A fondo: Nº 6, enero 2016


por Halil Bárcena

Director del Instituto de Estudios Sufíes de Barcelona.

van gogh

La piedad (según Delacroix), de Van Gogh.

No vivimos una época de cambios, como a menudo escuchamos por boca de analistas algo precipitados, sino un verdadero cambio de época que está haciendo tambalearse todo lo que durante siglos había permanecido inamovible y, en consecuencia, considerábamos duradero (revelado incluso) y para siempre. En palabras del añorado Raimon Panikkar, asistimos, sobre todo en nuestro viejo (¿y cansado?) continente europeo, a "una mutación mucho más profunda que una reorientación meramente cultural y que es mucho más que un simple cambio de nuestros sentimientos sobre el mundo" (El ritme de l’Ésser. Les Gifford Lectures, Fragmenta, 2012, p. 22).

Sea como sea, lo cierto es que todo el vivir humano se ha visto alterado radicalmente y de forma veloz, en especial desde la segunda mitad del siglo pasado. Desde entonces, el rostro del mundo, de nuestro mundo, es muy diferente; todo parece hoy más caótico y confuso, más revuelto y desordenado. Pensemos, si no, en instituciones como la familia o en actividades humanas como el arte, que aquí nos ocupa, por no hablar del desplazamiento sufrido por la religión dominante, cuando no de su rechazo más frontal. A diferencia del mundo medieval, por ejemplo, un mundo más coherente y arreglado (también más religioso) que el presente, donde todo el mundo compartía un mismo relato de la historia, en nuestra atribulada contemporaneidad nada está en su sitio, de tal modo que nadie puede ocupar su espacio natural; como ya nada es verdad, todo está permitido.

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A la hora de valorar la normalidad de una sociedad, el arte posee tanto valor de criterio como la justicia social o la moral

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La exacerbación de la cantidad como norma de medida en detrimento de la calidad, algo patente en el ámbito del arte y la cultura, hoy atravesado por una desalentadora trivialidad, constituye otro de los signos de nuestros tiempos. Se sacrifica la calidad en aras de la cantidad, de donde se deriva la brutalidad de una industria sin arte. Jorge Luis Borges decía que en la Edad Media había pocos libros, pero todos eran esenciales; justo lo contrario de lo que encontramos ahora. Y es que a la hora de valorar la normalidad o no de una sociedad, el arte, la estética en general, posee tanto valor de criterio como, por ejemplo, la justicia social o la moral. En este sentido, resulta sintomático que una de las quejas más reiteradas hoy en día, incluso por hombres y mujeres cultivados, sea la dificultad de entender el arte contemporáneo. Podría decirse, pues, que nuestra sociedad es como el arte que produce y que este arte, convertido cada vez más en actividad frívola y superflua, sobre todo después de las vanguardias desarrolladas a lo largo de los últimos cien años, refleja con todo detalle la precariedad de nuestra desgarrada alma. Pero, ¿qué es en verdad el arte y cuál es el estatuto ontológico que ocupa ahora? En definitiva, ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de arte?

¿Qué es el arte o qué es el hombre?

La cuestión del arte (o las artes) no constituye un tema menor, ni es un lujo para diletantes. Al contrario, somos de la opinión, con George Steiner, de que toda interpelación sobre el arte nos remite irremediablemente a la centralidad de la antropología. Dicho de otro modo, preguntarse qué es el arte puede ser perfectamente una manera de preguntarse qué es en realidad el ser humano. No en vano, Aristóteles consideraba que la finalidad del arte no era otra que el propio hombre. En otras palabras, el arte persigue la felicidad del ser humano.

Según la doctrina tradicional del arte, arrinconada con el advenimiento de la modernidad, el arte es aquello con lo que el hombre trabaja, de ahí que podamos hablar de cosas bien hechas, es decir, hechas con arte, ya sean cuadros o sinfonías, pero también utensilios o ropa, por ejemplo. Según esto, el arte es más un medio que un fin en sí mismo, lo que vendría a denunciar y rebatir la aberración del esteticismo moderno que habla del arte por el arte. Por ello conviene recordar que todo lo que el hombre ha realizado con arte a lo largo de la historia ha obedecido a una doble finalidad, a la vez utilitaria e intelectiva.

