Reflexión: Nº 7, otoño de 2016


por Francesc-Xavier Marín

Francesc-Xavier Marín

La finalidad de la espiritualidad es la iluminación, proyectar la luz que proviene de la sacralidad sobre nosotros y nuestro entorno para ver claro. En este sentido, la dimensión espiritual de la existencia nos remite a nuestra naturaleza primordial. Nos facilita el acceso a las zonas de sombra de la realidad para perfilar en ella el sentido originario. Quien lo consigue descubre  la perspectiva espiritual que proviene de Dios. Como dice Abraham en el Corán: "Me acercaré a Dios y él me guiará rectamente" (37,99). Por eso se dice que la espiritualidad es, por su misma condición, purificadora: desnuda lo oculto y pule las aristas para que la Luz que es Dios se refleje en nosotros y en el mundo. Quien alcanza este estadio no sólo llega a ver claro sobre sí mismo sino que ayuda a los demás a orientarse en la vida. Más aún, manifiesta claramente su condición de imagen de Dios, testimonio vivo de la Verdad que es Dios. Por eso afirma el Corán que "Dios otorga su gracia a quien busca la Verdad" (4,69).

Así pues, la espiritualidad nos ofrece cada día, en cada instante, la posibilidad de una transformación. En la tradición islámica uno se purifica a sí mismo y a su entorno como una preparación que ayuda a tomar conciencia del objetivo de la vida espiritual. Como si se quisiera simbolizar que uno se quita de encima todo lo acumulado que, sin que nos demos cuenta, conlleva un peso que nos dificulta avanzar. Como si se expresara que uno está listo para recibir lo que le vendrá de fuera para afrontar la existencia y vivir plenamente. Cabe recordar esa lección continuamente para no perder de vista que nos desorientamos si vamos guiados por la ilusión de la autosuficiencia. Se excluye de la vida espiritual quien no está dispuesto al despojo del ego y a dejarse conducir por Dios. Sólo llega a Dios quien se ha purificado de deseos tramposos e inicia el camino espiritual con sinceridad. Por eso los textos sagrados y los maestros espirituales comienzan haciendo notar al discípulo las debilidades y las ilusiones. Antes de dar el primer paso hay que preguntarse qué buscamos realmente, cuál es nuestro deseo originario; hay que mirarse fijamente y osar verse tal como somos realmente para podernos purificar.

Esta disposición permite ordenarnos evitando la dispersión, facilita que encontremos el centro que permite ubicarnos. Es la cartografía espiritual necesaria para trazar itinerarios: ¿dónde estoy?, ¿dónde quiero ir?, ¿cómo se va? Quien cree que ya está bien orientado no experimenta la necesidad de Dios; quien piensa que ya ha alcanzado el objetivo no ve la necesidad de ser guiado; para quien se ha convencido de que no necesita ayuda la vida espiritual es un fastidio insoportable. Hay que experimentar la fuerza de Dios para osar pasar de la superficialidad a una vida profundizada. De esta manera recomienda el Corán: "Sólo os pido una cosa: acercaos a Dios" (34,46).

'Abd al-Qadir al-Gili lo formula con contundencia en su tratado sobre la interioridad espiritual: "Cuando crees en Dios ya no te mueves por ti mismo, no te propones nada, no te defiendes de nada ni buscas nada sino que lo confías todo a Dios. Sabrás que te has desprendido de tu querer y que actúas según la voluntad de Dios cuando ya no quieras nada en absoluto y no persigues ninguna meta salvo dejar que Dios actúe en ti. Cuando pase esto, tus miembros estarán quietos, tu corazón tranquilo, tu pecho ensanchado y tu rostro iluminado porque Dios te habrá vestido con su Luz". Y es que la persona espiritual ha descubierto que no se trata tanto de buscar a Dios como de dejarse encontrar por Dios. La espiritualidad es el mapa que traza el itinerario que une al ser humano con Dios.


Publicado en Dialogal número 53