A fondo: Nº 7, otoño de 2016


por Agustín Pániker

Editor y escritor. Director de la Editorial Kairós.

Para muchas personas de esta parte del mundo que llamamos “Occidente” la religión ya no se hereda, como décadas atrás. Ahora se escoge. Ésta es una de las grandes transformaciones de las sociedades modernas. Puede que uno haya nacido en una familia católica, judía o protestante, pero hoy se puede abandonar cualquier filiación religiosa con relativa libertad, adquirir una nueva o, como sucede con frecuencia, combinar aspectos de distintas tradiciones según el propio criterio; “a la carta”, que dirían algunos.

Este proceso es notorio a propósito de las religiones que proceden de esa aún más vaga etiqueta que denominamos “Oriente”. La inmensa mayoría de practicantes de yoga, za-zen o taichí que viven en la Península Ibérica, por ejemplo, no son hijos de la inmigración. Son “locales” que han integrado prácticas, movimientos e ideas originarias de Oriente en su vida espiritual en Europa, las Américas y otras partes del globo. Un aspecto relevante de dicha importación es que no exige “conversión”. De hecho, muchos simpatizantes occidentales tienen manifiesta alergia por las religiones establecidas y no se consideran religiosos. Pero sí espirituales. Hete aquí otra de las grandes transformaciones de la religiosidad de nuestros tiempos: la creciente disociación en el imaginario de muchas personas entre “religión” (que tendría que ver con instituciones de poder y con la vertiente social, exotérica y formal de las mismas) y “espiritualidad” (que sería la dimensión transformativa, experiencial y mística de muchas tradiciones religiosas o seculares).

Hace mucho tiempo que estas prácticas espirituales dejaron de ser “modas”. Sin embargo, bastantes periodistas o analistas todavía hablan de ellas como si fueran pasajeras, fruto del oportunismo de algún avispado gurú o de las reglas del supermercado espiritual. Aunque estas simplificaciones intencionadas no son gratuitas, lo cierto es que muchos movimientos “orientales” llevan integrándose en Occidente desde hace décadas. Considerarlos todavía una “moda” dice mucho de quien así lo enuncia. Significa o bien un craso desconocimiento de la realidad social de nuestro entorno o, como es más probable, un rechazo –y un plus de envidia– a aceptar lo que no es de “aquí”, lo “nuestro”.

Lo cierto, empero, es que la práctica de los variados yogas (hatha, kundalini, ashtanga, etcétera), de las distintas formas de meditación budista (zen, vipassana, dzogchen, y hasta sus versiones más “secularizadas”, como el mindfulness), de técnicas chinas como el taichí o el qigong; o la incorporación en nuestros esquemas mentales de ideas “orientales” como el karma, la transmigración o el nirvana; o la penetración de filosofías como el vedanta, el taoísmo o el zen; y la popularidad de textos como el Yi-jing (I-ching) o las Upanishads; más el recurso a la iconografía del yin-yang, del Buda o los mandalas… lo cierto –decía– es que esa constelación de prácticas, ideas, textos, figuras o valores no sólo perdura desde que fue “importada” por las corrientes contraculturales de los 1960s, sino que durante los movimientos Nueva Era y posteriores, no ha cesado de expandirse y transformarse. ¿Por qué cuajan estas prácticas y visiones procedentes de Oriente?

Se me ocurren distintos niveles de respuesta.

  1. Por un lado, las tradiciones orientales tienen una tangible dimensión práctica. La demanda actual no es tanto de nuevas “creencias” como de una experiencia espiritual transformadora. No es el culto o el ritual lo que fascina de Oriente, sino su potencial terapéutico, tanto a nivel corporal (históricamente marginado por las tradiciones del hemisferio occidental) y psíquico (terreno en el que Asia tiene una honda experiencia), como estrictamente espiritual.