En efecto, el arte no responde (tampoco la moral) al gusto de unos pocos que, respondiendo a una sensibilidad más marcada, se sienten atraídos por el arte, sino a una necesidad profunda de todo ser humano. No necesitamos el arte sólo porque éste nos guste, del mismo modo que no somos buenos sólo porque nos guste ser buenos. Como afirma Ananda Kentish Coomaraswamy, "las cosas hechas con arte responden a necesidades humanas, de lo contrario son lujos. Las necesidades humanas son las necesidades del hombre íntegro, que no sólo vive de pan" (Sobre la doctrina tradicional del arte, J.J. de Olañeta editor, p. 13). Y, por supuesto, no podemos prescindir bajo ningún concepto de algo que es necesario. El arte es, por tanto, como el aire que respiramos; ni más ni menos. Necesitamos cosas artísticas, es decir, bien hechas, con arte, que sirvan para los menesteres tanto de la vida activa en el mundo como de la vida contemplativa o del espíritu, valga la expresión; sin que ello signifique que el espíritu no pueda habitar en el mundo de lo cotidiano o esté ausente de él.

Igualmente, el arte posee una finalidad intelectiva, en el sentido que muestra y, por tanto, expresa y comunica ideas, hasta el punto de que el cómo del arte siempre debe estar al servicio del qué. No hay nada de irracional o evasivo en el arte de las distintas culturas tradicionales del mundo; y tradicional significa aquí también normal, como es concebido por Platón o Al-Farabi, por ejemplo. De ninguna manera constituye el arte un medio para evadirse de los asuntos problemáticos de la vida. Al contrario, toda obra de arte tradicional, de la pintura a la danza, de la caligrafía a la música y el teatro, posee un significado; no sólo es apariencia. Hay algo que no sólo es para ser contemplado sino también conocido. Y es que el arte tradicional no es sentimental (no es un asunto de sensaciones), como suelen considerar la experiencia estética, después de la modernidad. No es sentimental, insistimos, sino intelectivo y expresivo, y, por ello, podemos afirmar como los clásicos que la belleza es el esplendor de la verdad y no simplemente lo que nos gusta, porque, como razona San Agustín, hay a quien le gustan las deformidades.

Donde hay algo de verdad forzosamente hay belleza, y viceversa. La catedral de Chartres o la mezquita del viernes de Isfahán, dos joyas de la arquitectura religiosa universal, en las que una belleza natural y un sentido intrínseco de la armonía están presentes sólo fueron posibles debido al conocimiento atesorado por las sociedades en que fueron levantadas. Éste es el arte de verdad y ésta es la verdad del arte.

Artista, ¿hombre o genio?

Según lo expuesto anteriormente, en un contexto tradicional todo el mundo posee algún tipo de arte (¡y por lo tanto puede ser considerado artista!), ya sea escribir, pintar, esculpir, cocinar, construir casas, diseñar ropa, moldear jarras o incluso cultivar la tierra, a diferencia de lo que la modernidad ha erigido en dogma, a saber, que el arte es algo que sólo puede realizar el genio, una clase especial de hombre dotado de una especial sensibilidad, única y exclusiva, encarnación del nuevo espíritu prometeico. “El artista no es un tipo especial de hombre", señala Coomaraswamy, "sino que todo hombre es un tipo especial de artista" (La transformación de la naturaleza en arte, Kairós, p. 54). Y en una sociedad en la cual sólo los genios son artistas ya casi nadie siente como propia la responsabilidad de hacer bien las cosas, es decir, con arte, porque casi nadie opera según su vocación o inclinación natural. Todo el mundo hace lo que puede, si es que se tiene la suerte de trabajar.

Así es como lo que ahora llamamos arte se ha convertido en una actividad especializada (y no necesaria y vital para el ser humano como veíamos), cada vez más fútil y superflua, llevada a cabo por unos artistas profesionales, la principal preocupación de los cuales es el experimentalismo estilístico sin límite y el vertido exterior de su mundo psicológico, enardecido por un exhibicionismo fuera de medida, fruto del culto al individuo y la sobrevaloración del genio personal, tan lejano, por ejemplo, del sabio y discreto anonimato medieval. En este sentido, conviene recordar que lo más profundo y sublime del arte universal ha sido anónimo. En definitiva, el arte rara vez expresa ya verdades, sino simples sentimientos personales, ya sin valor universal sino sólo de interés puramente estético. En un contexto así no es casualidad que la originalidad se haya convertido en valor supremo del arte. Pero no la originalidad entendida al modo gaudiano como indagación desde los orígenes, es decir, la tradición, sino como necesidad casi enfermiza de ruptura con todo y todos, como si el canon lejos de liberar fuera una prisión.

