Reflexión: Nº 2, enero 2014


por Berta Meneses

El sistema educativo actual se caracteriza por articular un currículum y un sistema de evaluación basado de forma preponderante en el desarrollo de las capacidades cognitivas. Este modelo queda afianzado aún más dentro de la propuesta de educación de la LOMCE, que llega a discriminar las asignaturas en importantes y secundarias, obviando por tanto la importancia de potenciar todos los lenguajes en el ámbito de la escuela básica.

Ya en el 1983, Howard Gardner presentó su teoría de las inteligencias múltiples que abre una nueva puerta a la educación multidimensional. En esta línea se ha de continuar investigando y potenciando didácticas y metodologías que las incluyan y yendo incluso más allá de la propuesta de Gardner: definiendo y desarrollando la inteligencia espiritual o inteligencia global intuitiva y perceptiva.

Por otra parte, sabemos que el mundo es un todo indisociable y es preciso abordar el conocimiento de forma multidisciplinar, comprender la complejidad de los fenómenos y las relaciones sistémicas entre todos los agentes que intervienen. Esta visión holística pone en duda los sistemas educativos que no tienen en cuenta la diversidad y se basan en criterios de selección. Hay que educar para cooperar porque así es la Realidad: una multiplicidad en interrelación, por esto la educación nunca se puede basar en criterios de mercado.

El momento actual también evoluciona hacia el desarrollo del pensamiento intuitivo, flexible y creativo que está potenciado por la entrada del mundo digital dejando atrás el pensamiento analógico y reproductivo. No podemos utilizar métodos, estrategias y procedimientos antiguos para resolver nuevos problemas y nuevas situaciones. Y no creo que la LOMCE pueda, con sus planteamientos, crear y potenciar una forma de educación superior que valoro se encuentra en peligro por ésta y otras muchas razones.

Una verdadera educación ha de vincular el aprender a ser, pensar, convivir y hacer, desde la experiencia propia, desde la vivencia personal. Para ello es preciso trasmitir la ilusión por el saber, la capacidad de sorpresa, la emoción delante de las manifestaciones artísticas o de los descubrimientos científicos; el gusto por aprender y la felicidad que nace cuando percibimos el verdadero sentido de lo que hacemos e incluso la visión más amplia que nos conecta responsablemente con el mundo. Porque la educación no sólo es una práctica que implica transmisión de conocimientos y habilidades sino también de formación de la persona en todas sus dimensiones. Se hace cada vez más imprescindible conocer y ayudar a que pueda emerger todo el potencial que cada alumno tiene y saber cómo y dónde puede ofrecer lo mejor de sí mismo a la sociedad.

Este planteamiento cuestiona la función del maestro o educador así como la de la autonomía y libertad de los mismos centros educativos tanto frente a los currículos como a la organización. El maestro ha de tener un nuevo papel: la de facilitador que ayuda a cuestionar la relación de los estudiantes con el conocimiento, en un proceso dinámico de escucha y construcción de estos aprendizajes, teniendo en cuenta las aptitudes individuales y las complejas interacciones entre personalidades, intereses, contextos sociales y culturales y experiencias de vida de los alumnos.

Considero, de forma general, que la vivencia de los valores ha de impregnar cada ámbito de la vida escolar. Por eso la dimensión social se ha de vivir plenamente en la escuela, potenciando el bien común, aprendiendo a tomar decisiones desde la cooperación y colaboración; tomando conciencia de la necesidad de transformar la sociedad para que sea más justa y pacífica. Porque educar en valores significa vincular y armonizar el cuerpo, la mente y el corazón.

Para finalizar, quiero explicitar un poco más la necesidad de que esta nueva educación contemple clara y cuidadosamente la dimensión espiritual del ser humano. Que acompañe a los alumnos y ayude a contactar y desvelar ese ámbito misterioso y sagrado que a todos nos configura. Y que esta realidad Trascendente les comprometa a una nueva visión de ellos mismos, de los otros y de la naturaleza que fomente sentimientos de bondad, belleza y amor.

Esta tarea educativa exige cambios profundos y grandes dosis de implicación por parte de las autoridades, los docentes, las familias, los alumnos… Pero no tenemos otra alternativa: ¡sólo la educación puede cambiar el mundo!