Editorial: Nº 7, otoño de 2016


La langosta de mar, la de las antenas largas y espinosas, es un animal blando y suave que vive dentro de un caparazón rígido. Este caparazón no crece, no se expande. La parte interior, en cambio, sí que lo hace. A medida que la langosta crece, se siente incómoda dentro del caparazón, presionada por la coraza que la limita.

Lejos de convivir con esta incomodidad, cuando la langosta siente la presión, se pone a cobijo, se saca el caparazón y produce uno nuevo. Más grande, hecho a medida. Con el tiempo, el caparazón nuevo le vuelve a ir justo y pequeño, y le oprime. En este momento, la langosta, instintivamente, vuelve a sacarse el caparazón para estrenar otro.

Estamos, sin duda, en un momento de transformación, de mutación. En el preciso instante donde se da el cambio de caparazón.

En este número de Dialogales, distintos artículos apuntan a este nuevo paradigma, más o menos profundo, más o menos individual, más o menos social. Un cambio que, en muchos casos, pone su foco en Oriente.

Clara Fons i Duocastella