La aventura del arte

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Tal vez el arte sea la única posibilidad de lograr una cierta experiencia de trascendencia para el hombre contemporáneo

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Sin embargo, podemos afirmar que a pesar de que el desierto avanza sin desmayo aún es posible encontrar pequeños pero salvíficos oasis en que el arte no ha dimitido de su función noética y, en consecuencia, no ha sido reducido sólo a sus aspectos meramente sensitivos y emocionales. Aunque hay artistas, verdaderos héroes, que entre tanta vanidad y tomadura de pelo todavía aspiran a transmitir sentido y significado. Más aún, en un mundo tan escéptico y cercenado como el nuestro, donde no sólo lo divino sino también lo sagrado han sido desterrados, tal vez el arte, este arte puede que ya no religioso (porque no puede serlo) pero sí de reminiscencias espirituales, sea, tal como sugiere el ya mencionado George Steiner, la única posibilidad de lograr una cierta experiencia de trascendencia que le quede al hombre contemporáneo (Presencias reales. ¿Hay algo en lo que decimos?, Destino, 2007). Ya Vasili Kandinsky (1866-1944) había insinuado en su célebre De lo espiritual en el arte, del año 1911, que el arte era en el siglo XX un lugar privilegiado para mostrar lo sagrado.

En el manifiesto que el pintor ruso Mark Rothko (1903-1970), uno de los artistas más destacados de la llamada Escuela de Nueva York, escribió, en 1943, junto con Adolph Gottlieb: "Para nosotros, el arte es un viaje a un mundo ignoto (...). Sólo lo pueden emprender aquellos que no temen arriesgarse". El arte constituye una indagación creativa que, por su propia naturaleza aventurera, digámoslo así, exige un tránsito constante, no permanecer anclado en nada (menos aún en una moda) que no sea el propio compromiso artístico con la verdad del arte y el arte de verdad. Y eso, más que la recreación de lo nuevo por lo nuevo, es la búsqueda permanente. El arte implica aventurarse en cuerpo y alma en lo ignoto, pisando esta tierra ignota que, en definitiva, es el fondo insondable de la realidad realmente real que, aunque mostrándose ante nosotros sin pausa a través de múltiples signos, no somos capaces de percibir, tan saturados de nosotros mismos como estamos. El arte es, pues, un viaje; un viaje que transita por sendas nunca antes pisadas y, por tanto, siempre nuevas.

El arte es caminar de perplejidad en perplejidad, como diría el poeta sufí persa Mawlana Rûmî (m. 1273), maestro de derviches giradores. De ahí que un artista de verdad, ya sea un poeta, un músico, un pintor o un bailarín, no importa la disciplina artística que cultive, nunca se repetirá mecánicamente, lo cual no quiere decir que no estime la repetición entendida como insistencia -y el esfuerzo que ésta comporta- y como ejercicio al límite que posibilite que algo pueda suceder. Justamente es el artista el que mejor sabe que en la vida nada valioso se consigue sin esfuerzo y que son las cosas vividas al límite y en el límite las que tienen un valor especial.

La experiencia artística del verdadero artista de verdad conlleva tanto hacer, un hacer muy particular, como esperar. El artista es el hombre vaciado de sí mismo a través del cual transita la palabra, el gesto, el color... que irrumpen en él mismo hablando sobre la naturaleza real de las cosas. El artista vive permanentemente en disposición de recibir. He aquí su particular pasividad activa, he aquí su tarea, como hermeneuta del silencio sagrado (la expresión es de Agustín López Tobajas).

andrei rubliov

Fotograma de Andréi Rubliov, de Andrei Tarkovski.