Puesto que las tradiciones asiáticas son dogmáticamente flexibles (propio de politeísmos y ateísmos religiosos que no deben obediencia a una única Verdad), son fácilmente adaptables a distintos contextos. Uno no tiene que hacerse hindú para practicar el yoga o seguir las prescripciones de la medicina ayurvédica. De hecho, el budismo o el advaita no sólo gozan de la simpatía de la sociedad secular, sino que pueden sintonizar con el moderno agnosticismo (ya que en muchas filosofías de Oriente la noción de “Dios” es inexistente o está muy devaluada).

  1. Por otro lado, estas disciplinas psico-físico-espirituales y esas recomendaciones higiénico-dietéticas (malamente tenidas por “medicinas alternativas”), pueden ubicarse a la perfección en el universo individualista de nuestra sociedad. Uno se fabrica “su” espiritualidad a la carta y para beneficio propio (lo que ha llevado a más de uno a tildar a los sincréticos movimientos Nueva Era de “narcisismo espiritual”), si bien son también muchos los que incorporan un activismo altruista, vía la compasión o la no-violencia.

Interesantemente, esta tensión entre una espiritualidad más vertical e individual y otra más horizontal y social se da también en el seno de las matrices asiáticas. Estoy pensando en el budismo nirvánico de los virtuosos (los monjes) y el budismo kármico del pueblo (los laicos); o entre un taoísmo “filosófico” (del Zhuang-zi o el Dao de jing [Tao te ching]) y otro más “popular” (de los talismanes e inciensos). Aunque esta dicotomía es algo forzada (y no sólo oriental), subrayemos que es casi siempre la modalidad “culta” la que maravilla a Occidente. No es el budismo devocional japonés lo que nos atrapa de esa cultura, sino el minoritario pero selecto budismo zen. Las modalidades populares de hinduismo, taoísmo o budismo se consideran mero ritualismo, superstición o, a lo sumo, se tienen por complementos exóticos de la “verdadera” espiritualidad oriental.

Llegados aquí, la indagación en la fascinación de y por Oriente puede operar un giro interesante. Porque lo que está claro es que ha sido Occidente el que fue a buscar a Oriente y no a la inversa. (De hecho, Europa es quien inventa los propios conceptos de “Occidente” y su inevitable álter ego, “Oriente”.) Puede que ahora Oriente exporte gurús, chakras y acupuntura, pero como respuesta a la incesante demanda de exotismo y espiritualidad. El viaje a Oriente lleva siglos fascinando y alimentando el imaginario de los “buscadores” de Occidente. La idea de que la tierra donde surge el Sol constituye el origen de Occidente (su amanecer) y debe orientarnos –e incluso “salvarnos”– tiene una larguísima historia en el Extremo Occidente, ya desde tiempos de los griegos.

Lo interesante del asunto es que cuando uno pone una estatua del Buda en la sala de estar, o cuando incorpora la no-violencia gandhiana a su ética, o se zambulle en la Bhagavad-gita… lo curioso –digo– es que en muchos casos lo que percibimos y nos atrae es nuestro propio reflejo. Occidente va a buscar a Oriente y lo que encuentra es su propio espejo. O mejor: una hibridación entre sus ideas y prácticas con nociones y tradiciones de raigambre oriental. Eso es fácil de entender si pensamos en el “giro” que han tomado muchas de las palabras que mejor reflejan la fascinación por Oriente: karma, gurú, nirvana, zen, tao, yin-yang, yoga, lama, etcétera. Han operado un giro semántico directamente proporcional a nuestra apropiación; y aún más, al incesante proceso de proyección de nuestras categorías sobre tales conceptos. Nada de extraño o malo hay en ello. Sólo que es un proceso no siempre reconocible y en el que vale la pena, creo, indagar.

