A fondo: Nº 8, verano de 2017


por Xavier Melloni

Jesuita y director de ejercicios espirituales en la Cueva de San Ignacio de Manresa (Barcelona). Teólogo y antropólogo de las religiones.

«Rezar» («orar») siempre ha sido la práctica religiosa por excelencia en nuestra sociedad hasta los últimos tiempos. Pero parece que cada vez se habla más de «meditar», una práctica que suele asociarse a la espiritualidad más bien que a la religión. Aquí nos preguntamos: ¿rezar y meditar son o no son una misma cosa? ¿Qué caracteriza, necesita y fomenta cada una de estas prácticas? ¿Se complementan o son incompatibles? Responden a estas preguntas practicantes experimentados de diferentes tradiciones.

En la medida que las tradiciones religiosas están atravesadas por un anhelo de trascendencia y buscan el contacto con Dios o la dimensión última, en todas encontramos uno u otro tipo de práctica orante o meditativa para relacionarse, en grados diversos de espontaneidad y de ritualización, tanto en el ámbito personal como en el comunitario. Y es que en la práctica oracional es quizá donde mejor se expresa aquello que da sentido a una religión: propiciar la relación con el Ser divino o favorecer un tipo de conciencia elevada que transcienda el yo.

DIFERENCIA ENTRE PLEGARIA Y MEDITACIÓN

Pero antes de continuar quizá conviene clarificar la distinción que se puede hacer entre oración y meditación. La primera tiene un Tú al cual dirigirse, mientras que la meditación es una actividad interna de la conciencia sin un “tú”.

Oración proviene de oror, “pronunciar con la boca”, “dirigirse a alguien en voz alta”. De aquí proviene también adoración, adorare, que se refiere a Otro, al Ser supremo, origen de mi yo y de todas las cosas. Meditación, en cambio, proviene del griego medein, “tener cuidado”, cosa que hace referencia al cultivo de un estado arraigado en la Ultimidad o Absoluto. Podemos decir que la oración es más propia de las tradiciones teístas, ya que están referidas a un Dios personal, mientras que la meditación es más propia de las orientales, donde la realidad suprema no está comprendida como un “tú”, sino como un todo en el que está comprendido el yo. Sin embargo, tanto unas como otras enseñan, proponen, custodian, impulsan y estimulan que sus fieles sean asiduos a determinadas formas de devoción (oración) y de interiorización (meditación). La devoción genera un tipo de energía diferente que la meditación y las dos son necesarias. La devoción tiene más que ver con la energía del corazón y del amor mientras que la meditación tiene más que ver con la energía de la mente y de la conciencia. En todas las tradiciones las dos vertientes están consideradas, aunque no siempre predomine la misma.

REQUIEREN UN TIEMPO Y UN ESPACIO

El tiempo y el espacio oracionales no son homogéneos, sino que todas las tradiciones promueven determinados momentos y espacios, aunque lo ideal es que todo lugar y toda situación sean una ocasión para la manifestación de lo sagrado.

En las diferentes tradiciones encontramos prescripciones respecto a la frecuencia en que se deben hacer determinadas oraciones para cultivar la vida espiritual del creyente y de la comunidad. Unas son de ritmo diario, ligadas al ciclo rotatorio de la Tierra, a la alternancia del día y de la noche. El paso de la luz a la oscuridad (atardecer) y de la oscuridad a la luz (alba) son particularmente propicios. Rezar durante el transcurso de la noche también es una práctica extendida en muchas corrientes. Otros ritmos están ligados al ciclo lunar, con periodizaciones semanales o quincenales y otros están asociados al movimiento de translación de la Tierra en relación al sol (periodos estacionales). Esta armonización con los ciclos cósmicos permite que el ser humano sintonice con los diferentes ámbitos de la realidad. Cuanto más integrada esté la práctica orante en todos los órdenes de la vida, más participará en su bendición.

Al mismo tiempo existen oraciones y prácticas meditativas específicas para los aniversarios de las diferentes teofanías, momentos auspiciosos para cada tradición, porque en ellas se actualiza la gracia o la revelación recibida.

