Reflexión: Nº 5, mayo 2015


arregipor José Arregi

Leo que científicos británicos han creado un “androide”, un robot capaz de pensar, y me quedo pensativo, imaginando con cierta confusión una máquina preguntándose a sí misma: “¿Yo qué soy?”. La mera idea hace que la pregunta rebote sobre mí con la misma confusión: “¿Y yo? ¿Qué soy yo?”.

Las ciencias modernas estimulan a la teología con nuevos interrogantes. Y las neurociencias –junto con las diversas ramas de la biogenética– se llevan en ello la palma. Sus investigaciones, todavía incipientes, nos abren a descubrimientos insospechables que cambiarán nuestro mundo. Todos los campos del saber y de la vida se están ya resituando: no solo se habla de neuropsiquiatría y de neurolingüística, sino también de neuroeconomía, neuropolítica, neurocultura, neuroderecho, neuroética. Y también de neuroteología. Con razón.

El conocimiento de las neuronas y de su funcionamiento es tan provocador e incitante para la teología como lo fueron el descubrimiento de que la tierra gira en torno al sol o de que existe la evolución. O mucho más. Vemos, oímos, olemos, saboreamos de acuerdo a las neuronas, esas células físicas especializadas en enviar, recibir, almacenar, procesar señales de información; gracias a ellas y a sus innumerables conexiones o sinapsis somos “un cuerpo orgánico” y un “yo espiritual”. Pensamos, sentimos, cantamos, bailamos, lloramos, reímos, recordamos, admiramos, tememos, amamos, odiamos según nuestras neuronas. Somos fieles o infieles, generosos o egoístas, felices o desgraciados según nuestras neuronas. Y “creemos en Dios” y rezamos según sean nuestras neuronas, si bien –observación importante– el conjunto de las funciones neuronales modelan a su vez las neuronas y sus relaciones.

En cualquier caso, lo que llamamos “yo”, “alma” o “espíritu” no es más que el “todo” o la forma que adopta el conjunto de las funciones neuronales en cada momento de nuestra vida, si bien –observación igualmente importante– en todos los organismos el “todo” es más que la suma de las partes. Somos neuronas, que son células, que son materia, que es energía, que no sabemos qué es. Todo es a la vez materia y espíritu. ¿También el misterio que llamamos Dios?

No podemos hablar de transcendencia, dignidad, libertad, pecado, perdón… como si no fuéramos animales emergentes de las neuronas, como todos los demás animales, que poseen neuronas, salvo las esponjas. ¿Y entonces? ¿Qué tenemos de particular los seres humanos? Alguna neurona complicada provoca en nosotros esa necesidad de ser únicos en el mundo: es nuestro problema. Tu cerebro tiene unos 100.000.000.000 de neuronas, una ballena y un elefante tiene el doble –aunque en un cuerpo muchísimo más grande–, un pulpo 300.000.000, un perro 160.000.000, un ratón 4.000.000, una hormiga 10.000, un gusano nematodo 302… Los orangutanes, con sus neuronas, planifican sus rutas de viaje y las comunican a sus congéneres. Cada ser en el universo es absolutamente único, y nadie es superior a nadie en dignidad.

No es descartable que haya en el universo –o incluso “fabriquemos”– seres más inteligentes que nosotros, y es más que probable que en la Tierra, dentro de muchos millones de años, vivan seres no humanos mucho más inteligentes o “espirituales” que nosotros (y que Buda o Jesús de Nazaret…). Científicos de la Universidad de California-Irvine han conseguido crear y borrar recuerdos manipulando las neuronas de unos ratones. Científicos austríacos acaban de crear un “microcerebro” humano, aunque no han encontrado por ahora quien esté dispuesto a que se lo trasplanten.

¿Y entonces? Todo es más maravilloso. ¡Qué aburrida resulta una teología que se limita a repetir! La teología se nutre de preguntas, se inspira en la admiración, y avanza en el no-saber, y solo así va descubriendo chispas de luz para la vida.