Reflexión: Nº 8, verano de 2017


panikerpor Agustín Paniker, indólogo y editor de Kairós

La India ha aportado numerosas palabras a las lenguas occidentales. Son un ejemplo vocablos como champú, sándalo, catamarán, elixir, esvástica, jengibre, albaricoque, química y bungaló, entre otros. Un gran número de palabras de origen índico remiten al ámbito espiritual: nirvana, yoga, mantra, avatar, pagoda, karma… y la que posiblemente es la más conocida de todas: gurú.

Ahora bien, en nuestras latitudes algunos de estos vocablos han adquirido nuevos matices. En castellano, gurú se refiere tanto a un charlatán espiritual de dudosa reputación como a una persona de autoridad en una materia («el gurú de la informática»).

En la India, la palabra también tiene diferentes niveles de significado, si bien ninguno es peyorativo. Un maestro de yoga o un profesor universitario es un gurú, y una profesora de danza es una guruni. Y, por supuesto, quien nos guía hacia Dios o lo Numinoso es un gurú o «maestro espiritual».

En efecto, el gurú puede ser quien nos otorga el conocimiento liberador, el preceptor dotado de poderes misteriosos, el ser semi-divino que enseña la vía de la devoción amorosa o el docto pandit que transmite los conocimientos o los textos sagrados. En cualquiera de los casos, la iniciación a su enseñanza es esencial.

Estos sentidos se evidencian en las etimologías de la palabra. Por una parte, deriva de la raíz sánscrita gri, que significa tanto ‘tragar’ como ‘proclamar’. El gurú es quien ingiere la nesciencia y pronuncia la verdadera sabiduría. Por otra parte, proviene de gu, ‘oscuridad’, y ru, ‘romper’. Así, el gurú es la persona que rompe la oscuridad de la ignorancia con su luz.

Estas acepciones son válidas para todas las religiones de origen índico. El hinduismo –una religión sin iglesia- se podría conceptualizar como un vastísimo conjunto de tradiciones de maestros y discípulos que transmiten doctrinas y prácticas espirituales diversas (un gurú-paramparā). En la India, no hay yogui sin gurú ni enseñanza sin gurú. También el budismo concede una gran importancia al concepto; muestra de ello es el hecho de que la palabra tibetana lama corresponda a la traducción sánscrita de gurú. Pero es posiblemente en el sikhismo donde este término adquiere más relevancia.

Esta tradición sostiene que el Divino se ha expresado por boca de diez maestros humanos (un linaje que comienza con el gurú Nanak, en el siglo XVI); diez gurús que son hipóstasis del Gurú Eterno (Sat Guru, Akal Purakh o Wahi Guru). Dicho de otra manera: la Divinidad habla a través de los gurús del sikhismo y de sus escritos, recopilados en el Guru Granth Sahib (‘el Noble Libro que es el Guru’).

Esta glorificación del maestro parte de una premisa muy arraigada en la India. Aquel que conoce y realiza al Divino es el Divino. Porque quien coincide con su esencia espiritual puede presumir de ser, en toda regla, uno con Dios. Por eso determinados gurús de renombre suscitan una admiración y devoción exageradas. Pero, recordémoslo siempre, un gurú genuino no hace del dinero ni de la dependencia el eje de la relación con el discípulo.


Publicado en Dialogal número 40