Los espacios sagrados también existen en todas las religiones, en los cuales las oraciones tienen una mayor relevancia. Son lugares consagrados y reconocidos por la tradición, por lo que ha sucedido en ellos; también por la energía de la Tierra que emana de ellos; son llamados lugares de poder por los indios toltecas de Méjico. La fuerza no está solo en el lugar, sino en la dirección hacia él. La importancia de la orientación espacial de la oración está presente en muchas corrientes por razones energéticas y simbólicas. Los lugares de oración o meditación comunitaria se van cargando de densidad espiritual, hecho que hace de ese lugar un espacio cada vez más propicio para la oración y la concentración mental. Lo mismo pasa con el espacio elegido para la oración o la meditación personal. Por el hecho de que siempre sea el mismo, se va impregnando con un aura que facilita el estado de interiorización.

DIMENSIÓN PERSONAL Y COMUNITARIA

En todas las tradiciones se distingue entre la oración personal o privada y la oración pública o comunitaria. Son complementarias y se nutren mutuamente. La práctica común presupone la energía espiritual que aporta cada fiel gracias a la práctica individual, al mismo tiempo que cada persona renueva la fuerza para continuar con su oración individual gracias a la participación en el culto colectivo. Esto es particularmente relevante en los monasterios o comunidades orantes, donde los dos ritmos son fundamentales. Es su combinación lo que sostiene la vida espiritual del grupo. En la oración privada se cultiva la conexión personal con el Ser supremo y se potencia el proceso de transformación de cada persona.

En la oración comunitaria el sujeto es el grupo –ya sea local o universal- y en ella se refuerza el vínculo interpersonal a través de los múltiples registros que intervienen: el perdón, la reconciliación, la intercesión por los otros y por el mundo, el agradecimiento, la alabanza, la ofrenda, etc. Es muy importante la participación de los miembros de la comunidad en el acto colectivo porque es la ocasión para que la comunidad se regenere y vuelva a refundarse. El culto colectivo rememora el paso que comparten, actualiza la fidelidad del presente y anticipa la comunidad escatológica en la que todo quedará sanado, reconciliado y unificado.

RITUALIZACIÓN, REPETICIÓN Y ESPONTANEIDAD

Relacionado, en parte, con la distinción del carácter personal y comunitario, encontramos también en todas las tradiciones dos modalidades de oración: las ritualizadas y las espontáneas. “Ritus” proviene de la raíz indoeuropea rita, que significa “ordenar”. Su eficacia recae en la repetición. Las oraciones rituales son oraciones reiterativas en las que no se busca la novedad y donde no hay lugar para la espontaneidad ni la improvisación. Toda su fuerza proviene, precisamente, de la fidelidad al gesto y a la palabra prescritos. Símbolos, himnos, fórmulas, movimientos, objetos, etc., todo está escrupulosamente establecido para hacer máximamente eficaz el acto orante.

Entre las manifestaciones universales que encontramos existe una forma u otra de postración, con la cual se expresa la total rendición y entrega a Dios o a la Realidad última. Otra de las modalidades universalmente extendidas es la repetición de una palabra o de un nombre sagrado. La repetición permite la interiorización de un atributo de la divinidad a través de un canto, de una fórmula o de una palabra. La actividad mental se ve atraída y absorbida hacia un estado de concentración donde la mente y el corazón se unifican. En el hinduismo es donde más explícitamente se ha desarrollado la ciencia de la repetición de un sonido o de una sílaba sagrada. El mantra es un sonido-palabra que protege el pensamiento de la dispersión y de la distracción. Mantra proviene de la conjunción de manas (mente) y tra (control, protección). El mantra sagrado por excelencia es el Aum, una teofanía en estado de fonema, donde la A hace referencia al acto creador (Brahmán), la U al acto preservador (Visnú) y la M a la extinción (Shiva). En la tradición advaita se practica el Soham (“Soy Él”). En el budismo tibetano encontramos la fórmula: Om Mane Padme Hum, “el tesoro del Loto”, la repetición del cual permite el despertar de la naturaleza búdica (la alegría del loto) que está escondida como un tesoro en el corazón de todos los seres. Más específicamente aún, encontramos la repetición del Nombre: Japa Nama en el hinduismo, con la invocación de Rama, Krishna, etc. En el islam encontramos el dikr, que significa “recuerdo”, donde la repetición continuada de Alá o de sus noventa y nueve nombres recuerda al creyente su origen. En la Iglesia de Oriente se practica la oración del Corazón con la repetición de la fórmula: “Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí”. En el budismo mahayana de la escuela de la Tierra Pura se repite la fórmula Namo O-Mi-To-Fo en chino y Namo Amida Butsu en japonés; en los dos casos, significa “Postración ante Amida”. Se trata del Buda Amitabha (“Luz infinita”) o Amitayus (“Vida infinita”). La fórmula abreviada se convierte en Nembutsu. Esta corriente devocional considera que estas sílabas contienen las ochenta y cuatro mil enseñanzas del Dharma. La repetición del Nombre sagrado también se encuentra entre los sijs. Esta oración repetitiva se encuentra reflejada en un instrumento de oración casi universal: en las bolas del rosario católico, donde se combina la meditación de la vida de Jesús con la recitación de Avemarías; en la práctica de la Iglesia de Oriente, basada en el nombre de Jesús; el mala hindú y budista con ciento ocho pasos, el tasbih o misbaha islámico, con treinta y tres –o noventa y nueve- nudos, el rosario sij, etc. Todos estos son testigos de un modo de orar o meditar simple y al mismo tiempo muy eficaz puesto que permite la interiorización de las diferentes fórmulas o Nombres en los que se encuentra condensada la esencia de cada tradición.

