Editorial: Nº 5, mayo 2015


Este año se cumplen setenta años –solamente 70– de la liberación de los campos de exterminio nazis, aquellos lugares del horror donde, según testimonió Primo Levi, el ser humano dejó de ser humano. De estas y otras atrocidades, fruto de una locura colectiva sin precedentes, se derivó una profundísima crisis axial que dio lugar a los Crímenes contra la Humanidad, así como al origen de las Naciones Unidas, una nueva organización mundial encargada de preservar los Derechos Humanos, esta vez aparentemente más sólida y comprometida que su predecesora, la estéril Sociedad de Naciones. También fue un resultado, más allá de las importantes diferencias en cómo debía concretarse, del apoyo internacional a la creación de un Estado, un hogar, para el pueblo judío, disminuido en un tercio de sus integrantes. Durante las décadas posteriores, las dimensiones de la catástrofe (shoah) convirtieron toda expresión antisemita en una especie de tabú público y generalizado en Occidente, exceptuando críticas habituales a las políticas y actuaciones de Israel.

Hoy, sin embargo, todo parece indicar que este tiempo de inhibición ha pasado y que, mucho más grave aún, el resurgir de la intolerancia antisemita se produce acompañado por nuevos episodios de violencia física contra personas judías. Esto es lo que, de forma creciente, informan los medios y denuncian las comunidades, que la persecución recomienza o que prosigue. El silenciamiento posterior a Auschwitz, por tanto, no supuso que el antisemitismo dejara de existir. En realidad, a pesar de que los nazis lo llevaron al extremo, se trata de un fenómeno muy anterior, atávico, "ni de hoy ni de ayer" en palabras de Joseph Roth. Al contrario, es de temer que el odio a los judíos ha canalizado por lo pronto una tendencia natural que el ser humano comparte con el resto de animales, la que sistemáticamente desconfía de la diferencia y de la minoría, las rechaza y, cuando puede, abusa de ellas.

De hecho, el antisemitismo, que ahora recupera formas sociales y políticas reconocibles (en Grecia la tercera fuerza política actual se proclama neonazi y firma con cruces gamadas), nunca ha dejado de expresarse, apuntando en direcciones diferentes y nuevas o no tan nuevas. Ya hace tiempo que el odio al otro se manifiesta sobre todo en forma de islamofobia. La última evidencia de esta evolución la ofreció, de forma involuntaria, el líder de Pegida, movimiento de origen alemán nacido para combatir la islamización de Occidente, cuando hizo circular una fotografía personal suya disfrazado de Hitler. De esta forma tristemente caricaturesca nos confirma que para los que hoy atizan la intolerancia, los musulmanes de hoy son equiparables a los judíos de ayer. Esto vale sobre todo para Occidente, porque, en otras latitudes, de forma paralela y retroalimentándose, se evidencia un aumento dramático de la cristianofobia y de la persecución de otras minorías.

No son pocas las voces que han señalado los paralelismos entre la época de entreguerras, cuando la segunda revolución industrial acabó en deflagración económica mundial, y el actual periodo, en que la revolución tecnológica parece que no acaba de ayudarle a salir de otra grave crisis. Entonces, los fascistas supieron recoger el descontento de la gente para manipular e implantar totalitarismos. Stefan Zweig escribió que "la historia no se repite, pero rima". Ya no necesitamos más señales. Se ha convertido en prioritario y urgente no minimizar los acontecimientos actuales y apoyar, sin miedo ni ambigüedades, cualquier iniciativa que alce la voz y eduque contra el odio y la intolerancia. Asimismo, hay que ser conscientes de que estos movimientos sólo pueden resultar eficaces, creíbles, si son compartidos, solidarios, plurales. Recogiendo lo que Charles Chaplin ya dijo cuando lo tenía que decir: "En nombre de la democracia, debemos unirnos todos."