Editorial: Nº 3, julio 2014


En los nacionalismos podemos distinguir un primer componente de tipo emocional, que ayuda a configurar identidades individuales y colectivas. El ser humano tiene la necesidad de trascender su individualidad e identificarse con, al menos, un grupo social. La nación es un tipo de comunidad a la que puede vincularse, una de las identidades colectivas que puede cultivar. Se trata de un colectivo “imaginado”, pues muchos de sus miembros no se conocen entre ellos. Es, en este sentido, una idea más que una realidad, una representación de la misma, una construcción dinámica, que responde a unas circunstancias, y cuya eficacia se mide en función de su capacidad para, en cada momento, cohesionar a los individuos.

Además, los nacionalismos contienen un elemento racional, que es el que sirve para legitimar o reivindicar el poder político. Aquí podemos distinguir entre los nacionalismos de “centro”, consagrados, que legitiman un poder establecido –los llamados Estados-nación– y los nacionalismos de “periferia”, emergentes, que reivindican el poder, reaccionando contra la negación (política, económica, cultural…)  a la que les somete el primero.

En la práctica, estos dos componentes de los nacionalismos –el emocional y el racional– se expresan de forma a menudo confundida y a veces también confundidora, más todavía cuando se superpone inevitablemente una cierta dimensión religiosa. Y es que la religión ha sido y es uno de los elementos (como pueden ser la lengua o la historia) que intervienen en la construcción de una identidad nacional, algo que realiza de formas muy diversas.

Tradicionalmente, las religiones han legitimado y defendido las aspiraciones nacionales, ya fueran centrales o periféricas. A veces incluso se han llegado a confundir con ellas, en las teocracias. Históricamente, la amalgama entre política y religión ha resultado en verdaderos periodos de terror, especialmente cuando la ha alimentado el poder establecido, ya fuera el Estado, la Iglesia o la ideología de turno, para mantener a raya toda disidencia o divergencia. Pero las religiones también se han erigido en fuerzas de resistencia y han combatido, por mor de su esencia universalista, unas derivas nacionalistas absolutistas o totalitaristas. La historia contemporánea de la Iglesia española ofrece ejemplos paradigmáticos de ambos casos.

Durante la modernidad, la religión ha seguido participando en la construcción de las naciones. Lo ha hecho y lo hace a la manera tradicional, pero también de una forma “camuflada”. Es cuando el nacionalismo toma las estructuras típicamente religiosas (los rituales, los símbolos, las creencias) pero aplicándolas a un fondo que pretende ser estrictamente laico, a veces incluso anti-religioso. Sucede cuando el ámbito de lo sagrado se transfiere a la esfera civil y la religión tradicional se confina al ámbito privado (en un modelo democrático) o bien se intenta  erradicar (modelo de “sustitución”).

La comunidad nacional adquiere entonces la categoría de realidad esencial, salvífica. Puede hablarse de “religión política”, cuyo Dios es la nación y cuyos sacerdotes y teólogos son los políticos, intelectuales y educadores encargados de difundir el sentimiento nacional. O bien puede hablarse de “trascendencia intermedia”, desprovista de referencias sobrenaturales. La nación es aquella entidad sacra que preexiste y sobrevive al individuo, que lo trasciende… y a la que hay que preservar de las amenazas que se ciernen sobre ella.

Hay quien sugiere que el nacionalismo es un fenómeno de origen religioso y más concretamente judeo-cristiano. Por así decirlo, toda nación, aunque sea laica, se funda, de forma más o menos consciente, en la idea bíblica de “pueblo elegido”. La lectura mítica y escatológica que se hace de su pasado, el culto que se rinde a sus héroes o mártires, la sacralización de los escenarios de ciertos episodios históricos… Todo contribuye a edificar la nación como una personificación abstracta con voluntad autónoma.

En tiempos de dificultades, cuando las comunidades nacionales se han sentido especialmente amenazadas u oprimidas, negadas en su unidad o diversidad, es cuando este componente religioso del nacionalismo ha adquirido mayor relevancia. Es entonces cuando, por ejemplo, se han magnificado ciertos episodios históricos, especialmente aquellos de resistencia, que contienen el sacrificio ejemplar y desinteresado por parte de unos héroes para salvaguardar y perpetuar la nación. Este “morir por la patria” de los mártires a veces ha llegado a legitimar el “matar por la patria”. Aunque se funda en el principio democrático y liberal del derecho de los individuos a decidir el destino de su comunidad, el nacionalismo ha sufrido en ocasiones y lamentablemente la apropiación de ideologías contrarias impositivas, excluyentes y violentas.

Hoy vivimos momentos de emergencia nacionalista, con expresiones renovadas pero que contienen los elementos aquí mencionados. Además, se da un fenómeno de retro-alimentación: los movimientos reivindicativos atizan el nacionalismo establecido y viceversa. Todo ello puede ser muy sano y creativo o todo lo contrario. La historia pasa necesariamente por momentos así, que no pueden posponerse indefinidamente, que forman parte del proceso de maduración de la humanidad, pero que a la vez son muy delicados y a menudo dolorosos.

Cabe ser creativos y mirar al futuro antes que al pasado, luchar por progresar y ser más fuertes, pero sin recurrir a la violencia ni a la venganza, crecer a favor y no en contra de algo. No tendría sentido que el poder reivindicado, una vez establecido, sirviera para negarle al otro lo que antes nos negaba a nosotros. La democracia se funda en la necesidad de máxima coherencia: lo que exigimos para nosotros, debemos exigirlo también para los demás. Para no perderlo de vista y evitar confundirse y caer ciegamente en mimetismos destructivos, quizás ayude reflexionar sobre los factores religiosos presentes en todo nacionalismo, que es lo que proponemos en esta nueva entrega de “Dialogales”. Por otra parte, claro está, esta reflexión sobre la presencia constante y más o menos explícita de las religiones en los nacionalismos pretende ser una invitación a deducir la oportunidad y necesidad del diálogo entre las religiones como una herramienta poderosa, eficaz, para el diálogo entre las naciones y los estados.