Por todo ello, el artista es, lo decía Rothko en la citación mencionada, un hombre de riesgos, un ser humano que se arriesga, más allá de lo habitual. Aceptar la propia vocación artística, haber sentido cómo irrumpe en uno mismo lo Real, sin haber podido ofrecer ninguna resistencia, conlleva no poder vivir como antes. Como apunta Steiner, la pequeña casa de nuestro yo miedoso no puede ser habitada nunca más como si nada hubiera pasado. El artista, así como el espiritual, más allá del clima en el que haya nacido y se haya desarrollado su misión, experimenta una presencia real que le empuja a cambiar de vida. Nadie sube a la montaña (sagrada) y regresa igual; nadie hace la experiencia del ángel sin mudar de piel; nadie mira cara a cara la luz sin quedar. El arte, al igual que la espiritualidad, no es un juego ni tampoco un adorno o un lujo superfluo, sino algo, ya lo hemos dicho, suficiente, necesario y vital como el aire o el pan.

Sin embargo, la experiencia artística no queda en el artista. Su muerte como hombre es un servicio a los otros, a la comunidad. En definitiva, los muertos son los que nos ayudan a entender mejor la vida, porque la muerte no es el opuesto de la vida sino que tan sólo lo es del nacimiento. Y, al mismo tiempo, los muertos, en este caso los artistas, nos ayudan a los vivos (a través de su ejemplo, es decir, de sus creaciones hechas con arte) a morir también nosotros a nosotros mismos. El arte es riesgo. Una obra, toda obra, habla del arte de arriesgarse y del arte del riesgo.

Pues bien, todo lo dicho es lo que emparenta, justamente, arte y espiritualidad, 
lo que hace que un espiritual pueda ser considerado un artista del camino interior, del mismo modo que en el verdadero artista de verdad, cuando no es un ególatra atacado de esnobismo, se dan los rasgos propios de toda indagación espiritual y, en primer lugar, la capacidad de trascender una razón que es capaz de abrirse a las mil y una posibilidades que la Vida -ahora sí, con mayúsculas- ofrece en todas partes. El espiritual, al igual que el artista a su manera, nos muestra mediante su ejemplo vivo otros rostros de la realidad o, mejor dicho aún, la naturaleza real de las cosas. El espiritual encarna en sí mismo su propia investigación, pues podríamos decir que la ha in-corporado; él mismo es el resultado de su propia indagación, de su viaje. Y es que lo espiritual no es un añadido a la vida, sino esta misma vida en plenitud. De aquí que el espiritual, el hombre habitado por el espíritu, sea como se muestra y se muestre tal como es. Insistimos una vez más: ni el arte ni la espiritualidad son ninguna pose. Por eso resulta tan creíble su verbo: porque escriben lo que viven y viven lo que escriben. Y es que lo bonito sólo gusta, pero la belleza conmueve, porque es el esplendor de la verdad. Allí donde hay belleza hay verdad; y donde hay verdad encontramos la presencia arrolladora de la verdad.

Resumiendo, no hay arte serio, al igual que tampoco hay espiritualidad seria, sin que se den tres elementos primordiales e irrenunciables: pasión sin medida, paciencia ilimitada y atrevimiento irreducible. Apenas lo que todo amor de verdad exige: pasión (que es entrega), paciencia (que es saber estar siempre más allá de todo) y atrevimiento (que es riesgo). ¿Resultará, pues, que el arte y la espiritualidad exigen estar enamorados?

Pero son siempre los poetas los que saben decirlo todo mejor. Escribe Rûmî, una vez más Mawlana Rûmî: "Tienes que saber, amigo mío, que todo en el universo es una jarra llena hasta arriba de sabiduría y belleza. Todo es una gota de la belleza divina que, debido a su plenitud, no pudo contenerse. Era un tesoro escondido y por su propia plenitud brotó e hizo que la tierra brillara aún más que los propios cielos".


Fondo y forma: influencia recíproca

George Steiner

“Al sugerir que una novela pueda ser una fachada o una máscara para una doctrina filosófica, nos equivocamos. La relación entre el pensamiento y la expresión es siempre recíproca y dinámica. Su manifestación menos inadecuada puede encontrarse en la danza (y por esto el Renacimiento vio en la danza una alegoría de la creación): el bailarín traduce al lenguaje del movimiento una reflexión sobre la pasión o la realidad; la metafísica se traduce mediante las técnicas de coreografía. Pero a cada instante de la danza, las formas y la expresividad del movimiento engendran nuevas percepciones, nuevas mitologías. El deleite, nacido de la mente, se vierte en la oleada exterior del cuerpo; pero el estilo formal, las particularidades del gesto que nunca pueden repetirse, son en sí mismas creadoras de mito y éxtasis (…) la forma y el contenido se influyen mutuamente en continua reciprocidad.”