Lo que permanentemente se está gestando es un encuentro entre cosmovisiones y prácticas asiáticas de espiritualidad y salud con nuestras propias ideas al respecto y nuestras proyecciones sobre aquéllas acerca de lo que es la religión, la transformación interior, la salud, el arte, el silencio, el objetivo de la vida, etcétera. El yoga de principios del siglo xx ya era en sí mismo un híbrido extremadamente rico (y, por cierto, bastante marginal) entre antiquísimas tradiciones indias de meditación (siglos anteriores al Buda), otras tradiciones esotéricas ligadas a la revalorización del cuerpo (con más de mil años de antigüedad, enmarcadas en esa corriente espiritual que genéricamente llamamos “tantrismo”), más las tradiciones occidentales de gimnasia y escultismo aportadas por los británicos en el siglo xix. Occidente no ve su propia huella en el yoga y lo confunde por lo genuinamente índico, reforzado por el tropo orientalista de la India mística y ultramundana. Por eso el yoga que se popularizó en Occidente fue casi una gimnasia (lastre del que todavía le cuesta despojarse). Por el mismo proceso, la verdadera revolución de la meditación budista en Occidente se da cuando queda desgajada de su matriz monástica y, entonces, como mindfulness, puede ser aplicada en los contextos no-espirituales más variopintos. De hecho, la fascinación por Oriente está generando nuevos tipos de espiritualidad que innegablemente deben mucho a sus matrices asiáticas, pero no más que a la ciencia moderna, los imaginarios orientalistas, la psicoterapia occidental, la ética judeo-cristiana o las corrientes esotéricas de Occidente. Como no puede ser de otra forma, estos vectores dialogan, se transforman, se hibridan.

La globalización y la mercantilización actuales generan que estos encuentros sean asimismo propicios para charlatanes y caraduras, que abundan. Dada la falta de discernimiento (ironía del asunto, ya que la prajña o sabiduría que discierne es una de las modalidades del ser a las que apuntan las tradiciones clásicas de “Oriente”) y la inmadurez de muchos de los pretendidos maestros o terapeutas, los cócteles que estas espiritualidades a la carta generan a veces resultan “extravagantes”, por poner un calificativo elegante.  (Y sabrán excusarme mis amigos avezados budistas o yoguis que se han sumergido en la espiritualidad con absoluta sinceridad, perseverancia y anhelo por lo sagrado.)

En cualquier caso, estas formas espirituales han venido para quedarse. No forman parte de los nuevos movimientos religiosos porque sus matrices son bien añejas y muchos de sus desarrollos en Occidente han recorrido ya más de cien años. Forman parte de nuestro paisaje religioso y espiritual. Y lo constituyen, en particular, para muchas mujeres, que precisamente han encontrado en estas religiosidades flexibles, transformativas y terapéuticas un camino de crecimiento interior que muchas de las grandes tradiciones religiosas establecidas repetidamente les han negado.

Para rematar la paradoja de esta reflexión, la fascinación por Oriente ha acabado por cautivar también a los asiáticos, que asimismo se ven reflejados en ese espejo que ahora les llega con acento –y reconocimiento– inglés. Y es que, en el trasfondo de toda la cuestión, lo que posiblemente se está gestando es una convergencia entre las religiosidades (a medio camino entre las “religiones” y las “espiritualidades”) de las nuevas clases medias del mundo. En el siglo xxi, estas clases no conocen fronteras. La nebulosa neo-cristiana, neo-oriental y nueva-era a la que nos estamos refiriendo forma parte ya de la cotidianeidad de las clases medias urbanas tanto de Oriente como de Occidente.


Entrevistas


 

Vicente Merlo:

Autor de La fascinación de Oriente (Kairós)


1. ¿Crees que en Occidente hay una fascinación por Oriente? Si es así, ¿por qué crees que existe esta fascinación?

El ritmo de nuestro tiempo es un ritmo acelerado en todos los sentidos. Yo diría que la fascinación que Occidente sintió por Oriente, en varios momentos de la historia, tuvo un último punto álgido hace unas décadas. Pero recientemente esta fascinación ha terminado, aunque se mantiene un notable interés por las "sabidurías orientales", por una "espiritualidad viva" que complementa el espíritu científico y técnico occidental.

