Reflexión: Nº 8, verano de 2017


por Carles Ramos Catalán – Escritor

Vivimos inmersos en un gran espejismo de información. Parece que hoy en día no hay nada que no podamos saber zambulléndonos dentro de la gran red de internet. Tecleamos algunas palabras clave y se hace la luz: el mundo estalla en un inmenso barullo de bits y más bits de datos repartidos en un infinito bosque de páginas web. Acostumbrados a separar el grano de la paja, los internautas se aferran al ratón y, clic tras clic, abren y cierran páginas y más páginas hasta que con suerte encuentran aquello que buscan. El universo entero a una página de distancia. Pero debemos ser precisos, el buscador necesita el máximo de información con el mínimo de palabras. Y así acabamos descubriendo que no tenemos alternativa, que quizá han cambiado las herramientas y quizá también el entorno, pero no la esencia de nuestra prisión: estamos encerrados dentro de los muros infranqueables del lenguaje.

¿Cómo era la vida antes de adquirir el lenguaje? ¿Qué veíamos cuando mirábamos las cosas sin palabras que las nombrasen? Las voces, los colores, las sensaciones que llenaban nuestros sentidos, todo aquel universo prelingüístico, lo perdimos para siempre cuando las palabras gradualmente fueron llenando nuestro cerebro hasta colonizarlo absolutamente. No hay vuelta atrás, vivimos enredados en el lenguaje sin remedio posible. Solo hay que fijarse en algún niño que tiene poco desarrollado todavía su uso para intuir que, de camino al universo que le vamos imponiendo de manera persistente, él todavía ve cosas donde nosotros solo vemos ideas.

Después de aprender a hablar, a poner nombre a las cosas y a formar frases correctamente, se accede a la escritura. El hecho de hablar, leer y escribir es el gran legado de la humanidad como especie. Salimos a la plaza pública y, vayamos donde vayamos, leemos; lo hacemos constantemente, ya sea nombres de calles, mensajes publicitarios, el periódico que llevamos con nosotros o alguna frase suelta del periódico del compañero del asiento del autobús. Y aunque jamás en la historia de la humanidad haya habido tanta gente alfabetizada, la palabra sigue siendo el gran misterio: nos lo muestra todo y al mismo tiempo, inevitablemente, nos lo esconde.

Leemos el Génesis; y el relato del sacrificio de Isaac nos deja todavía helados. Aquel viaje de tres días en que el hijo pregunta al padre dónde está el animal que sacrificarán. Leemos la Antígona de Sófocles y vemos que las leyes arbitrarias no pueden nada contra la voluntad de quien es capaz de llevar hasta las últimas consecuencias el compromiso con las leyes no escritas. Leemos el Rey Lear de Shakespeare, el Quijote de Cervantes o los Ensayos de Montaigne. La palabra es el legado que hemos recibido de la humanidad entera que nos ha precedido; y, llenos de palabras, trasegamos nuestros egos, soportamos nuestras fatigas y nos aferramos a las grandes construcciones ideológicas para evitar vivir a la intemperie.

Nadie está obligado a ser Antígona; la convivencia se haría imposible. Pero podemos utilizar las palabras con respeto, leerlas y escribirlas sabiendo que esconden un misterio irresoluble y mortal. Lo decían nuestros abuelos: la palabra dada es sagrada.


Publicado en Dialogal número 34