Tradición: Nº 6, enero 2016


por Joan Gimeno i Prats

Historiador. Especialista en África y Afroamérica. Miembro del GESA (Grupo de Estudio de las Sociedades Africanas) de la UB (Universidad de Barcelona). Profesor del Máster en Diálogo interreligioso, ecuménico y cultural del ISCREB de Barcelona.

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Un hogón, líder espiritual de los dogones (Malí).

Acercarse al África negra se parece, de alguna manera, a una carrera de obstáculos. Una carrera, sin embargo, con características propias. Una de éstas consiste en el hecho de que en esta carrera del conocimiento sobre el África negra los obstáculos que debemos vencer se encuentran más bien en nuestro interior y no tanto fuera. Los relatos que desde Occidente se han elaborado sobre el África subsahariana, especialmente durante los últimos doscientos años, han llenado nuestra visión de la realidad africana de prejuicios y de opiniones simplistas, cuando no directamente falsas. Si esto es así en cuanto a temas sociales, económicos o políticos, imaginemos cuán lejos nos encontramos de la realidad en una cuestión tan poco medible, tan personal y tan íntima como es la vivencia religiosa. Al hablar de religión en el África negra hemos de ser, pues, especialmente cuidadosos de no proyectar nuestro imaginario, históricamente determinado por el hecho de ser occidentales. Otra de las características importantes en esta carrera para conocer el África negra es que se trata de una carrera sin final. Cuanto más vas avanzando, cuanto más profundizas, cuanto más piensas que puedes hablar sobre su realidad, más te das cuenta de que en realidad no sabes nada y de que lo esencial, como decía El Principitode Saint-Exupéry, es invisible a los ojos.

El africano negro es, por regla general, una persona fuertemente religiosa. Es muy poco habitual encontrar en el África negra a alguien que se declare abiertamente agnóstico o mucho menos ateo. Los hay, pero son casos excepcionales.

En el África negra podemos encontrar la presencia de las cinco grandes religiones del mundo: el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam –aunque las tres primeras de manera prácticamente testimonial–, y, evidentemente, también las religiones propias de la tierra, las tradicionales africanas. La vecindad entre estas diversas religiones se hace, en general, en términos de buena convivencia.

Cristianismo e islam están profundamente implantados en el África negra. Su difusión por África ha pagado, sin embargo, el precio de su africanización, es decir, han asumido rituales, ceremonias e incluso creencias propias de las religiones tradicionales, generando formas nuevas de gran dinamismo.

En cuanto al cristianismo, según datos del año 2012, se calcula que aproximadamente un 55% de la población total del África negra lo profesa en alguna de sus variantes (la mitad serían católicos y alrededor de un 40%, protestantes). Desde el punto de vista histórico, aunque desde los primeros siglos de nuestra era el cristianismo se implantó rápidamente por el continente africano, especialmente en el norte, a lo largo y ancho de las antiguas provincias romanas, desde la Mauritania Tingitana a Egipto (pensemos, por ejemplo en autores como el alejandrino Orígenes o el numídico San Agustín o en Etiopía, un país que desde el siglo iv tiene como religión mayoritaria el cristianismo copto), en el África subsahariana no llegó de manera sólida hasta las dos expansiones occidentales, en los siglos xv y xix, de la mano de los misioneros. Por esta razón, hoy en día, a veces el cristianismo se asocia por parte de muchos africanos con la acción colonial desarrollada por los europeos. Esto hace que en ocasiones sea percibido con un punto de desconfianza.

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El islam en África negra rezuma prácticas y creencias tradicionales, dando lugar a fenómenos como los morabitos

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El islam, religión con un gran ímpetu proselitista, entró y se extendió por el África negra a través de las redes de los comerciantes transaharianos al norte y de los índicos en la zona oriental del continente. A día de hoy se calcula que sobre un 28% de la población del África negra practica el islam. En términos generales, y dejando de lado casos extremos, como los de Somalia o los de algunos estados del norte de Nigeria, el islam en el África negra rezuma prácticas y creencias tradicionales, dando lugar a fenómenos como el de los morabitos del oeste de África, personas piadosas y con carisma que se suelen dedicar a curar y resolver problemas con técnicas que podríamos decir que no son demasiado ortodoxas dentro del islam, como la adivinación o la interpretación de los sueños.

Estadísticamente, la tercera gran adscripción religiosa de los africanos negros son las llamadas religiones tradicionales.