Esta fascinación convertida en interés, sobre todo en ciertas capas de nuestra cultura, se sustenta en la atracción provocada por una concepción del mundo y una forma de vida que en Occidente habían quedado eclipsadas. Por un lado, la religiosidad tradicional hace tiempo que comenzó un periodo de declive; y, por otro lado, el ímpetu de la tecnociencia y del positivismo había arrasado buena parte de los valores espirituales, e incluso, en ocasiones, sencillamente, los valores más propiamente humanos. El proceso de modernización produjo, ciertamente, un agudo desencanto del mundo, un mundo en el que parecían no tener cabida los valores, la subjetividad y el sentido. En este panorama, la mirada occidental descubrió en Oriente una cosmovisión capaz de reencantar el mundo. Un mundo en el que un Orden cósmico-ético seguía rigiendo nuestras vidas, un mundo en el que la realización espiritual no era un mero desiderátum religioso, sino un ideal encarnado en algunos maestros de sabiduría y compasión, cuyas enseñanzas comenzaron a cautivar a muchos occidentales. Una existencia cuyo sentido quedaba recuperado por la aceptación de una serie de vidas anteriores que otorgaban una nueva perspectiva y un nuevo sentido a esta vida. Una forma de vida en la que la meditación contemplativa invitaba a un redescubrimiento de nuestra interioridad y abría el horizonte de unos estados de conciencia superiores que anunciaban una anhelada plenitud, una ética de la compasión que el ideal del bodhisattva budista expresaba con fuerza. En definitiva, una serie de valores que, existentes pero descuidados, revitalizaban la conciencia occidental herida por el cientifismo y el nihilismo.

2. ¿Cómo definirías la relación entre el encuentro de ideas de Oriente y Occidente (complementarias, contradictorias...)?

Entiendo que nuestra época es un tiempo de síntesis e integración. En este sentido las ideas de Oriente y las de Occidente resultan perfectamente complementarias, tan complementarias como la percepción analítica-calculadora del hemisferio izquierdo y la visión sintética e integradora del hemisferio derecho, o la actitud masculina y la actitud femenina en sus aspectos más propios y característicos. Occidente, más "masculino", más emprendedor, más yang, más racional, y Oriente, más "femenino", más receptivo, más intuitivo, más yin, pueden unirse en una nueva conciencia integradora con capacidad de síntesis. La tecnociencia occidental con la sabiduría oriental, el carácter emprendedor con la actitud no-violenta, la racionalidad autocrítica con la contemplación amorosa, el individualismo singularizador con la mirada eco-holística...

3. ¿Qué sería lo esencial que Occidente ha recibido o aprendido de Oriente?

Desde mi punto de vista Occidente ha recibido el arte y la ciencia de la meditación contemplativa y silenciosa, transconceptual; también nuevos modelos de la figura del sabio: el yogui hindú, el lama tibetano, el roshi japonés o el sabio taoísta; una invitación a tomar en serio la existencia de vidas anteriores en la que cada uno de nosotros ha habitado otros cuerpos y ha vivido en otros lugares y otros tiempos; la confianza en un orden y una justicia más allá del orden y la justicia torpemente articulados por las sociedades que nos son conocidas; una experiencia, una intuición o una comprensión del fondo no-dual de toda la existencia, de la Unidad primordial que se despliega en la rica multiplicidad en la que tan fácilmente nos hemos perdido; finalmente, apertura a la idea o incluso a la experiencia de que lo más profundo de nosotros (el âtman, la naturaleza búdica) no nace ni muere.

4. ¿Crees que Oriente siente una fascinación por Occidente? ¿En qué sentido?

No hay duda de que las generalizaciones, como las realizadas aquí, desvirtúan la diversidad que existe en cada civilización, en cada cultura, en cada tradición; pero, al nivel de generalidad en que aquí necesitamos movernos, la fascinación ha sido y es mutua, al menos en algunas capas de las respectivas sociedades. Y buena parte de Oriente se ha sentido cautivado por la ciencia desarrollada en el Occidente moderno, por su alta tecnología, por su tendencia individualizadora, por su racionalidad autocrítica, por su lucha en favor de la libertad, por las formas de organización social y política, por su arte y su literatura, y por su creatividad sin límites.

