Reflexión: Nº 7, otoño de 2016


panikerpor Agustín Pániker

Sabido es que en las tradiciones de Asia no existe nada parecido a la concepción cristiana –que no judía– de “pecado original”: la idea de que la humanidad entera comparte la culpa de la desobediencia de Adán. No hay “caída” o “expulsión” de un Paraíso.

Ahora bien, en las tradiciones de origen índico existe a mi entender un concepto que cumple una función similar (un “equivalente homeomórfico” que diría Raimon Panikkar): la ignorancia. En sánscrito ha recibido nombres como avidya, moha, aviveka, mithyatva o maya. La ignorancia es lo más parecido –versión india– al pecado.

Se entenderá, pues, la abundancia de corrientes de densidad gnóstica en la India (como el budismo, el vedanta, el samkhya, el yoga y hasta el jainismo). Su objetivo busca dinamitar nuestra situación epistémica a través de la sabiduría liberadora, gnosis o discernimiento puro. Lo llaman prajña, jñana, samkhya o buddhi.

El mal es, en efecto, el desconocimiento de la naturaleza de la realidad; y en particular, de nuestra realidad íntima. Y la gran sorpresa viene cuando descubrimos que para la India eso que llamamos “yo”, eso no es más que una entelequia, un constructo sutil o sobreimposición. Las Upanishads sospechan del “hacedor del yo” (ahamkara). La filosofía Yoga considera la “ilusión del yo” (asmita) como una de nuestras peores cargas. El budismo va más lejos y postula que la existencia es “sin sí-mismo” (anatman).

Dejando de lado sus diferencias –que las hay–, está claro que existe una matriz de espiritualidad índica muy antigua que considera que el gran engaño es creer que somos un sujeto, un ego separado y, por ende, necesitado de objetos. Dice el budismo que nuestra situación de insatisfacción y alienación procede de la sed de objetos, placeres, poder o ideas. El apego nos sumerge en la espiral de codicia, violencia e ignorancia; hoy, tristemente institucionalizados. 

Estamos atrapados en un círculo vicioso del que sólo podremos liberarnos si atacamos alguno de sus elementos. Las tradiciones índicas han tenido gran predilección por incidir en la “ignorancia”.

Eventualmente, el conocimiento liberador destilado por la práctica espiritual (ética, ascética, ritual, meditativa) permitirá aprehender y vivenciar que, en verdad, no hay agente. El problema es cognitivo: la ilusión de un “yo” separado del mundo. Desenmascarado el “yo”, la dualidad se desvanece. El mundo pasa a ser un devenir.

Me excusarán los connaisseurs por esta síntesis apresurada (y por el sesgo monástico y sapiencial, que no se corresponde del todo a como la gente en Asia vive su religiosidad), pero se trataba de ajustarse a un patrón índico recurrente.

El sabio liberado del ego es el “testigo” que renuncia a los frutos de su acción. No corta las relaciones con el mundo, sino que se entreteje en el devenir desde un ángulo estrictamente transpersonal. Como decía el maestro Nisargadatta: «cuando miro adentro y veo que soy nada, eso es sabiduría; cuando miro afuera y veo que soy todo, eso es amor; entrambos discurre mi vida». El descubrimiento de esta realidad más allá del “yo”, más allá de la separatividad, es lo que la India ha llamado nirvana, moksha o mukti: la liberación de la ignorancia.


Publicado en Dialogal número 53