Reflexión: Nº 6, enero 2016


Clara Fons i Duocastellapor Clara Fons i Duocastella

Para unos es el pastor, otros lo llaman padre; para todos es el amigo. Vive de las migajas: lleva ropa de segunda mano y se alimenta de embutido a punto de caducar. Sus modelos a imitar son la madre Teresa de Calcuta, Gandhi y san Francisco de Asís. Soñadores como Don Quijote. Dice que es un fracasado; pero cree que sólo los náufragos, como él, son capaces de regenerar la humanidad. Se llama Wolfgang Striebinger y nació hace 57 años en Alemania. En los años setenta, impulsado por la ola hippie, fue a vivir a la India, donde acabó drogado y perdido viviendo en la calle hasta que una comunidad cristiana lo acogió. Meses después, regresó a Alemania y entró a formar parte de un movimiento evangélico internacional, con sede central en Estados Unidos. Convencido de conocer la Verdad, se convirtió en un pastor pentecostal que en 1982 se fue de misionero a Bilbao. En 1992, con el apoyo económico y las directrices doctrinales de la organización, Wolfgang dejó Bilbao para liderar una nueva campaña evangelizadora vinculada a las Olimpiadas de Barcelona. Allí continuaron los cultos fervorosos, los gritos y los cantos, hasta que el tiempo, la experiencia y sus inquietudes personales le obligaron a cuestionar las posturas dogmáticas que había tomado hasta entonces. 

Decidió desvincularse de la organización y emprender el camino por su cuenta. Hoy, en la calle de las mujeres con escote que venden placer a hombres desconocidos, entre la tienda de comestibles de-toda-la-vida y Alí Döner, Wolfgang dirige El Chiringuito de Dios. En la entrada del local, unos mochileros esperan ordenadamente para pasar al comedor. «Buenos días», «buenos días», «salam aleikum», les dice Wolfgang al traspasar la puerta. A cada uno le dedica un gesto amable. En el interior de la sala hay una pequeña cocina; el resto del espacio lo ocupa una hilera de mesas. Unos hombres que hace meses hacían cola para entrar en el Chiringuito han dispuesto dieciséis platos de melamina de diferentes colores; delante de cada plato, un vaso de vidrio. Cestas “vestidas” con servilletas de tela de cuadros azules, blancos y rojos ordenan rebanadas de pan blanco y croissants. Mantequilla, mermelada y café. Todo impecable. La higiene es símbolo de civilización, dice Wolfgang. Y como música de fondo, algo de blues. El Chiringuito de Dios proporciona diariamente desayuno y cena caliente a personas que duermen en la calle; y los jueves, un restaurante con estrella Michelin sirve paella para comer. Por la noche, el comedor se transforma en un dormitorio que se complementa con el ropero y la ducha que hay unos metros más allá. 

Con el calor del verano, enjabonarse bajo el agua fría y ponerse ropa limpia es casi imprescindible. Wolfgang no quiere evangelizar a nadie. Después de treinta años deambulando de un sitio a otro ha llegado a la conclusión de que cada uno tiene que encontrar su Verdad, y que todos somos responsables de buscarla. Se entrega a los demás desde la honestidad, la cercanía y la empatía. Y esto es lo que ofrece El Chiringuito de Dios: sacia el apetito, pero, sobre todo, dignifica la persona.