Tradición: Nº 3, julio 2014


por Dionisio Byler, Secretario de la Asociación de Menonitas y Hermanos en Cristo de España.

En el siglo XVI el cristianismo se encontraba ya dividido en tres ramas, cuya delimitación era geográfica. En la que había sido la parte latina (occidental) del Imperio Romano estaban los católicos, llamados así por sus pretensiones de universalidad eclesial; en la que había sido la parte griega (oriental) del Imperio estaban los ortodoxos que, llamándose así, consideraban heréticos a todos los demás cristianos; y más allá de las fronteras orientales del antiguo imperio se había desarrollado y había tenido su auge la iglesia nestoriana, que se había extendido a territorios tan lejanos como China. Al llegar el siglo XVI este cristianismo más oriental, debido a la expansión del Islam, prácticamente había desaparecido.

Así pues, las primeras décadas del siglo XVI fueron testigos no de la división del cristianismo –que ya estaba dividido– sino de una subdivisión del cristianismo occidental en regiones donde, por un lado, la iglesia se seguía considerando "universal" (o "católica") y donde, por otra parte, los gobernantes optaban por el cristianismo conocido de manera diversa como "reformado", "evangélico" o "anglicano" y, en conjunto, como "protestante".

Paralelamente al auge del protestantismo surge en el centro de Europa una corriente cristiana radical que se origina en su seno y que no reconoce el derecho de los gobernantes a determinar la religión de sus súbditos. Considerándose renacidos por el Espíritu y obedientes a la enseñanza transformadora de Jesús de Nazaret tal como narran los evangelios, estos pequeños grupos de cristianos radicales bautizaban a los que se adherían a ellos. Si bien el bautismo de los conversos al cristianismo siempre había sido natural, había leyes que databan del Imperio Romano que condenaban a los que rebautizaban a los ya bautizados. Las iglesias estatales y los diversos monarcas cristianos, entonces, recurrieron a aquella antigua legislación imperial para tachar de "anabaptistas" a estos reformadores radicales, y de esta manera poder aplicar la pena de muerte.

El movimiento anabaptista apareció en numerosos lugares y fue extremadamente diverso: aparte de esta característica de no considerar legítimo ningún bautizo en que la persona bautizada no hubiera deseado y pedido personalmente el bautismo –si no como adulto, al menos con suficiente edad para saber a qué se comprometía al hacerse cristiano–, cada uno de sus predicadores tenía ideas muy propias que a menudo eran muy diferentes de las de todos los demás "anabaptistas".

Salvo el intento fracasado de instaurar un reino teocrático integrista en la ciudad alemana de Münster, todos los anabaptistas coincidieron también en rechazar el patrocinio estatal de la religión cristiana, y rechazar asimismo cualquier uso de la fuerza y ​​de la guerra.

En cualquier caso, a raíz del desastre de Münster fue el momento en que comenzó a escribir y a predicar Menno Simons, que daría nombre (menonitas) a la rama principal de los anabaptistas. Originario de la región de Frisia (al este de los Países Bajos y norte de Alemania), Menno defendió tercamente la versión del anabaptismo que se mostraba más radicalmente contraria al uso de la fuerza y ​​por lo tanto a los excesos de Münster. Su enorme influencia posterior en el movimiento se debió sin duda al hecho de que su tendencia a citar constantemente la Escritura –principalmente el Nuevo Testamento, pero sin dejar de lado el Antiguo Testamento ni los libros deuterocanónicos– reflejaba claramente lo que había sido la práctica habitual en las pequeñas asambleas anabaptistas desde sus orígenes. Porque si hay un rasgo destacado de aquellas primeras generaciones del anabaptismo, es precisamente la constante insistencia en basar toda la fe, todas las enseñanzas y toda la predicación en la Biblia.

Perseguidos hasta la muerte en muchos lugares, los menonitas, que se negaban a defenderse a sí mismos con las armas, terminaron replegándose en los pocos lugares donde se les permitió existir. Ya en el siglo XVII, esto significó para muchos la emigración al continente americano, especialmente a Pensilvania, donde el cuáquero inglés William Penn estaba estableciendo una colonia con profundos principios de tolerancia religiosa. En el siglo XVIII, cuando Catalina la Grande de Rusia buscaba poblar lo que hoy es Ucrania con colonos alemanes, muchos menonitas se sumaron a este proyecto, no sin antes conseguir la exención a perpetuidad del servicio militar.

A partir del siglo XIX la intolerancia que motivó oleadas sucesivas de migraciones menonitas ya no fue de cariz religioso, sino derivada de un nacionalismo incapaz de aceptar que los menonitas se negaran a prestar el servicio militar. Aunque hubo excepciones puntuales, en general encontraron más tolerancia en Norteamérica que en Europa, por lo que el goteo de emigrantes continuó hasta bien entrado el siglo XX.

