Tradición: Nº 1, agosto-septiembre 2013



Sergio Arévalo, redactor de Dialogal

Faltan pocos minutos para que comience el culto dominical de la comunidad Filadelfia de Salt (Girona). La sala está medio llena, con unas setenta almas, y no paran de entrar personas de todas las edades, la mayor parte de ellas de etnia gitana. A medida que llegan, se sientan en los bancos (los hombres en los de la izquierda y las mujeres en los de la derecha). Una vez acomodados, empiezan a rezar en voz alta, adorando y dando gracias a Dios, y las oraciones se solapan, se mezclan y se combinan como si fueran vientos de diferente fuerza y dirección que producen una sinfonía cacofónica.

  • Pedro Bautista, pastor de la Iglesia de Filadelfia, en Salt (Girona)

    Pedro Bautista, pastor de la Iglesia de Filadelfia, en Salt (Girona)

Pedro Bautista, uno de los cinco pastores de la iglesia, se sienta en un banco a la izquierda del altar y observa cómo los dos músicos acaban de preparar los instrumentos, mientras hablan con las dos cantantes que se encuentran en la primera fila. La piel y el bigote del pastor son de un color melocotón tenue, y su brillo contrasta con la oscuridad de una sala iluminada con la misma intensidad que un cine justo antes del inicio de la película.

Durante más de dos décadas, Pedro Bautista ha servido a su comunidad, y a lo largo de todo este tiempo ha ejercido su labor de pastor en todas las comunidades Filadelfia de la comarca del Empordà. Es un hombre que, en este sentido, conoce muy bien el terreno que pisa y ha visto de todo. Su trabajo necesita de esta experiencia directa de la realidad de que él dispone, además de un conocimiento teórico muy profundo de su fe. Por esta razón, antes de ocupar su posición, como todos los demás pastores de su Iglesia, tuvo que estudiar cinco años de teología después de pasar un periodo de nueve meses como candidato oficial propuesto por el pastor de su «Iglesia madre».

Antonio, otro de los pastores del centro, se le acerca, le comenta algo y se sienta a su lado. Yo estoy mirando desde el banco de la tercera fila cuando llega un joven y se coloca a mi lado. Inmediatamente comienza a orar con más vehemencia que cualquier otro. Su voz se entrecruza con la fuerza de un vendaval con la de los demás, las empuja y se sitúa por encima de ellas.

El pastor debe canalizar el sentimiento religioso desde lo más profundo de los corazones hasta lo más elevado

Cuando el volumen de sonido llega a su punto máximo, Pedro Bautista se levanta y se dirige al púlpito. Con mucha seguridad, comienza a pedir a sus hermanos que le escuchen. Su propósito parece una causa perdida, como si se tratara de la lucha de un hombre contra todo un ejército. Pero, aunque necesita un par de minutos, lo logra. Comienza un discurso que trata sobre la bondad de Dios, primero pausadamente, y progresivamente acelera el ritmo hasta que el público explota con gritos de aprobación por la ráfaga de alabanzas que el pastor dirige a Dios.

Me da la impresión de que el pueblo gitano vive la espiritualidad con una pasión muy propia. Y, en este sentido, creo que una de las misiones del pastor consiste en canalizar este sentimiento religioso desde lo más profundo de los corazones hasta lo más elevado. Puede parecer una tarea fácil, pero no lo es, ya que la anatomía de las pasiones es mucho más compleja que la de cualquier organismo vivo conocido. Hace falta un ojo clínico para discernir lo bueno de lo malo, y disponer de un cierto talento –o quizá habría que llamarlo don– para dar a conocer eso mismo a los demás.

Mientras Pedro Bautista sigue hablando, mi compañero de banco se dirige a mí: “Dios te hablará”. No sabe que soy periodista, y seguro que no comprende por qué estoy aquí tan serio. Quiere que participe como los demás. Yo muevo la cabeza, asintiendo, para ganarme su simpatía, pero él no parece muy convencido. No tiene tiempo de insistir, porque le interrumpen los primeros acordes de una canción, unos acordes que entran con tanta fuerza que pienso que las paredes y el techo saldrán disparados. La guitarra y la batería sostienen las voces de las dos cantantes que nada tienen que envidiar a cualquier famoso cantante de flamenco.

Una vez terminada la primera actuación de los músicos, el pastor continúa con la prédica, con un público tan o más animado que antes. Ya han pasado treinta minutos y me pregunto de dónde saca tanta energía esa gente, aunque muchos de ellos han trabajado duro esta mañana en mercados itinerantes en diferentes pueblos de la comarca. Escucho risas. Pedro Bautista pasa lista de sus tíos, primos, sobrinos, etc. , y bromea sobre todos ellos, buscando la complicidad del público. La familia, para él, va más allá de las personas unidas por un vínculo de sangre. Siente por su comunidad el afecto y la responsabilidad propia de un padre hacia sus hijos. Se preocupa por la situación económica de los que pasan dificultades a causa del paro, hace de mediador en los conflictos que surgen entre sus hermanos, ayuda espiritualmente a quien lo necesita y procura que los jóvenes no se desvíen del buen camino y se pierdan por mundos como el de la droga, que tanto mal les causó años atrás.

Cuando irrumpen los primeros acordes de una canción, pienso que las paredes y los techos saldrán disparados

Termina el turno de Pedro Bautista y vuelve a sentarse en el banco. Le releva el pastor Antonio, que habla durante media hora más, antes de dar paso al pastor Andrés, que viene de la iglesia de Palamós y ha sido invitado hoy de forma especial. Un hombre, este Andrés, con una fuerza y un carisma envidiables. De vez en cuando, aparta el micro y habla a golpe de pulmón, y estoy convencido de que la voz le sale con más potencia que cuando utiliza el micro. En medio de su discurso, Pedro Bautista se me acerca y me propone que salga fuera. Me despido de mi compañero de banco, que continúa sin entender quién soy y qué hago aquí, pero que me dice adiós efusivamente. Salimos a la calle y nos sentamos en un bar para poder hablar con tranquilidad. El pastor me pregunta si quiero beber algo. Lo primero que se me pasa por la cabeza es que no quiero pedir nada, pero me doy cuenta de que estoy extremadamente cansado. Me lo pienso mejor y pido un refresco. Es necesario que recupere las fuerzas después de una tarde tan intensa.

Publicado en Dialogal 43 (otoño 2012)