Fragmento de Tolstoi o Dostoievski (1959).


La espiritualidad según algunos artistas

Las siguientes citas de diversos artistas han sido extraídas de una recopilación realizado a lo largo de su vida por la escritora francesa Marguerite Yourcenar (La voz de la cosas, Gadir, 2005).

Aquí abajo soy inasible
Vivo entre los muertos
Y los aún no nacidos
Un poco más cerca de lo habitual
Del corazón de todo
Un poco más lejos de lo que debería.

Paul Klee

 

La vía del exceso conduce al palacio de la sabiduría.
El que desea y no actúa engendra pestilencia.
El necio no ve el mismo árbol que el sabio.
El orgullo del pavo real es el placer de Dios.
El celo del morueco es la abundancia de Dios.
La furia del león es la sabiduría de Dios.
El desnudo de la mujer es obra de Dios.
La alegría preña; el dolor pare.
La cisterna contiene; la fuente desborda.
Hacen falta milenios para crear una florecilla.
Hay que desechar por siempre jamás la idea de que el hombre tiene un cuerpo distinto de su alma.
A la cabeza corresponde sublimidad; la emoción, al corazón; la belleza, a los órganos sexuales. A las manos y a los pies corresponde la proporción.

William Blake, Proverbios del Infierno

 

¿Cuántos años puede permanecer una montaña
antes de ser arrastrada al mar?
¿Cuántos años pueden algunas gentes vivir
antes de conocer la libertad?
¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza
fingiendo no ver nada?
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento,
la respuesta está flotando en el viento.

Bob Dylan

 

¿Quién dice que todo desaparece?
Del pájaro que hieres,
¿quién sabe si no queda el vuelo?
Y tal vez las flores de las caricias
nos sobrevivan y también su tierra.

No es el gesto lo que permanece,
pero nos reviste con la armadura
de oro, de los costados a las rodillas.
Y la batalla fue tan nítida,
que un ángel la lleva tras nosotros.

Rilke, Poemas franceses

 


Entrevistas

Por Núria Pujolàs


 

Anna Caixach (teatro):

"Hay quien convierte en arte cualquier acción que emprende"

Licenciada en Arte Dramático por el Institut del Teatre de Barcelona y doctoranda en Artes Escénicas. Ha realizado el trabajo de investigación doctoral «El Arte como vehículo. La dimensión sagrada de las artes performativas», sobre el trabajo post-teatral de Jerzy Grotowski.


Dices: "En las enseñanzas de la antigüedad la primera condición al iniciar el camino de la liberación era conocerse a uno mismo, siendo las artes un soporte para esta búsqueda interior". ¿Podemos hacer este crecimiento personal y espiritual a través de las artes? Esta investigación surge de una necesidad profunda del ser humano; una necesidad que hemos tenido siempre y que seguimos teniendo actualmente. En lugar de buscar la respuesta a esta necesidad dentro de nosotros la hemos estado buscando cada vez más lejos de nosotros. Pero el camino de regreso es cada vez más evidente para más personas. Hay quien utiliza las artes para hacer este camino. También hay quien convierte en arte cualquier acción que emprende. El arte nos pide sensibilidad, pasión, entrega, atención, detalle... Cualquier acción que realizamos con esta calidad nos ofrece la posibilidad de un camino de autoconocimiento y plenitud. Hay que saber escuchar esta necesidad y hay que saber ver el camino que se abre ante cada uno. Esto tiene que ver con descubrir nuestras raíces y las propias alas

