Reflexión: Nº 8, verano de 2017


Francesc-Xavier Marínpor Francesc-Xavier Marín, Islamólogo y profesor de la Universidad Ramon Llull

Para muchos (quizá para la mayoría) la cuestión central no es el estudio de lo básico del islam, la profundización en sus fundamentos o la consideración de la esencia que lo constituye, sino, exclusivamente, el debate sobre su lugar en Europa. Cada vez más resuena en el debate público una consigna repetida hasta la saciedad: no tiene cabida en nuestra sociedad una determinada manera de entender el islam ni unos determinados símbolos de pertenencia a la comunidad islámica. Hay mucho en juego en este planteamiento que abarca posturas sustancialmente matizadas: desde los que preferirían la invisibilidad de las expresiones religiosas en la esfera pública hasta los que consideran que el islam es totalmente incompatible con los valores occidentales, pasando por los que identifican indiscriminadamente islam con la inmigración.

Sea como sea, en todos estos planteamientos anida el debate sobre la política identitaria: ¿quiénes somos, qué queremos ser y qué hacemos para conseguirlo? Para algunos la cuestión surge porque han adoptado el islam o porque han emigrado y no pueden evitar contrastar su ubicación actual con la situación anterior. Para otros el desencadenante de la pregunta sobre la identidad es la constatación de habitar en un espacio donde se ha incrementado en muy pocos años la pluralidad en todos los órdenes de la existencia. Sin embargo, para los primeros y los segundos, la reflexión sobre la propia identidad resulta inseparable de la consideración sobre el sentido de pertenencia a una comunidad. Y, como consecuencia de todo esto, está íntimamente ligada a los esquemas sobre mayorías y minorías sociales, al respeto a la dignidad, al reconocimiento de los derechos vinculados a la ciudadanía o al trabajo colaborativo en la construcción de la sociedad.

No hay sentido de pertenencia a una comunidad si uno se siente excluido; no se tiene sensación de estar bien arraigado en una situación si no se tiene la percepción de haber establecido vínculos. La percepción sobre los otros nos fuerza a la autopercepción porque identidad y alteridad van de la mano. El problema no es que no dispongamos de los mecanismos para aprender a vivir en un mundo globalizado donde las fronteras se han convertido en fluidas hasta el extremo, sino que a veces no nos sentimos con suficiente fuerza para convivir en un mundo atravesado en su totalidad por la pluralidad. Uno puede sentirse extraño en su casa al mismo tiempo que intuye los efectos negativos de la invisibilidad social. Sea como sea, sin sentido de pertenencia uno no se siente reconocido como ciudadano de pleno derecho ni vinculado a una comunidad con suficiente fuerza como para sentir como propias las preocupaciones sociales. Aquí arraiga una de las paradojas políticas más flagrantes de la presencia del islam en nuestra sociedad: se emite un cierto tipo de discurso que quiere regular el fenómeno que dicen que podría perturbar la cohesión social, al mismo tiempo que, con este mismo discurso, se neutraliza el conocimiento sobre la alteridad, al no dar voz a los musulmanes.


Publicado en Dialogal número 38