Reflexión: Nº 3, julio 2014


Agustin Pánikerpor Agustín Pániker

A lo largo del siglo xix y buena parte del xx una de las tareas más titánicas realizadas por los eruditos fue la textualización de las tradiciones religiosas del mundo y la elevación de algunas de sus enseñanzas a la categoría de “Biblias” o “Evangelios”. Eso forma parte del proyecto de la Modernidad, que entiende –y exige– que toda tradición religiosa que se precie ha de estar fundamentada en algún corpus escritural.

En el caso del hinduismo, dicho corpus revelado es, por mayoría absoluta, el Veda (o alguna porción suya), afianzado definitivamente a mediados del xix como el canon del hinduismo. Y, lógicamente, éste posee su “Evangelio”: la Bhagavad-gita. ¿Por qué los orientalistas europeos y los líderes neohinduistas escogieron por “Evangelio” este bello Canto? Se me ocurren varias razones.

Para empezar, la Gita ya había sido traducida al inglés a finales del xviii (de hecho, fue el primer texto sánscrito en traducirse directamente a esa lengua). El Canto, prologado por el propio gobernador colonial, fue recibido con admiración en Europa.

En segundo lugar, el neohinduismo precisaba de un texto “clásico”, sánscrito, perteneciente al genuino período “hindú”. De esta forma, la textualización de la tradición marginó la literatura en otras lenguas y hasta textos sánscritos posteriores.

En tercer lugar, se requería una enseñanza que promulgara la acción. La doctrina de la Gita podía leerse en términos de una religión socialmente comprometida. Así la entendieron pensadores como Tilak, Besant o Gandhi, que de esta forma se escudaban de la crítica de los misioneros a la vez que se equiparaban a su activismo.

El neohinduismo requería un texto ecléctico; un escrito que defendiera la “ortodoxia” brahmánica pero que al mismo tiempo se constituyera como religión moderna y reformada. La elección de la Gita era lógica. Su ductilidad permite integrar las tres vías clásicas de la religiosidad índica: el camino de la acción (karma), la senda de la devoción (bhakti) y la vía del conocimiento (jñana).

No puede escapar, asimismo, que es un libro fácil de compaginar con un monoteísmo de estilo abrahámico. Además, la Gita promulga la doctrina de los avataras que podía competir con la teología cristológica e incluso hinduizar al avatar Jesucristo.

La Gita contiene un mensaje universal. Si el neohinduismo es, en parte, la toma de consciencia del universalismo latente en las corrientes hindúes, la Gita encajaba a la perfección como “Evangelio”. Por la acogida que el texto ha tenido tanto en la India como en el exterior puede decirse que el neohinduismo ha sido exportado con éxito. Para numerosos hindúes la Gita contiene la esencia del Veda. Y, desde luego, es mucho más conocida y leída que el Veda.

Una razón final radica en su brevedad y lenguaje altamente poético.

La canonización de la Bhagavad-gita sólo puede entenderse con el telón de fondo del proselitismo cristiano, del emergente nacionalismo hindú y de la colonización e hibridación del pensamiento y la cultura. Urgía combatir con un libro a las religiones del Libro. Únicamente en este contexto pudo ser desgajada del Mahabharata y elevarse a la categoría de libro sagrado del hinduismo. Todo lo cual no resta ni un ápice la potencia, originalidad y profundidad de la Gita. Tal vez el Canto no fuera el “Evangelio” del hinduismo, pero hoy es lo que más se le parece.