Laia Montserrat, zen

Practica y enseña zen "occidental y laico" desde hace más de 26 años. La encontraréis en Presencia Zen: www.presenciazen.com


¿Qué significa un zen "occidental y laico"? Fue Karlfried Dürckheim, psicólogo y maestro zen, quien, después de diez años en Japón en contacto con la cultura zen, volvió con la visión de transmitir esta disciplina en Occidente de forma adecuada. Esta práctica va a la esencia del zen, yendo más allá de cualquier religión. No hay enseñanza doctrinal ni rituales complejos, pero sí es una invitación a un camino de autoconocimiento, la Leibterapia.

¿En qué sentido hay un zen "occidental" y otro "oriental"? El zen se originó en la India y recorrió un largo camino hasta Japón y más allá. Luego también llegó a Europa y América. A lo largo de la historia, se ha ido adaptando a los lugares por donde ha pasado. Las culturas orientales difieren mucho de las occidentales, como la psicología y las necesidades de las personas. No es necesario renunciar a los orígenes culturales y religiosos para practicar zen.

¿Cómo conociste esta práctica espiritual y qué te ha aportado? Aunque tenía una larga vivencia espiritual, llegué por casualidad de la mano de un discípulo directo de Dürckheim. Fue algo revolucionario en mi vida. Psicóloga de formación, hice de esta práctica y de la Leibterapia mi vida.

¿Cuál es la aportación específica que ha hecho y está haciendo el zen en la sociedad occidental? El zen aporta sentido y un profundo bienestar psico-emocional que permite una espiritualidad sana y enriquecedora para la persona y la sociedad. Todos los estudios científicos que se hacen sobre el Mindfulness -técnicas meditativas contra la ansiedad y el estrés que vienen del zen- confirman lo que ya sabíamos: la meditación zen es una herramienta muy potente para el bienestar.

Entre los practicantes occidentales ¿qué prevalece: la apertura sincera o la instrumentalización? Encontramos gente con muy buena disposición y una gran dedicación y amor. Como en cualquier otro dominio humano, las personas tienen luces y sombras. Por eso, en mi línea de zen se propone un trabajo psicoterapéutico que implica ver la sombra personal e integrar el cuerpo, una realidad tan mal comprendida en la espiritualidad occidental.

Alexis Racionero:

Viajero, documentalista, escritor, profesor de yoga, maestro reiki... Ha rodado "Rubbersoul, viaje hippie en la India" (2005) y está escribiendo El país de las sonrisas, sobre las enseñanzas que los birmanos o tailandeses pueden ofrecer a los ansiosos occidentales. Más en: www.alexisracionero.com


¿Cómo surgió tu interés por la espiritualidad oriental?

Surgió de mi infancia, cuando mis padres regresados de la California contracultural colgaban telas indias en las paredes o se sentaban en posición de flor de loto sobre bajos sofás que llamábamos ying-yang. Más tarde pude conversar y leer libros de mi padre, Luis Racionero. Aunque lo que de verdad despertó mi interés fue un viaje a la India, en 2004, para rodar un documental. Estaba pasando por un mal momento y aquel viaje supuso una catarsis personal importante. Desde entonces practico yoga y he acabado como profesor de kundalini. Fue muy importante pasar del ámbito teórico a la práctica cotidiana. En el documental fui en busca de las motivaciones de aquellos que sintieron la llamada de Oriente. Recuerdo a Raimon Panikkar decir que Occidente había perdido la espiritualidad en el sentido amplio de la palabra y que, sin ella, el hombre se ahoga. También recuerdo confesar a Mark Dyckowski, especialista en Tantra que vive en Varanasi, que fueron a Oriente para conocer al otro y se conocieron a ellos mismos. Me considero un modesto seguidor de gente como Krishnamurti, Zimmer, Suzuki o Watts. Para mi generación, Joseph Campbell, el mitólogo norteamericano que ideó “La guerra de las galaxias” fue fundamental. Obi Wan Kenobi y Yoda fueron nuestros primeros maestros, sin duda.