Las religiones africanas tradicionales son aquellas que se extienden por toda la parte del continente africano que se encuentra al sur del desierto del Sahara y que son originarias de esta tierra y de estos pueblos. Al llamarlas tradicionales, queremos decir que han sido transmitidas de padres a hijos, de abuelos a nietos, de los muertos –los ancestros– a los vivos.

Sobre estas religiones, podemos decir que hay tantas como etnias hay en el subcontinente negro. Aunque esta pluralidad no impide, al mismo tiempo, que entre ellas tengan puntos en común, preocupaciones idénticas y proyectos convergentes.

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Amadou Hampâté Bâ (1901-1991).

Uno de los grandes sabios africanos, el maliense Amadou Hampâté Bâ (1901-1991), hablaba de la creencia en la existencia, por parte de los africanos tradicionales, de una fuerza suprema no creada, una fuerza creadora de los seres visibles e invisibles existentes en la tierra, en los elementos y en el espacio. Esta fuerza, una e invisible, que se manifiesta en la multiplicidad visible de la existencia es llamada Maa Nala por los Bambara, Guend por los Peuls, Amma por los Dogon, Emitai por los Diola o Mbock por los Basâa, siendo también equivalente a la Maat de los antiguos egipcios. Esta fuerza creadora y unificadora se desentiende de los asuntos terrenales una vez que se ha manifestado creando el mundo. Por eso no tiene sentido rendirle culto. Todo lo creado por esta fuerza está dentro del ámbito de lo sagrado y, así, todo en la vida es sagrado. El deber de los iniciados en estas religiones es, pues, el de mantener la armonía sagrada de la creación.

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La noción de casualidad resulta inoperante y banal. Todo lo que sucede tiene que tener, a la fuerza, un porqué

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Por esta misma razón, en las religiones africanas tradicionales destaca también un profundo sentimiento de unidad de todas las cosas creadas. Cada acción repercute siempre en el todo. En concepciones hipercausales de este tipo, la noción de casualidad resulta inoperante y banal. Todo lo que sucede debe tener, a la fuerza, un porqué, aunque muchas veces no sea evidente a la vista.

Esta percepción de unidad se extiende a la relación entre vivos y muertos. La existencia forma una unidad que comprende la vida y la muerte en un todo continuo y solidario. De este modo los vínculos con los muertos no sólo deben mantenerse sino que se deben atender con cuidado. En este propósito se centran los principales ritos y ofrendas que se ofrecen a los muertos, los antepasados, ​​pero también al resto de seres espirituales y divinidades intermedias (como pueden ser los conocidos Orix en el sur de Nigeria o los voduns entre los Fon de Benín).

Por todo ello se puede decir que las religiones africanas tradicionales son esencialmente pragmáticas. Son religiones de la vida –de la vida en su máxima expresión–, y por eso mismo tienen pocas preocupaciones soteriológicas o escatológicas, que tanto preocupan a algunos sectores cristianos.

La persona, en términos de las religiones tradicionales africanas, logra la plenitud durante su existencia, colaborando, junto con el resto de la comunidad, en la armonía del mundo, participando en los ritos de paso, haciendo ofrendas a los ancestros, reproduciéndose y convirtiéndose finalmente, al dejar el mundo de los vivos, en ancestro o antepasado divinizado. Se entiende, precisamente por ello, la importancia que el africano tradicional da a la tierra, que es el lugar donde están los ancestros, y de donde nace su identidad clánica y étnica, y cuyo mantenimiento es clave para la supervivencia de la tradición, que a fin de cuentas no es otra cosa que la transmisión de aquello que los antepasados ​​han dejado en herencia y sin la cual el universo volvería inevitablemente al caos.


La fábula: teología a la africana

En el África negra, lo que es verdaderamente importante se explica normalmente a través de fábulas y cuentos. De estas narraciones contadas con tiempo y detalle surgen las enseñanzas profundas sobre la vida y el mundo.

La siguiente fábula fue recogida entre los Fon de Benín y explica por qué Dios se alejó de las personas.

"Un día, una mujer salió de su casa con la mirada en el suelo, porque iba agachada, y se encontró unas semillas. Las recogió, las metió en su mortero y se puso a machacarlas con tan mala suerte que con el mango del mortero dio un golpe en la nalga de Dios.

–¡Uy! Perdona, Señor, ha sido sin querer.

La mujer estaba confundida por el golpe que había dado a Dios, pero éste le respondió:

–No te preocupes, mujer, no ha sido nada.

La mujer, más tranquila, osó pedir a Dios:

–Señor, si te alejas un poquito, no volvería a molestarte.