LA ORACIÓN COMO EXPRESIÓN Y VEHICULACIÓN DE LAS ASPIRACIONES HUMANAS

En los primeros grados la oración contiene elementos que expresan las necesidades más inmediatas del ser humano. De esta manera, las religiones conectan con los estados de ánimo básicos y permiten que se expresen tanto los negativos (ansiedad, culpabilidad, desánimo) como los positivos (agradecimiento, esperanza, perdón). Al darles un marco y un vehículo de expresión permiten que emerjan en la conciencia y se liberen. Cuanto más rica es la gama de registros, más posiblidades hay de recoger a la persona integral y de llevarla más allá de donde estaba antes de orar. La fijación en un determinado tipo de oración puede impedir crecer en estados psicoespirituales ulteriores.

La fijación en un determinado tipo de oración puede impedir crecer en estados psico-espirituales ulteriores

El recorrido de toda oración –y de una práctica de oración a lo largo de toda una vida- es ir pasando de la petición a la ofrenda, del yo al tú, al nosotros y al Todo. En la petición prevalecen las necesidades propias; en la ofrenda ya no se pide nada, sino que uno se entrega a los acontecimientos tal como vienen porque se percibe que provienen de Dios –o de Aquello que es-, sin ninguna voluntad de cambiarlos, sino que uno se deja transformar por ellos. Esta entrega a la voluntad de la Ultimidad es quizá el signo más claro de haber alcanzado la maduración espiritual. En la meditación el signo de madurez viene dado porque la observancia rígida del método de un yo separado va dejando paso a una progresiva espontaneidad de quien entra en la percepción de la no-dualidad.

En los grados más elevados, la práctica orante y la meditativa trascienden métodos y símbolos para conseguir la unión con el Uno, que es el término hacia donde van dirigidas. Aun así, se debe decir que permanece hasta el final la diferencia entre la vía devocional de la oración y la vía cognitiva de la meditación. La primera se expresará siempre en términos de ofrenda, de unión y éxtasis amoroso, mientras que la segunda lo hará como una apertura de la conciencia al Todo a través de la máxima quietud.

APRENDIZAJE, OBSTÁCULOS, ACOMPAÑAMIENTO Y MAGISTERIO

En la mayoría de los casos, las escuelas de oración y meditación provienen de largos linajes. Todas las tradiciones disponen de sabios y maestros experimentados que han transitado por los diversos parajes del espíritu, han conocido sus cimas y sus abismos, sus prados y sus desiertos. No hay avance sin experiencia y sin magisterio, en el cual la relación maestro-discípulo es fundamental. La vida orante o meditativa se va aprendiendo a medida que se transita y por esto la enseñanza se debe hacer de uno hacia el otro, de forma directa, que es lo que significa Upanishad, “estar sentado al lado”. Se debe pasar y haber pasado por las diversas etapas. En muchas tradiciones se habla de estancias o estaciones, en las que se atraviesan noches y tentaciones –tanto de impotencia como de prepotencia- hasta llegar a la muerte del yo que permite alcanzar el estado de unión o de no-dualidad. Lo que es adecuado en un momento del camino puede dejar de serlo en otro tramo del recorrido. Por esto debemos estar acompañados por maestros experimentados.