El siglo XX fue relativamente traumático para los menonitas, como lo fue para todos. Durante la Primera Guerra Mundial nadie reconocía la objeción de conciencia: el patriotismo se vivía universalmente con fervor religioso y en algunos casos pudo más que las convicciones menonitas; en otros, llevó a algunos rebrotes de persecución. La revolución bolchevique supuso no sólo la derogación de todos los privilegios de los menonitas –concretamente, el de la objeción de conciencia–, sino que por su relativa prosperidad, muchos agricultores menonitas de Ucrania sufrieron particularmente el odio de los comunistas.

Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, las iglesias pacifistas de Estados Unidos estaban bastante preparadas, pero los pocos menonitas de Europa se encontraban relativamente desprotegidos. En Ucrania, después del sufrimiento padecido bajo el régimen comunista, los menonitas, que todavía conservaban la lengua y la cultura alemanas, recibieron al ejército de Hitler como una auténtica liberación. Los soviéticos, por el contrario, enviaron incontables menonitas a Siberia, separando familias que ya no se volverían a unir nunca más. Al terminar el conflicto, la minoría menonita fue una más de entre la gran masa de refugiados de guerra, desarraigados y errantes por toda Europa.

En estas circunstancias, el MCC (Mennonite Central Committee, o Comité Central Menonita) de Estados Unidos y Canadá ofreció apoyo logístico ingente al objetivo de reunir familias menonitas dispersadas por la guerra y, en muchos casos, facilitar su emigración, especialmente a Canadá, México, Paraguay y Uruguay. En la actualidad, el MCC es reconocido mundialmente como una ONG que trabaja a favor de los damnificados de guerras y desastres naturales, sin distinción de credos.

Desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, los menonitas de los Estados Unidos (y en menor medida también los de Canadá) se dedicaron a construir y dotar importantes instituciones que impulsarían la renovación del menonismo. Fundaron universidades; dotaron de estructura organizativa y democrática a sus iglesias y al conjunto global de las mismas; impulsaron el Congreso Mundial menonita, y sobre todo crearon agencias de misiones en el extranjero imitando lo que hacían otras denominaciones protestantes norteamericanas.

Sería difícil exagerar la importancia de esta última iniciativa. El resultado del impulso misionero, que ha promovido activamente el proselitismo cristiano menonita en todos los continentes del mundo, ha supuesto una transformación fundamental de la composición social y racial del menonismo. Hasta mediados del siglo XX, se podía afirmar con cierta rotundidad que los menonitas eran de ascendencia centroeuropea, y que en muchos casos conservaban los antiguos dialectos frisón y suizo alemán. Hoy, sin embargo, el "menonita medio" probablemente sería una mujer africana, convertida al cristianismo desde otras creencias, que habla su lengua tribal y quizás también, mal, alguna de las lenguas de las antiguas potencias coloniales europeas.

Si bien ningún otro continente ha experimentado la misma explosión demográfica menonita de África, también hay cientos de miles en Asia y América Latina. Mientras tanto, si en estos últimos años ha crecido el número en América del Norte, esto se debe a conversiones entre minorías étnicas, especialmente inmigrantes de América Latina. Europa es el único continente donde los menonitas –al igual que las diversas ramas del cristianismo– se encuentran en claro retroceso.

Si bien prestaron asistencia social a las víctimas de ambos bandos durante la Guerra Civil, los misioneros menonitas no fueron admitidos en España hasta el 1975

España sería, en este sentido, una de esas excepciones que confirman la regla respecto a los menonitas en Europa. La ONG Comité Central menonita (MCC) prestó asistencia social a las víctimas de ambos bandos durante la Guerra Civil, pero los misioneros menonitas no fueron admitidos hasta 1975. Desde entonces se ha establecido (o están en proceso de establecimiento) ocho comunidades en cinco comunidades autónomas, organizadas en la Asociación de Menonitas y Hermanos en Cristo de España (AMyHCE).

En Cataluña hay dos comunidades en Barcelona y una tercera que comienza a formarse en Girona. La más antigua es la Iglesia menonita de Barcelona, que data de 1978, cuando tuvo lugar el retorno, desde Bruselas, de emigrantes españoles que habían adoptado el cristianismo menonita.

Para saber más:

www.menonitas.org: por ejemplo, sobre la confesión de fe en la perspectiva menonita y la historia del movimiento anabaptista.

www.mwc-cmm.org: datos estadísticos sobre los menonitas en el mundo.

www.gameo.org: Games, la enciclopedia menonita, con más de 14.000 artículos.

Publicado en Dialogal número 28 (invierno 2008).