Dices: "El TEATRO se ha convertido en un espacio esterilizado que ha dejado muertas todas las posibilidades para alguna cosa real, viva." ¿Qué cambio convendría? El cambio que necesita el teatro es el mismo que necesita la sociedad actual. Exactamente lo mismo. El teatro que tenemos es el reflejo de una sociedad consumista, egoísta, perdida, engañada, alienada, que no quiere ver ni saber, y silencia lo que podría nacer de aquella mirada despierta y curiosa que parecemos haber perdido. Ocultamos nuestra propia belleza queriendo aparentar lo que no somos pero que nos han dicho que deberíamos ser. Tenemos miedo a descubrir quiénes somos, mostrarnos tal como somos, ser quien somos. Somos una sociedad basada en una imagen irreal del ser humano que hay que conseguir para ser aceptado pero que no nos hace de ninguna manera felices. El cambio es volver a aquello que nos es natural. Hay un ritmo natural... Debemos reencontrar la conexión con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea. Este retorno implica cambios en todos los niveles (orgánico, biológico, espiritual), en todo nuestro ser, comenzando por nuestra cotidianidad. En nuestra vida por ejemplo: ¿qué hacemos?, ¿qué comemos?, ¿cómo nos relacionamos?, ¿cómo escuchamos?, ¿cómo miramos?, ¿qué pensamos?, ¿qué sentimos?, ¿qué queremos realmente?, ¿qué necesitamos realmente? Debemos cuestionarnos nuestra vida y buscar respuestas dentro de nosotros mismos y no en lo que nos han enseñado, hemos aprendido, nos han dicho. Tenemos que encontrar nuestras propias respuestas. Sólo aprendiendo a estar solos podremos estar realmente con los demás. El teatro es el encuentro verdadero con el otro. Este teatro es posible. Otra vida es posible.

David Jou (poesía):

"El espíritu invita al poeta a hacer de las inquietudes de los demás sus propias preocupaciones"

Escritor y catedrático de física de la materia condensada en la UAB. Ha escrito varios libros de ensayo como "Dios, cosmos, caos. Horizontes del diálogo entre ciencia y fe", o "Poesía del infinito. Ciencia y mística", así como una extensa obra poética traducida a varios idiomas, entre ellos "Poemas sobre ciencia y fe", recientemente publicados.


¿Cómo riman la física, la fe y la poesía? La física invita a estudiar la lógica profunda del mundo, revela que más allá de la racionalidad del cerebro humano hay una racionalidad cósmica que gobierna el universo desde mucho antes de que existiera ninguna estrella ni ningún planeta. La fe ama esta racionalidad, pero va más allá de ella, y la complementa con nuevas facetas, como una lógica creacional del mundo, en la que la existencia del mundo es un don y tiene un sentido, y la vida tiene un significado profundo que supera el dolor y la caducidad. La poesía va dejando constancia de la vida: es pregunta y es celebración, es música y es reflexión, es soledad y es comunicación, es emoción y es razón.

Si como tú dices la poesía te ha ayudado a ser más libre, ¿qué te ha proporcionado el espíritu? La ciencia es una manera concreta, metódica, de hablar de ciertos aspectos del mundo –indudablemente apasionantes–, pero no invita a expresar ni las emociones ni las creencias –religiosas, sociales o políticas–. La poesía, en cambio, invita a esta dimensión expresiva, subjetiva, explícitamente apasionada, impura, libre. El espíritu invita a la poesía a ir más allá del juego de palabras y de los sentimientos puramente subjetivos: a explorar significados desde la conciencia de la vida –hay muchas maneras de hacer poesía, naturalmente, pero la mía ha sido ésta–. En cierto modo, el espíritu invita a sumar la universalidad de la ciencia y la individualidad de la poesía, a hacer de las inquietudes espirituales de los demás tus propias desazones y a pensar sobre ellas.

¿Cuál es el alma de la escritura? El silencio, la página en blanco, la contemplación, la sorpresa de la palabra que llega de repente y cuando menos lo esperas y que te arrastra hacia ideas y relaciones que ni tan siquiera sospechas, el don del primer verso que te ilumina y te abandona –como la fulguración de un rayo–, pero hace que sigas buscando en la oscuridad los versos que lo han de seguir.