¿Qué destacarías entre todo lo que puede haberte aportado el contacto con Oriente?

La idea de que dios está en nuestro interior y la constatación de que puede existir una espiritualidad sin dogma. El que todo tiene dos caras, es dual, eterno e infinito. Lo bueno vive de lo malo, como la noche del día. Como me dijo un gurú indio, todo puede ser bueno o todo puede ser malo, tú decides.

¿Dirías que Occidente ha cambiado de forma significativa a través de Oriente? Occidente se ha creído guía mundial durante siglos y sigue en ello, pero hoy en día las prácticas y filosofías orientales van teniendo más calado como formas de curar o neutralizar la neurosis occidental. Gran parte del Oriente actual ha perdido muchas de sus esencias, pero en su cultura milenaria hallaremos las claves para compensar muchos de nuestros males. Aprender a meditar y salir de la mente racional para conectar con la fuente universal y con la naturaleza, aquello que Panikkar llamaba “ecosofía”, empieza a ser una práctica común en Occidente.

Montse Castellà

Presidenta de la Coordinadora Catalana de Entidades Budistas y traductora de tibetano


1. ¿Crees que en Occidente hay una fascinación por Oriente? Si es así, ¿por qué crees que existe esta fascinación?

Entre los años sesenta y noventa del siglo XX se originó en Occidente una gran fascinación por Oriente. Eran momentos en que el llamado "sueño americano" y su promesa de bienestar a través del materialismo empezaban a tambalearse. Oriente fue, para algunos, la alternativa donde buscar caminos espirituales que condujeran a una auténtica plenitud. Su estilo de vida sencillo, pero espiritualmente rico, los lugares sagrados, la posibilidad de aprender disciplinas como el yoga o la meditación... resultaron ser una verdadera fuente de inspiración. Pero la "monocultura" occidental del consumismo salvaje se fue extendiendo por todo el planeta... Actualmente, China e India son los dos países con más contaminación del planeta. Una abrumadora mayoría de gente, que antes llevaba una vida sencilla pero llena, ahora está sencillamente sometida a la pobreza. Cada vez que vuelvo a India puedo constatar, con profunda tristeza, el vertiginoso ritmo de degradación que se está produciendo tanto ambientalmente como espiritualmente. La fascinación por Oriente ahora recae principalmente en aquellas multinacionales occidentales que ven Oriente como terreno fértil donde perseverar con sus intereses económicos.

1. ¿Qué crees que es lo esencial que Occidente ha recibido o aprendido de Oriente?

El pensamiento oriental ha puesto de relieve una visión de la realidad del todo opuesta a la visión lineal occidental. Se trata de una percepción holística e integradora en la que todo está relacionado y es interdependiente. Por su parte, Occidente, que se ha centrado más en la investigación científica, está revelando a través de la física cuántica, una "nueva" percepción de la realidad que converge notablemente con la visión milenaria oriental. En este sentido, Oriente está aportando a Occidente no sólo los principios filosóficos que fundamentan esta percepción de la realidad, sino también la metodología que permite integrarla vivencialmente.

2. ¿Y cómo se vive en Occidente esta espiritualidad recibida de Oriente?

En Occidente, hoy en día, podemos encontrar tradiciones espirituales orientales que están arraigando con fuerza en nuestra sociedad sin perder su autenticidad. Por otra parte, el espíritu mercantilista occidental ha generado un gran "mercado espiritual" en auge y aquí tenemos que tener mucho cuidado en no aplicar la misma actitud materialista y consumista en la dimensión espiritual. No debemos olvidar nunca que el verdadero camino espiritual es un camino de transformación interior, tal y como nos ha enseñado no sólo Oriente, sino también todas las tradiciones espirituales auténticas.


Publicado en dialogal número 55