Reflexión: Nº 1, agosto-septiembre 2013


por Teresa Guardans

El curso que viene Sara empieza sus estudios de marketing en el mundo de la moda; Javier ha conseguido un contrato en Inglaterra, se va dentro de quince días. Daniel ha acabado audiovisuales y sirve copas en un bar. Pequeños y jóvenes viven buceando sin cesar por el ciberespacio: buscan contenidos, chatean, estrenan nuevas apps cada día…

Observo a esa ola de gente joven que palpita a mi alrededor, lúcidos, críticos, informados, comprometidos, alegres y preocupados a un tiempo, vivos, inquietos, valientes… Dentro de nada serán ellos y ellas quienes lleven las riendas. Y no se lo hemos puesto fácil: ¡qué complejidad les estamos legando!, ¡cuánto desequilibrio!, ¡cuántos renglones torcidos!

El 100% de la juventud que me rodea forma parte de ese 48% de jóvenes que -según las encuestas- se declaran agnósticos, ateos o indiferentes; que no muestran agresividad hacia lo religioso: simplemente “pasan”. Una proporción que no deja de aumentar. “No hay un alejamiento, lo que hay es una lejanía de la religión”, apunta el catedrático de sociología Alfonso Pérez-Agote.

Y mirándoles a los ojos, me hago la pregunta: ¿necesitan para algo la religión? Las religiones ¿les pueden aportar algo? A esa sociedad emergente que palpa a cada momento que no hay nada fijo, que vivimos tanteando, construyendo sin más guía que el esfuerzo de comprensión, el diálogo, el pacto, el interés por todo –si no queremos ir hacia la destrucción, conscientes de que nada ni nadie nos libra de la responsabilidad de la gestión de los sistemas planetarios…–, en ese constante fluir ¿de qué pueden servir unas verdades absolutas, caídas de no se sabe qué cielo, o las normativas y los códigos inamovibles, o unos lenguajes, gestos y rituales más y más incomprensibles…? Entonces, ¿qué?

Una voz acude en mi ayuda, la de Albert Einstein:  “Lo más bello que podemos llegar a experimentar es la cara misteriosa de la vida (…), es la captación de lo impenetrable, es reconocer las manifestaciones de la razón más profunda y de la belleza más exultante (…). Los genios religiosos de todos los tiempos se distinguieron por esa religiosidad cósmica que no sabe de dogmas ni de imágenes a medida humana (…). El individuo sabe de la pequeñez de sus deseos y de sus objetivos personales; este sentimiento es el leitmotiv de su vida en la medida en que ésta logre pasar por encima de la esclavitud de los deseos egocentrados (…) y es en este sentido, y sólo en este sentido, que me considero un hombre religioso…”

Y es en ese sentido y sólo en ese sentido –me subraya la voz interior– que las religiones pueden ofrecer algo a las sociedades científico-tecnológicas, globalizadas. Claro que sí. Como portadoras que son de un ingente legado de sabiduría. Siglos de experiencia de incontables maestros y maestras, dando voz a esa mirada maravillada, gratuita, desegocentrada, silenciada, impactada. Simiente de profundo respeto, de compasión, de veneración por todo lo que existe. Fuente de libertad interior. Dedos que apuntan a la honda experiencia de lo real, que ofrecen pistas, orientaciones para echar a andar en el camino que lleva más allá de sí y abre las puertas al misterio de la existencia.

¡Si toda esa sangre joven, esa vitalidad, esa creatividad, pudiera contar con la maestría de tanta experiencia de sabiduría!     Pero ¿seremos capaces de ponerla a su alcance? ¿Sabremos despojarla de tanto lastre? Ojalá el diálogo nos ayude a ahondar, juntos, en una tarea tan ingente, tan urgente.