Reflexión: Nº 2, enero 2014


por Agustín Pániker

Entren en cualquier librería, rebusquen y encontrarán multitud de libros sobre yoga. No hay barrio o ciudad que no tenga su centro de yoga. Los gimnasios lo han incorporado con absoluta naturalidad –aunque no siempre profesionalidad–. El yoga forma parte de nuestro paisaje social y cultural. Tenemos amigos y –sobre todo– amigas que practican hatha-yoga, yoga Iyengar, el método Ashtanga, participan en sesiones de kundalini-yoga, etcétera. “Yoga” es, en fin, otra de esas palabras originarias de la India que han sido nacionalizadas por los diccionarios occidentales. Sin embargo, un pequeño repaso a su etimología y sus significados puede arrojar luz sobre matices no siempre visibles en nuestras latitudes.

En los antiguos himnos védicos, donde la palabra aparece por vez primera hace más de tres mil años, el término significaba “tiro” (de caballos) y se utilizaba en relación a los carruajes de las divinidades (emparentada a la castellana yugo). De esta forma los caballos quedaban “unidos” y “controlados” por el auriga. Este ya es el sentido que le otorgaba el genial gramático Panini (c. siglo -vi): “unión” (con lo Supremo). En esta acepción, yoga posee evidentes afinidades con el significado latino y cristiano de religio.

Simultáneamente, yoga también se utilizó en el sentido de “práctica” o “método”. Estudiar es yoga, realizar los ritos es yoga, el canto es yoga. Su significado se aproxima mucho al de práctica espiritual (sadhana). Ampliando este espectro, yoga designa un “camino espiritual” completo. Esta ha sido su acepción más común en la literatura hindú. Para una mayoría de indios, el yoga no es ninguna gimnasia sino una senda de crecimiento espiritual.

La cosa es lógica. Como nombre propio Yoga designa a una importante escuela de filosofía, fundamentada en los Yoga-sutras del maestro Patañjali (c. siglo i). El sentido que ahí se le da es distinto. A pesar de la importancia que concede a las posturas (asanas) o a la respiración (pranayama), tanto o más peso le otorga a las enseñanzas morales, éticas y meditativas. En el famoso primer aforismo de los Yoga-sutras se afirma que «el yoga es la restricción de las fluctuaciones de la consciencia». Para esta filosofía, la finalidad del yoga es casi la contraria a la de “unión”. Silenciando la mente, restringiendo las fluctuaciones de la consciencia, el Yoga invita a tomar la posición del Testigo: el purusha (el espíritu o sujeto puro), eternamente presente ante la prakriti (la Naturaleza u objeto), pero sin procesos mentales que los unan. Simplemente existirá el acto de conocer. Este yoga entronca con tradiciones y prácticas contemplativas muy arraigadas en la India (y se muestra afín a la meditación budista).

Pero el yoga, que hunde sus raíces en todas las idiosincrasias de la India, también remite a tradiciones chamánicas, esotéricas y tántricas. Es en estas tradiciones donde la revalorización del cuerpo adquiere gran preeminencia y éste se convierte en micorcosmos o templo de lo Divino. La práctica físico-espiritual se torna en vía de acceso a lo trascendente.