Reflexión: Nº 6, enero 2016


José Arregipor José Arregi

Todas las expresiones de la religión –creencias, normas, ritos– son formas culturales. Y surgen, se transforman o desaparecen como todas las formas culturales. Como todo lo que vive, o como todo lo que es. El universo se mueve, animado por el Espíritu divino que en el principio aleteaba o vibraba sobre el caos y sigue latiendo o vibrando sin cesar en el corazón de todos los seres.

Una de las transformaciones decisivas que las ciencias, la espiritualidad y la cultura en general están pidiendo con urgencia a las tradiciones religiosas es el paso de un paradigma antropocéntrico a un paradigma ecológico. Yo me referiré en especial al cristianismo.

Todo el edificio teológico cristiano está construido a imagen y a medida del ser humano, de este pobre Homo Sapiens que somos y que apareció en África hace apenas 200.000 años. Supone que el hombre es el centro de la tierra, y la tierra el centro del universo; que el hombre es la última obra, la obra perfecta –consciente, libre y acabada– de Dios en el sexto día de la obra creadora; que el hombre es la meta y la corona, el sentido y el señor de toda la creación; que el hombre es el criterio de la ética, y que lo que es bueno para el hombre, eso es lo bueno sin más; y que el cielo será solo para el hombre (al menos de eso se verán libres las demás creaturas… ¡Todas las criaturas, incluido el hombre, se verán libres de ese infierno! Pero tendrán bastante con el que el propio hombre les hará padecer en la tierra). ¡Pobre hombre sobredimensionado, víctima de su propia presunción! Y digo “hombre”, pues la mujer queda relegada.

¿Y Dios? Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dice la Biblia, pero salta a la vista que el Dios de la Biblia es un Dios creado por el hombre a su imagen y semejanza: es un Dios que mira y siente, escucha y responde, prefiere y rechaza, elige y desdeña, promete y niega, ordena y juzga, perdona y castiga, cura e hiere… como un ser humano, todavía inhumano, solo que omnipotente. ¡Pobre Dios, convertido en Superhombre para desgracia de los seres humanos y de toda la creación!

¿Y Jesús? Él sí, fue un hombre extraordinariamente humano, libre y hermano, profeta y sanador. Sus discípulas y discípulos reconocieron en él la bondad liberadora y el Espíritu creador que alienta en el corazón de todos los seres, y esto les llenó de esperanza y consuelo para vivir como Jesús. Pero luego los dogmas y la tradición cristiana volvieron a encerrar a Jesús en el estrecho esquema de un mundo y de un Dios a medida humana. Olvidaron el Espíritu divino que alienta en toda carne.

Así llegaron a pensar y seguimos pensando que, en los casi 14.000 millones de años de este universo desde el Big Bang, el Dios lejano y separado se ha encarnado solo una vez, hace 2.000 años, asumiendo en Jesús una “naturaleza” que le sería ajena. Y yo me pregunto: “Si dentro de muchos millones de años surgieran en la Tierra unos seres –humanos o no– mucho más inteligentes y espirituales que nosotros, ¿deberían seguir creyendo que Dios se encarnó solamente en un arcaico Homo Sapiens desaparecido millones de años atrás? Y si en el inmenso universo se hallaran alguna vez seres tan inteligentes y espirituales o mucho más que nosotros, ¿se les debería hacer creer que Dios se encarnó solamente en este planeta nuestro y en esta maravillosa pero aún incipiente especie que somos, en evolución hacia una forma aún desconocida?

Hay que liberar al cristianismo de ese estrecho marco antropocéntrico. Así no pierde nada de su poder inspirador, sino más bien al contrario: el ser humano se vuelve más hermano de todos los seres y se hace más imagen de Dios. Dios aparece como la misteriosa Comunión creadora de cuanto es. Jesús es confesado como testigo y sacramento, admirable en su finitud y particularidad, del Espíritu que goza y gime en la creación entera hasta que Dios sea todo en todas las cosas.