Y Dios, bondadoso y conciliador, se alejó un poco como le pedía la mujer. Ella continuó con el trabajo cada vez más absorta en la tarea. Cuando más entusiasmada estaba, ¡zas!, volvió a dar otro golpe con el pilón del mortero en la nalga de Dios.

–¡Uy! Perdona, Señor, ¡estaba distraída y se me ha escapado el pilón del mortero! No quería hacerte daño.

–No es nada, mujer –dijo Dios para tranquilizarla.

Cuando lo consiguió, la mujer osó decirle:

–Señor, si te alejas un poco más, entonces sí que no volvería a molestarte.

Dios se alejó un poco más y la mujer terminó de moler las semillas, que se habían convertido en harina. La probó y la encontró tan deliciosa que se fue a buscar más semillas para llenar el mortero. A continuación se dispuso a molerlas; el entusiasmo le crecía por momentos. Cantando y dando palmas, lanzó el pilón del mortero al aire para marcar el ritmo y volvió a dar un golpe a Dios en la nalga. La mujer se asustó de tal modo que no sabía como reaccionar y balbuceando dijo a Dios:

–Perdona, Señor, no sé qué me pasa. Ha sido sin querer. Perdóname, no quería hacerte daño.

Dios no se enfadó. Su única preocupación era la mujer, que parecía aterrorizada. Cuando se serenó, osó decirle a Dios:

–Señor, si te alejas un poco más ya no volvería a molestarte más.

Y Dios se alejó mucho y se fue hasta donde está ahora, para no ser un estorbo para la mujer que molía sus semillas.

A partir de entonces, la creación pudo desarrollarse: se formaron las montañas, crecieron los árboles y los hombres se pusieron de pie, bien enderezados. Y Dios, que era el alimento de los hombres, ya no estaba para proporcionarles el sustento; y los hombres tuvieron que sembrar semillas y aprender a vivir de su trabajo".

MARCO, R. (1994), El árbol y la liana. Cuentos del África Occidental, Madrid: Mundo Negro-Selva y Sabana


Magia y religión en África

La magia es un componente constante de muchos estereotipos proyectados hacia las sociedades negroafricanas y hacia sus religiones. En sociedades donde impera la hipercausalidad, como son éstas, es decir, donde no se admite el azar como explicación del porqué de las cosas que pasan, el concepto de magia denota aquellas causas no perceptibles de manera inmediata, invisibles a los ojos, que habrían sido sometidas por voluntades humanas. Porque la magia, no lo olvidemos, se define como toda aquella manipulación de las fuerzas ocultas para el propio provecho. Para entender la diferencia entre magia y religión, aunque las dos comparten un mismo mundo sagrado y los límites entre una y otra sean sumamente difusos, debemos pensar que quien practica la magia –el hechicero, el brujo–, ordena, manda, y pretende ser obedecido: "quiero que se haga mi voluntad". Cuando las motivaciones de estas manipulaciones mágicas son malévolas, se habla de brujería, sin duda una de las principales fuentes de alarma social en las sociedades africanas. La actitud religiosa, en cambio, es más bien la de la persona con fe en un ser que nos supera a quien pedimos con las oraciones o damos gracias con las ofrendas. De todas formas las dos actitudes no son excluyentes y se pueden dar, y de hecho se dan, simultáneamente.

Pero la magia en África no debe verse como algo que hunde a estas sociedades en las tinieblas del primitivismo y la irracionalidad. La magia es un elemento más de la cotidianidad, de la misma manera que lo es la utilización de la tecnología, y forma parte del día a día de estas sociedades, desde el poblado a la alta política.

Como explica el profesor Albert Roca, de la Universitat de Lleida, «hace unos años una antropóloga estadounidense, Gilian Feeley-Harnik, definió una comunidad política malgache –enmarcada en un viejo reino– como un "Estado verde", es decir, como un árbol que hundía sus raíces en los antepasados, a los que los vivos –las hojas– alimentaban y creaban, y de los que recibían seguridad, fuerza y sentido.

La metáfora se puede extrapolar a las sociedades africanas, siempre que se entiendan no como un árbol sino como un bosque, un todo plural y cambiante pese a que está fijado en la tierra (las mismas raíces cambian y evolucionan), un bosque en el que las ramas se pueden fusionar y fisionar, en un juego constante e inacabable, entre individualidad y colectividad, entre tradición y modernidad, entre vida y muerte, un juego sobre el que se asienta la supervivencia del conjunto, un juego que el concepto de magia contribuye a definir, más allá de cualquier sospecha de anacronismo o de etnocentrismo.»


Publicado en Dialogal número 49 (primavera de 2014).