Una de las cuestiones relevantes que se debaten en la nueva situación de los encuentros interreligiosos es el efecto que tienen determinadas prácticas meditativas como el yoga, el zen, el tai chi o el chi kung, etc., sobre sus practicantes. En principio, son de carácter aconfesional, pero en la medida que vehiculan las cosmovisiones de donde han surgido, tienen un efecto importante en quien las practica, produciendo significativas modificaciones en sus creencias anteriores. Existe una afirmación latina que dice: Lex orandi, lex credendi (“la ley de la oración, la ley de la creencia”). Esto es, la forma de orar o meditar acaba configurando la forma de creer, como también sucede en la dirección inversa: la creencia determina una forma de orar. Esta es una de las cuestiones abiertas y también fascinantes sobre las que nuestra generación –y todavía más las generaciones futuras- deberán continuar investigando.

La forma de orar o meditar configura la forma de creer y la creencia determina una forma de orar o meditar

En cualquier cosa todas las tradiciones nos dicen que es fundamental consagrar un tiempo y un espacio asiduos –personal y comunitario- para silenciar la mente y recogerse en la cueva del corazón para abrirse a la relación con lo Esencial. Largos y difíciles son los caminos de la oración y de la meditación, pero bien alto es su fruto: la transformación interior. Cada tradición nutre con lo mejor que tiene para acompañar en este peregrinaje que va desde el autoncentramiento a la comunión –o iluminación- que posibilita entregarse a la Fuente, origen y término de todo.

 


Entrevistas


 

Anna Baduell:

Es cristiana católica. Periodista. Trabaja en la Oficina de Información de la Prelatura en Cataluña del Opus Dei.


“No hay una técnica para hablar con Dios, es una gracia recibida”

¿Reza o medita? Tengo un diálogo con Dios. Como cristiana me siento hija de Dios y como hija que quiere a su Padre hablo con mi Padre Dios. Procuro que el diálogo sea fluido y constante, con momentos más intensos y momentos más sobrios. No hay una técnica, es una gracia recibida; pero en los evangelios encontramos modelos para hacer este diálogo más fructífero. Nos dicen que Jesús, en momentos importantes, se retiraba solo a hablar con el Padre. El recogimiento nos ayuda. También en las tareas ordinarias podemos hablar con Dios: cuando hacemos las cosas con amor, estamos haciendo aquello que San Josemaría Escrivá llamaba «materializar la vida espiritual». Yo acostumbro a dedicar un rato a la oración cada día: en recogimiento, yendo en el tren o ante Jesús Sacramentado en el sagrario de una iglesia; o en comunidad, en las ceremonias litúrgicas o cuando rezo el Rosario con mi marido y mis hijos.

¿Cómo aprendió a rezar? Provengo de una familia cristiana donde siempre hubo estima por rezar. Es aquí donde aprendí. Primero aprendí oraciones vocales sencillas como el Ángel de la Guarda o el Padrenuestro; fui aprendiendo a hablar con Dios. Después, la primera comunión, la confesión… Sientes cada vez más la presencia de Dios, que se convierte en aquel amigo a quien le explicas todo y que siempre está para escucharte. Con el tiempo lo que se hace difícil es no hablar con El en cualquier momento.

¿De qué le sirve rezar? Sé que hay alguien que me quiere como un ser irrepetible y único Es un amigo que no falla nunca.

¿Podría poner un ejemplo concreto en que rezar le haya ayudado? Siempre ayuda, encuentras sentido a lo que haces. Personalmente me ha ayudado a descubrir el camino para ser feliz, a darme cuenta que vale la pena luchar por lo que quieres; y que, si amas de verdad, no te tienes que preocupar por muchas más cosas.

por Clara Fons

Hardev Singh

Es sij. Ha sido presidente y es miembro de la junta del Gurdwara Gusangat Sahib de Badalona.


“Cada madrugada hacia las 4 h me levanto, me ducho y después rezo”

¿Reza o medita? Rezar y meditar es lo mismo; en los dos casos estás conectándote con Dios. Rezo y medito.

