Editorial: Nº 6, enero 2016


Proponemos pensar sobre lo que pasa hoy con las religiones a través de la reflexión filosófica contemporánea sobre el arte o, más directamente, a través del arte contemporáneo mismo. El arte es un mundo que también parece estar diagnosticado como "en crisis" con la postmodernidad. Una parte importante de la reflexión y de la creación artística de hoy es una reacción contra su progresiva esterilización, contra su incapacidad creciente de “nombrar” y cambiar cosas. Asimismo, es la reivindicación de una libertad imprescindible para revertir esta tendencia.

Por un lado, a nivel formal, se critica que el arte pierda su vitalidad y capacidad de sorprender por fidelidad a una serie de convenciones heredadas del pasado que imponen unos límites, que definen qué puede y qué no puede ser considerado arte. De otro lado, en la era de las infinitas posibilidades de la técnica, se le reprocha que no se haya convertido en una herramienta al servicio de la emancipación intelectual y cultural de la sociedad, sino más bien en un producto de consumo masivo tan empobrecedor para la mayoría como enriquecedor, a otro nivel, para una minoría.

Lo que es más grave, sin embargo, es que todo ello haya anestesiado la capacidad subversiva y transformadora –la vocación política– de los artistas. Estos, incluso los supuestos rebeldes, han dejado de incomodar a los poderosos de un sistema que todo lo engulle, y ante el que parece que solo hay lugar para el cinismo: el de aquellos que ya no creen en lo que hacen, pero siguen haciéndolo por conveniencia.

Con esta radiografía en la mano, han surgido múltiples propuestas alternativas, no en la línea de redefinir el arte (se ha llegado a proclamar "su fin"), sino para recuperar su peligrosidad y resituarse en la periferia. Es el caso, por ejemplo, de los proyectos artísticos que, cuestionando el espacio tradicional de exposición y comercialización –el museo, la galería–, se ubican en contextos urbanos o naturales, a los que interpelan. La mayoría de estas nuevas propuestas también piden la participación del espectador. Éste, al recorrer físicamente las obras, aporta su parte de autoría. El arte sale a la calle y de esta forma se confunde con la vida. Parece que cualquier cosa puede ser arte y cualquiera puede ser artista.

De hecho, ya no hay autor (también "ha muerto"). Lo que hay son lectores y lecturas de un "texto" que, a partir de los propios referentes, van añadiendo infinidad de significados imprevistos. La obra de arte ya no pertenece a nadie, ni tiene un significado último. Está "viva". Importa la recepción, no la intención. Se convierte así en una "crisis de la representación". Los signos y símbolos que intervienen ya no son puros, ya no tienen un significado claro y cerrado que emane de una cultura en situación de aislamiento o dominación. Asimismo, ahora ya se sabe (porque "el medio es el mensaje") que el uso que se hace de estos signos y símbolos a través de un lenguaje técnico determinado nunca es neutral ni inocuo. Por ello, el arte actual que se expresa a través de la televisión o de Internet tiene la intención de descifrar la forma en que estos medios son portadores de ideología, y construyen e imponen significado. Es un arte que se cuestiona a sí mismo de forma permanente.

Sugerimos que estas reflexiones sobre las funciones y disfunciones del arte actual tienen resonancias en las religiones de hoy: iglesias vacías, autoridades cuestionadas, prácticas individuales más que comunitarias, símbolos descontextualizados, estrategias mediáticas... No pretendemos equiparar ni banalizar estas problemáticas; aún menos decir que hay que aplicarles las mismas soluciones. El poeta TS Eliot escribió que "juzgar una obra de arte según criterios religiosos o juzgar una religión con criterios artísticos conduce a un mismo fin, pero ese fin es, en realidad, inalcanzable". Proponemos, eso sí, que una de las funciones imprescindibles del arte sigue siendo la de abrir puertas que hemos acabado cerrando, también para las religiones.