Reflexión: Nº 5, mayo 2015


panikerpor Agustín Pániker

La India es la tierra del vegetarianismo. Dicen que virtualmente la mitad de su población jamás ha probado un bocado carne. Y entre los que sí lo hacen con alguna regularidad, muchísimos se abstienen del porcino y, por descontado, del vacuno. No en vano nos hallamos en la tierra donde la vaca es símbolo sagrado y bandera del hinduismo vegetariano. Al parecer solo los musulmanes (13%), los cristianos (2%), algún agnóstico despistado y los tan pobres (que no tienen más remedio que llevarse a la boca lo que pueden) son consumidores habituales de carne. Incluso los sikhs se van apuntando al vegetarianismo. A diferencia de lo que uno podría pensar, esta práctica crece en la India. Hasta las multinacionales del fast foodhan tenido que inventarse la hamburguesa vegana para poder penetrar en el complejo –y suculento– mercado índico.

Y es que en la India lo que uno come (además de con quién lo come y de manos de quién lo come) tiene mucha más miga de la que aparenta. Cantidad de tabúes relativos a la casta tienen que ver con la dieta o la comensalidad. En el Sur del país, el clásico rótulo “vegetarian restaurant” es una forma elegante de expresar: “tranquilo, puede usted pasar y consumir aquí, porque el cocinero es de la casta brahmán, la más pura, y por tanto nadie corre el riesgo de polucionarse consumiendo nuestros platos”.

Esta potentísima dimensión socio-ritual no suele salir a relucir cuando se habla del vegetarianismo de la India. Más allá de consideraciones éticas o científicas (hoy las más esgrimidas para alabar –o criticar– el vegetarianismo), cabe resaltar esa dimensión social no siempre accesible al viajero casual o al desconocedor de las prácticas de los surasiáticos que habitan en nuestras tierras. En la India, ser vegetariano posee un prestigio social muy superior a ser carnívoro. Y, si entre los vegetarianos, se prescinde esporádicamente de los rábanos, las zanahorias, el ajo, las setas o ciertas cebollas –como hacen los jainistas y algunas comunidades hindúes–, todavía se siente uno más prestigiado. Porque comen carne solo aquellos colectivos como los chamars(la mayor casta “intocable” de toda la India), cuya ocupación tradicional consistía en recoger la carroña de animales muertos (para curtir su piel y fabricar calzado, instrumentos musicales y otros utensilios de cuero). Los igualmente “impuros” extranjeros también han sido históricamente dados a esa innoble práctica, lo mismo que a beber brandy, fumar habanos y hasta a la deleznable costumbre de no descalzarse a la hora de entrar en la casa de uno o en el templo del Señor.

Puede que se esgriman consideraciones ayurvédicas, macrobióticas y hasta económicas, pero desde hace muchos siglos el vegetariano en la India –y todavía más el vegano– remite a la pureza espiritual del brahmán (o al carácter renunciatorio del monje budista o jainista), es decir, de aquellos que –teóricamente– encapsulan los valores de la no-violencia, del autocontrol, de la austeridad y poseen la certidumbre de que todo ser vivo ha sido –a la luz de la teoría del karma– la madre, el hermano o la hija del resto de seres vivos del universo.