En la práctica, ¿cómo lo hace para conectar con Dios? Cada madrugada hacia las 4 h me levanto, me ducho y después rezo. Para rezar me siento y leo cinco himnos escritos por tres gurús diferentes. Por la tarde leo otro himno y antes de ir a dormir otro. En total siete himnos cada día. Todas las personas que hemos tomado el Amrit (néctar sagrado de iniciación, baptismo) estamos obligados. Por lo que respecta a la meditación no tengo ninguna pauta impuesta. Solo hace falta que desconecte del exterior. Lo hago prácticamente todo el día: mientras trabajo, cuando me traslado de un lugar a otro… Solo paro de meditar cuando hablo con alguien. Durante la semana medito solo; y el fin de semana cuando voy al gurdwara, en grupo.

¿Cómo aprendió a rezar? Cuando los sijs tomamos el Amrit, los Cinco Elegidos (los encargados de darnos el Amrit en presencia del Gurú Granth Sahib, el libro sagrado) nos enseñan a meditar. Ellos son los primeros. Además, durante la vida hay diferentes personas maduras, avanzadas en el mundo espiritual que también nos guían. Cada uno sigue un camino espiritual diferente en función de donde tome la información. Yo, por ejemplo, sigo Sant Vareaam Singh Dji, que murió el año 2001. Sus escritos, donde explica con detalle su experiencia personal, me han ayudado mucho a hacer mi camino espiritual.

¿De qué le sirve rezar o meditar? Para limpiar una prenda sucia necesito jabón; para limpiar los pecados del alma he de meditar. Como todo el mundo, acumulo los pecados de vidas anteriores, y meditar y hacer tareas sociales me permite limpiarlos. Cuanto más medite, más capas de suciedad eliminaré, y cuando llegue a la última capa y consiga eliminarla –no sé si será en esta vida o en la siguiente- me uniré a Dios. Porque Dios está en todas partes: tanto en nuestro exterior como en nuestro interior.

por Clara Fons

María Roig:

Iconógrafa de tradición románica y ortodoxa. Prácticamente autodidacta. Es fundadora y maestra del Taller de Iconografía de la Comunidad Ecuménica de Sant Jordi.


“Rezar incluso es más importante que comer y beber”

¿Reza o medita? Una cosa y la otra pueden estar unidas. Tanto en la oración como en la meditación necesitas concentrarte y apartarte de los problemas de la vida para centrarte en un único punto, que es Dios. Cuando rezo muchas veces también medito.

¿Cómo hace para rezar? Aunque también rezo en comunidad, la oración que más me satisface es la que hago en soledad. Me separo de la situación cotidiana y me centro en lo que realmente es importante en la vida: la comunicación con Dios. Lo ideal es rezar siempre al mismo lugar y a la misma hora, pero en cualquier momento del día se puede hacer. Incluso en un entorno ruidoso se puede estar en comunión con Dios. La Oración del Corazón o de Jesús (utilizada mucho por los ortodoxos), por ejemplo, se puede hacer mientras haces tu trabajo diario: es una oración corta y repetitiva que se une a la respiración.

¿Pintar iconos también es una manera de rezar? Por supuesto. Los iconos transmiten las Sagradas Escrituras en formas y colores. Pintar es rezar; no se puede separar.

¿Cómo aprendió a pintar iconos? Yo no había pintado nunca; no sabía iconografía ni dibujo. Pero un día mi marido me regaló un icono. Contemplándolo tuve una experiencia impresionante de Dios y a partir de aquel momento no pude hacer nada más que pintar en plena comunión con Él. Fue impresionante. Experimenté tanta felicidad que amaba a todo el mundo. Estaba llena del amor a Dios.

¿De qué le sirve rezar? Me sirve para estar constantemente en contacto con Dios. Él es la Fuente de vida y unirnos con él nos da vida y plenitud. Incluso es más importante que comer y beber. Cuando estoy en comunión con Dios, experimento su fuerza y esto es superior a cualquier felicidad humana. Recomiendo a todo el mundo que procure leer reflexivamente las Sagradas Escrituras y que contemple los Santos Iconos: a muchos esto les ha cambiado la vida.

por Clara Fons

Miriam Subirana

Ha practicado diversos tipos de meditación. Durante 22 años fue presidenta de la asociación Brahma Kumaris de Barcelona. Es fundadora y directora del Instituto Diálogos e Indagación Apreciativa, IDEIA.


“Actualmente incluyo la oración en la meditación”

¿Reza o medita? Hago mucha más meditación que oración. En términos generales cuando medito lo que hago es vaciarme para recibir lo que Dios me quiera dar. En la oración, en cambio, pido a Dios lo que yo creo que necesito. Actualmente incluyo la oración en la meditación. Hago una meditación a la que llamo creativa: integra lo que me ha ido mejor de los diferentes tipos de meditación que he practicado. Busco la unidad de las religiones. Dios es Uno, pero lo vivimos de múltiples formas.

