Reflexión: Nº 8, verano de 2017


Laia de Ahumadapor Laia de Ahumada, Filóloga y escritora

Hay muchos padres y muchas madres que se hacen esta pregunta, refiriéndose a la espiritualidad de sus hijos, y se la hacen en un tono de preocupación, que es humano, pero como tal, es limitado. Es humano que los padres quieran lo mejor para sus hijos, pero es limitado si presupone que lo que a mí, como madre, me va bien, a ti, como a hijo mío, también te irá bien. Esta premisa errónea nos lleva a muchas otras preguntas y a una conclusión equivocada: ¡los debemos convertir! Quizá es porque ya no sabemos hacer nada más, porque hemos confundido las certezas con las creencias, y las creencias son lo único que nos queda, lo único que tenemos y que nos empeñamos en salvar del naufragio.

Yo propongo que las preguntas no partan de nuestra experiencia, sino de su realidad y que nos acerquemos a aquello que viven porque el futuro de las religiones ya está presente en ellos.

A los jóvenes –y a los no tan jóvenes- no les interesan ni las creencias ni las instituciones religiosas; les interesa la experiencia más bien que la razón. No quieren a nadie que les dé respuestas, sino a alguien que sea capaz de suscitarles preguntas, alguien que los acompañe, que los enseñe a profundizar en la búsqueda de su ser profundo, donde intuyen que encontrarán una infinitud que quizá llamarán Dios o quizá no, porque lo perciben mucho más infinito que el Dios antropomorfo que han heredado, o porque la palabra de Dios se les ha hecho demasiado pequeña a base de hablar sobre ella.

No buscan palabras, sino silencios. Están cansados de la palabrería y quieren un silencio que les permita conectarse con ellos mismos, parar el ruido de su pensamiento y encontrarse con ellos mismos. Buscan métodos para crear silencio, palabras para comprenderse y lugares donde compartir desde la experiencia.

El joven de hoy en día quiere transitar por caminos abiertos. El mundo actual no tiene fronteras y su pensamiento y su sentir tampoco las tiene. El Misterio que habita en ellos no sabe de formas ni de normas, ha roto las esclusas de la religión y se vierte en el mundo y en cada uno de ellos y ellas sin intermediarios; es una Presencia que invita a ser en plenitud, que les da posibilidades infinitas para ser también quienes son. Por esto no quieren saber nada de la religión y sí de la espiritualidad, porque ésta engloba y no excluye; abraza el ser de las personas, sea cual sea su religión –o no religión-, desde un respeto absoluto por las creencias de cada cual, ya que va más allá –o más adentro- de las religiones.

Si, como decíamos al principio, escuchamos las respuestas, nos sentiremos llamados a viajar ligeros de equipaje desde las creencias de nuestros padres hacia a lo que nosotros, con un cierto desconcierto, intuimos, y que nuestros hijos, con muy pocos referentes, ya están viviendo de forma natural. Si, en cambio, seguimos obsesionados por traspasar creencias y desoímos las preguntas que nos interpelan, estamos dejando que las generaciones futuras queden huérfanas de una sabiduría que ha iluminado a la humanidad desde que lo es y que solo nosotros, ahora, podemos traspasar.


Publicado en Dialogal número 41