Horacio Curti (música):

"La práctica musical no es sólo la música"

Maestro de Shakuhachi japonés (flauta vinculada a la espiritualidad zen), profesor del departamento de musicología de la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC). Coordina el área de músicas del mundo de Musikeon. (http://www.shakuhachi.es/)


Si entrevistamos a Horacio Curti ¿es imprescindible saber antes qué es el shakuhachi? El shakuhachi es una flauta de bambú japonesa, podríamos decir que es una flauta vertical porque se toca de forma vertical, muy sencillita de estructura. Sigue la máxima japonesa de: mínimos recursos para una máxima expresión. Es un instrumento que se originó en China y que en Japón formaba parte de la música de la corte, música elegante. En el siglo XIII un grupo de monjes budistas zen, los Komuso, tomaron este instrumento y lo usaron como una herramienta de meditación. Los monjes tenían prohibido hacer música con él. Desarrollaron una práctica, el Suizen, que es la meditación soplada que se hacía de forma individual. El lema de los monjes era ichi donde jobutsu, que quiere decir "alcanzar la iluminación mediante el sonido". Hacia finales del siglo XIX los sonidos del Suizen se empiezan a transmitir como música y reciben el nombre de honkyoku. Con el tiempo el instrumento fue entrando en diferentes espacios musicales: jazz, improvisación... Actualmente también se utiliza para meditar. Yo me sitúo en un punto medio. Para mí hay un elemento que denota este origen y que personalmente pienso que si no le damos importancia hay una parte de esta música que se muere, que no funciona. Piensa que hablamos de un repertorio de 22 piezas y podrían ser hasta 36. Son piezas breves. Hablamos de algo muy básico, pero muy complejo ya que hay mucha sutileza y riqueza.

En este estado ¿qué vínculo liga un arte como la música con el espíritu? Tengo la suerte de haberme encontrado con un instrumento que tiene este carácter que da importancia a la simplicidad. En el entorno oriental el valor de la forma (que en principio podría asociarse con la superficialidad) es un elemento liberador, se controla la forma para trascenderla. También he tenido la suerte de encontrar al maestro que encontré y este repertorio musical que me permite permanecer aquí. Llevo 15 años tocando una pieza, aunque la sigo aprendiendo y todavía tengo ganas de hacerlo. Hay un valor en todo este entorno que es el de permanecer. En este sentido hay muchos elementos del zen que han configurado mucho la cultura clásica tradicional japonesa y que facilitan llegar a un estado concreto. Este estado es el punto fundamental por el cual comunicar y transcurrir. La práctica musical no es sólo la música.

Perejaume (pintura y poesía):

"Como entre crear y repetir, las diferencias entre lo humano y lo no humano tampoco son tan claras"

Pintor y poeta galardonado con el Premio Nacional de Artes Visuales. En 1999 pintó los medallones del techo de la sala del Gran Teatro del Liceo. Ha publicado varios libros de poesía, ensayo filosófico y prosa poética..


En una entrevista dices que "todos escribimos por una decisión que no acabamos de tomar nosotros mismos, que la toma quizá el lenguaje o los muertos". De alguna manera parece que los que han escrito antes nos arrastran a escribir ahora. ¿La creación artística en general es esta llamada de los que antes han creado? No únicamente. La creación artística es como la creación botánica: crear y repetir. Hay una coordinación muy refinada entre estos dos verbos en la forma en que se suceden las cosas. Sí que es verdad que en el mundo hay mucha vida humana enterrada y esto despierta todo tipo de complicidades, de reconocimientos, de confusiones. Como entre crear y repetir, las diferencias entre lo humano y lo no humano tampoco son tan claras.

Si digo arte y espiritualidad tú dices... Son dos palabras de muy difícil trato. Por mi parte me las ahorro tanto como puedo porque son vagas y mayúsculas. Sólo haciéndolas silbar a través de un contexto muy sólido y concreto pueden llegar a decir algo, pero dichas en un espacio abierto comienzan, aumentan de vibración y se apagan tan lejos que ni sabemos dónde se apagan.

Dices que el mundo tiene una piel. ¿Y tiene un alma? Es difícil de ponderar el animismo: el grado de animismo de las cosas. De entrada siempre he creído que es probable que las cosas tengan mucha más alma de la que creemos, y nosotros, en cambio, bastante menos de la que creemos tener. A veces entre el mundo y nosotros no acaba de haber dos almas ni piel que las separe. Cuando tengo la ilusión de comprender algo puedo pensar que quizás es la tierra que autopercibe en mí, o incluso que fabula o se autoengaña a través mío. Formamos parte de lo que hacemos, de lo que decimos, y de donde lo hacemos y lo decimos. El mundo es el local donde se producen las elucubraciones humanas, y local y elucubraciones resultan, para los seres humanos, inescrutables. De todas formas, quedan tantas maravillas a conocer…

Publicado en Dialogal número 45 (primavera de 2013).