¿Cómo realiza esta práctica? De diferentes maneras. En casa dedico un espacio de silencio y de desconexión del exterior durante la mañana y la tarde. Normalmente me siento en una silla especial que tengo para la meditación. También acompaño a personas en sus procesos de aprendizaje en la meditación y, mientras las acompaño, medito con ellas. Esta dimensión de meditar y rezar juntos es muy importante.

¿De qué le sirve meditar? Entre muchas otras cosas meditar me permite gestionar las emociones, concentrarme para crear pensamientos elevados y gestionar los pensamientos inútiles. Con la meditación mi voluntad se une con la voluntad de Dios.

¿Podría poner un ejemplo concreto en que meditar le haya ayudado? Una vez, muy ilusionada, hice una propuesta a un amigo. Él me respondió que no y además lo hizo con poco tacto. Fue como tirarme encima un jarro de agua fría. En aquel momento, para no sentir ni dolor ni pena, entré en un estado de meditación; acogí aquel «no» desde la aceptación y no permití que mi corazón sufriese. Continué ilusionada.

por Clara Fons

Un minuto de bienestar absoluto

Lev Tolstoi

Fragmento de Diarios (1847-1894) de Lev Tolstoi (Acantilado, 2002, Barcelona), escrito el 1851, cuando tenía 22 años.

“[…] Ayer casi no dormí durante toda la noche. Al acabar de escribir en mi diario me puse a rezar a Dios. Es imposible transmitir la dulzura del sentimiento que experimenté durante la oración. Recité las oraciones que normalmente digo: el Padre Nuestro, el Avemaría, la Trinidad, la Puerta de la Misericordia, una invocación a mi ángel de la guardia, y después continué rezando. Si definimos la oración como una petición o una acción de gracias, entonces no recé. Yo deseaba algo sublime y bueno; aunque no lo sé expresar, tenía muy claro lo que quería. Quería fundirme con el Ser que todo lo abarca. Le pedí que perdonase mis pecados; pero no, no le pedí eso, porque sentía que si Él me había brindado aquel momento de bienestar era porque me había perdonado. Le pedía y al mismo tiempo sentía que no tenía nada que pedir y que no puedo y no sé pedir. Le di gracias, sí, pero no con palabras ni con pensamientos. En un sentimiento lo reuní todo: el ruego y la acción de gracias. El sentimiento de miedo desapareció del todo. No podía separar del sentimiento global ni un solo de los sentimientos de fe, esperanza y amor. Sí, el sentimiento que experimenté ayer era de amor a Dios. Un amor sublime que reúne todo aquello que es bueno y rechaza todo aquello que es malo.

¡Qué terrible fue para mí ver la parte mezquina y viciosa de la vida! Me era imposible concebir que alguna vez todo aquello me hubiese atraído. Con todo el corazón le pedí a Dios que me recibiese en su seno. No sentía la carne, era solo espíritu. Pero no, la carne, la parte mezquina de la vida volvió a predominar y antes de que pasase ni siquiera una hora escuché casi inconscientemente la voz del vicio, de la vanidad, del lado frívolo de la vida; sabía de dónde venía aquella voz, sabía que destruiría mi bienestar, luché contra ella y sucumbí. Me quedé dormido soñando con la gloria y las mujeres; pero no fue mi culpa, no pude hacer nada.

El bienestar eterno aquí es imposible. El sufrimiento es indispensable. ¿Para qué? No lo sé. Y, sin embargo, como me atrevo a decir: no lo sé. ¿Cómo puedo atreverme a pensar que es factible conocer los caminos de la Providencia? La providencia es la fuente de la razón y la razón se pierde en las profundidades de la sabiduría y el sentimiento teme ofenderla. Le doy gracias por el minuto de bienestar absoluto que me reveló mi insignificancia y mi grandeza. Quiero rezar, pero no sé cómo hacerlo; quiero comprender, pero no me atrevo: me entrego a Tu voluntad. ¿Para qué escribir todo esto? De qué manera tan trivial, débil e incluso estúpida se manifiestan mis sentimientos, ¡y eran tan elevados!”


Publicado en dialogal número 41