mensaje coránico, y desprovisto de cualquier añadido posterior a la revelación profética. Éste es el primer paso para construir una conciencia comunitaria renovada y basada en un principio de autosuficiencia y de solidaridad interna y exclusiva a los buenos musulmanes. Un proyecto que a menudo despierta recelos en las sociedades europeas, pero que se orienta claramente hacia la depuración doctrinal del Islam.

Publicado en Dialogal 39 (otoño 2011).