Reflexión: Nº 6, enero 2016


Laia de Ahumadapor Laia de Ahumada, Doctora en Filología, escritora y miembro del equipo directivo del Centre Obert Heura.

Se dice que somos uno, pero nuestra vida sigue siendo una difícil tensión entre dos. Son polos opuestos que se complementan, cara y cruz de una misma moneda –sin la una, la otra pierde su valor–; tensiones duales, necesarias pero inútiles, que nos hacen ir en pos de un equilibrio que nos permita dar el salto hacia la unicidad, que nos permita ser quienes somos sin fragmentarnos. Se trata de un sencillo malabarismo que nos lleva a compensar los extremos haciendo del fragmento una fractal. Nuestra cultura está dividida, y nosotros vivimos en una división constante en la que una elección implica siempre una renuncia. 

Así, durante mucho tiempo se ha creído que la acción descartaba la contemplación, y viceversa. Teresa de Jesús decía que querer contentar cuerpo y alma era algo reservado al matrimonio –«paso de gallina», le decía–, y que sólo con mucha dificultad se llegaría a conseguir la libertad de espíritu. Sus palabras, mal interpretadas, como tantas otras, sirvieron para contraponer la vida en medio del mundo –o vida activa– a la vida del claustro –o vida contemplativa–, y para acotar los caminos que llevaban a ellas. Si elegías uno, necesariamente renunciabas al otro. 

Por eso, ahora se nos hace extraño ver a sor Lucía Caram, la monja dominica, correr como una posesa por los medios de comunicación españoles con el hábito revoloteando como si llegara tarde a maitines, y que afirme que el claustro lo llevamos dentro; o a Teresa Forcades –por citar otra monja contemplativa– dando mítines con el velo en la cabeza, símbolo de una vocación de silencio, prolongando así el claustro, como aquellas mujeres de la época medieval que, ante la prohibición de salir de casa después del parto, se ponían una teja en la cabeza como una prolongación del tejado, una estratagema para no olvidar que la acción es necesaria, pero la contemplación también, y que ser contemplativo no excluye sino que implica ser activo. 

Después del Concilio Vaticano II, muchas personas eligieron la acción y dejaron de lado la contemplación. No se contemplaba contemplar, porque la acción era hacer algo y la contemplación era no hacer nada. Y ahora, en cambio, siguiendo la ley del péndulo que nos lleva de un extremo al otro, se vuelve a dar mucha importancia a la contemplación, que demasiado a menudo no nos deja desviar el ojo del ombligo, y se considera la acción como algo secundario. 

Seguimos divididos. Nos sentimos uno, pero nuestra vida sigue siendo una difícil tensión entre dos polos, porque vivimos la elección como una renuncia que excluye en vez de integrar. Acción y contemplación son las dos caras de una misma moneda –como el miedo y la valentía, la humildad y el orgullo–; parecen contrapuestas, pero se equilibran en una sutil armonía dentro de la cual no solo somos nosotros. Contemplar es acto y acción. Contemplo cuando camino consciente de cada paso, cuando me siento consciente de que estoy sentada, cuando respiro sintiéndome respirada, consciente de que cada inspiración y cada espiración son un acto de agradecimiento a la vida. Contemplo cuando actúo, cuando me implico, cuando me rebelo; cuando soy presencia y me sé presente en todo momento. Entonces nada se me escapa, nada me pasa por alto: una mirada, una mano, una palabra o un clamor. La contemplación me hace estar siempre en tensión, al acecho, me hace surfear entre la calma y el estado de alerta, me hace dejar espacio al ser. La contemplación es acción, o la acción es contemplación, cuando se nutre del silencio, cuando la inunda la compasión, cuando no se mira el ombligo, sino la cara del otro; cuando escucha, reflexiona, crea; cuando es inagotable. Sólo necesitamos cambiar la mirada.