Reflexión: Nº 7, otoño de 2016


José Arregipor José Arregi

En las religiones tradicionales, sobre todo monoteístas, y en el cristianismo católico más que en ninguna otra, ha predominado una errónea preocupación por la verdad. Y ahí se corrompe todo. Nada más peligroso que la pretensión de poseer la verdad y el bien, de creerse nombrados por “Dios” para ser sus garantes en la historia. No hay persecución, cruzada, inquisición, tortura ni hoguera que no se haya justificado en nombre de la verdad y del bien.

Por supuesto, un dogma puede inspirar la vida, una creencia puede animar una buena praxis, la convicción de una verdad puede fomentar la bondad. Pero la creencia y el dogma sólo valen en la medida en que fomentan vida buena, praxis bondadosa, bondad feliz. He ahí el criterio del Evangelio y de todos los textos inspirados de todas las tradiciones. Ninguna creencia es mala de por sí, pero sólo es buena si ayuda a una vida solidaria y feliz.

Ahora bien, ese mismo es el criterio de la “herejía”. La herejía es tan ambigua y parcial como lo que llamamos verdad. Solo será liberadora en la medida en que no se impone como nuevo dogma, es tolerante, humilde y desapegada, que esté en fin inspirada por la bondad, por la entraña compasiva, como el buen samaritano del Evangelio, hereje o pagano para el judaísmo establecido, pero modelo para Jesús: Vio al herido y se compadeció, se compadeció y se acercó, se acercó y lo atendió, y siguió feliz su camino tomándolo a su cargo.

Sin embargo, con toda su ambigüedad, la herejía es indispensable. Todo orden necesita subversión para seguir fomentando nueva vida. Toda verdad necesita contradicción para avanzar a la luz y a la sombra del misterio salvador. Todo dogma necesita herejías para seguir inspirando la liberación y la vida, más allá de los límites del pensamiento.

Más. La herejía no sólo es sana y necesaria. Es también inevitable, como escribió Rahner. Quien se tome a la letra el dogma de la Trinidad no tiene alternativa: o niega la unidad o niega la trinidad, “herejías” ambas. Y así con todos los dogmas, que son construcciones mentales, radicalmente limitadas, como todos nuestros esquemas y lenguajes,  por mucho que se consideren doctrina revelada. Toda “revelación divina” viene del fondo de la experiencia humana individual y colectiva con su límite, su ambigüedad, su provisionalidad radical. La “revelación” es el misterio indecible al que apunta lo dicho en el texto “sagrado” o en la fórmula dogmática. Y sólo aquel que se atreve a transcender lo dicho en la palabra se abre a la revelación del misterio indecible más allá de la palabra.

En suma, todo dogma y todo texto que se presenta como “revelado” nos sitúa ante una  elección: quedarnos en lo dicho o abrirnos más allá. “Herejía” viene del griego hairesis, que significa justamente “elección”. La “herejía” en cuanto elección es un imperativo, pues nadie está libre de elegir. En la cultura actual, la “herejía” es más que nunca un imperativo, invadidos como estamos por la información, la opinión, la palabra. Y sólo quien elige ir más allá de la doctrina se abre al misterio y, en último término, a la misericordia fraterna, a la projimidad compasiva. Estamos urgidos a elegir aquella palabra que más nos inspira, y a transcenderla, y a dejarnos llevar por su impulso hacia el misterio y la misericordia.

No hay peor elección que identificar la revelación o el misterio con la fórmula dogmática con su significado concreto, limitado por la palabra, la historia, la cultura. Y no hay peor elección que la pretensión de estar en posesión de la verdad. Quienes se creen investidos de poder divino para definir la verdad y el error no son neutros, también eligen, se eligen a sí mismos. Solo que a su elección, su opinión, la llaman divina, y en esa ceguera está el peligro. Mala elección. La peor herejía. Lo grave no es errar, sino creerse infalible.

Evoco con emoción la memoria de todos y de todas las herejes de cualquier religión, iglesia, patria y partido. La memoria de los “paganos” condenados por la Iglesia solo por seguir otra religión o no seguir ninguna. La memoria de los cristianos y cristianas silenciadas, condenadas, apresadas, desterradas, quemadas vivas en nombre de la verdad. Amarga historia de la Iglesia, llena de lágrimas. Vosotros, innumerables, perdonadnos en nombre del hereje Jesús y de todos los buenos herejes. Seguid inspirándonos y caminad con nosotros.


Publicado en Dialogal número 54