Reflexión: Nº 7, otoño de 2016


Laia de Ahumadapor Laia de Ahumada, Doctora en Filología, escritora y miembro del equipo directivo del Centre Obert Heura.

«Yo soy el que soy" (Ex. 3, 14), responde Dios a Moisés cuando le pregunta su nombre. Y lo hace de forma concisa, aunque hubiera podido desahogarse contándole mil detalles, tal como hacemos nosotros cuando nos presentamos a alguien que no conocemos: nombre, ubicación, estado civil, estudios, trabajo, aficiones... Le responde lisa y llanamente: «Yo soy» y esta afirmación, en vez de estimularnos a ser quienes somos, nos ha hecho creer que la capacidad de ser es una prerrogativa divina, no humana, y que por tanto pronunciarse en estos términos es un pecado de orgullo, y que, a la hora de definirnos, es mejor añadir una negación que nos exime de responsabilidades divinas: «Yo no soy nada». Una afirmación que ha sido nefasta para que, a fuerza de repetirla, nos la hayamos creído y olvidado ─como olvidamos todo lo que creemos que es está fuera de nuestro alcance─ la capacidad que tenemos de ser.

Tenemos la necesidad de autodefinirnos, quizás porque necesitamos explicarnos, y hacerlo es una buena manera de empezar a saber. No nos atrevemos, sin embargo, a presentarnos como «yo soy», porque nos asusta y nos produce una sensación de vértigo, como si de repente una mano invisible nos dejara flotando por el espacio del universo sin más referente que nosotros mismos.

Presentarnos como «yo soy» nos parece pretencioso y no nos damos cuenta de la humildad que conlleva dentro de su grandeza. Nos es más fácil definirnos por lo que tenemos y por lo que hacemos, porque así nos situamos dentro de unos baremos que nos son conocidos y que nos ayudan a colocar a cada persona en el lugar que le corresponde.

Años atrás nos era más fácil, o más evidente, situarnos dentro de un grupo humano. Según el lugar donde habías nacido, tenías un credo, una posición social, una marca política, un sexo y un estado civil inamovibles. Actualmente, vivimos inmersos en un dinamismo constante, y posiblemente de aquí ─y del miedo de llamarnos por lo que somos─ es de donde nace la necesidad de etiquetarnos. Una necesidad aparentemente contrapuesta a la posibilidad de volar libres sin etiquetas.

Los «ismos» religiosos, económicos y políticos que nos han etiquetado a lo largo de la historia tienden a desaparecer, pero nacen nuevos, o son sustituidos por otras palabras que ejercen el mismo poder sobre las personas, que crean exclusividad y dependencia y que, cuando se exacerban, generan violencia. Es por ello que, a pesar del miedo de no saber a dónde se pertenece, cada vez hay más personas que deciden no identificarse con ningún grupo que excluya a los demás o que cree división, porque lo que se busca es la completitud y no la fragmentación. Y dentro de esta completitud, el ser humano es visto como un todo que forma parte de un Todo.

Atreverte a definirte con la grandeza de un sencillo «yo soy» es ser capaz de reconocerte la capacidad de ser quien eres; de aceptar el reto de ir por la vida con el rostro descubierto, sin máscaras ni armaduras. Es admitir con humildad que no tienes ni haces nada que sea importante ni que te importe. Es clavar fuerte las raíces sobre la roca para que pueda crecer un árbol capaz de aguantar los embates de las adversidades, de cobijar a todo aquel que se cobija, de crear redes de raíces para llegar a aquellos a quienes nadie llega. Capaz de despojarse de hojas cada otoño y de crear otras nuevas cada primavera. De no tener nada y de tenerse mucho.

El «yo soy» del Dios de Moisés nos invita a llamarnos con el mismo amor que lo hace Él por él, y por el otro.


Publicado en Dialogal número 54